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sábado, 3 de diciembre de 2016

VAMOS!



"Ven, mi ama Zobeida quiere hablarte"

-¿Te llevaré a visitar el palacio de El Menobi?                
-No.
-¿Y el palacio de Hach Idris ben-Yelul?
-No.
-¿No deseas conocer a una joven de ojos de luna y rostro de diamante?
-No.
-Por Alá -gimió el lameplatos-. ¿No quieres nada, entonces?
Piter se irguió ligeramente ante el mármol de la mesa, miró indulgente al desarrapado belfudo que con un fez ladeado sobre la rapada cabeza hacía un cuarto de hora que estaba allí importunándole, y le respondió:
-Sí, quiero que me dejes en paz.
El guía miró cavernosamente en derredor, satisfecho de que en el Zoco Chico no se encontrara alguien que podía perjudicarle, y confió:
-Pues cuídate de ese hombrecillo que te acompañaba ayer. Le ha dicho a un mercader de mi amistad que has envenenado a tu mujer.
Piter miró cómo la magra silueta del guía se alejaba, perdiéndose tras los tumultos de bobalicones que se movían frente a la ochava del correo inglés. ¿De modo que la historia había corrido? Ahora se explicaba las significativas miradas de la criada del hotel. Y la respetuosa aprensión del hotelero hacia sus maletas. No había sido suficiente abandonar El Havre. La absurda novela del envenenamiento de su mujer le había seguido hasta Tánger. Inútil que le absolvieran de la disparatada acusación. En la ciudad no creían en su inocencia. La muerte de su mujer volcó sobre su cabeza dificultades innumerables. Y lo más desdichado del caso es que él estaba seguro de que ella no había intentado suicidarse, sino componer una farsa dramática que se resolvió siniestramente por sí misma.
Buscando la paz, el médico dio un salto hasta Tánger. Sabía que los hombres de la costa no eran hipócritas como sus conciudadanos, pero a pesar de todo no resultaba agradable llevar a las espaldas semejante reputación. Y volvió a preguntarse si se quedaría en Tánger o marcharía a Casablanca o Fez, porque por el momento los señorones del Biti el-Mal no parecía que tuvieran intención de ocuparle. Sin embargo, algunos lo saludaban. Su historia debía andar en todas las bocas.
Piter no experimentó angustia. En aquella ciudadela amurallada, de calles tortuosas, de sinagogas sombrías, de mezquitas con ciegos en los pórticos y de freidurías de pescado, en cierto modo era ventajosa una mala reputación. En África, sin honradez, se puede llegar a alguna parte.
Un asno pequeño se detuvo junto a su mesa. Piter le acercó un terrón de azúcar al hocico. El animalito lo recogió alargando el belfo. De pronto apareció un campesino que espantó al jumento con grandes movimientos de brazos. Una muchedumbre cubierta de verticales colores cruzaba el zoco de ed-Dajel. Mujeres con pantalones y fumando largas boquillas. Funcionarios con turbante violeta, esclavos de piernas desnudas, aguateros con un odre negro suspendido a un costado, niños de tahona cargando una tabla con panes sobre la cabeza.
Una negra gigantesca como tres barriles encimados se detuvo brevemente a su lado. Tenía el rostro cubierto con un paño blanco. Le dijo, al tiempo que se inclinaba como recogiendo algo del suelo:
-¿Tú eres el médico? Mi ama Zobeida quiere hablarte. Sígueme.
La negra se alejaba sin volver la cabeza. Piter comprendió que tras la invitación de la esclava se ocultaba una aventura de consecuencias. Dejando un real español en la mesa del bar, se lanzó en persecución de la mujer. Semejante a una fragata, la negra avanzaba por la empinada callejuela de los Plateros. Algunos mercaderes, sentados con las piernas cruzadas sobre cojines a la puerta de sus tenderetes, la saludaban conceptuosos. Al llegar a una fuente, la negra entró en un corredor enyesado de celeste. La noche caía rápidamente. La esclava, imperturbable como el destino, seguía su marcha a través del dédalo de pasadizos y Piter andaba tras ella como si en esto le fuera la vida.
Finalmente entraron en una callejuela resplandeciente. En cada portal un desarrapado freía pescado o vendía canela. La callejuela, techada con gruesos troncos de árboles, estaba cargada de una atmósfera de especias, de queso y cuero en fermentación. Hombres de todas las tribus del Magreb se arrimaban a los mostradorcillos. Las mezquitas mostraban tremendos pórticos donde hormigueaban los fieles; en una esquina dos juglares se batían con espadas de madera estimulados por una multitud de desarrapados. La negra desapareció en la curva de un pasadizo. Nuevamente se encontraba ahora bajo el cielo estrellado. En aquel corredor solitario se veían inmensas puertas claveteadas como la poterna de una fortaleza, y la esclava extrajo una llave de dos palmos de largo de debajo de su manto y se detuvo frente a una puerta. Piter, como si estuviera soñando, la siguió.
Se encontraron en un jardín. El aire estaba rayado por los negros troncos de las palmeras. Una gran fragancia de azahares lo llenaba todo. La esclava desapareció, y de pronto, bajo el enyesado arco abierto al jardín, apareció Zobeida. La cabeza cubierta por un velo, la estatura sorprendente, el rostro de cutis oscuro, aniñado.
-¿Tú eres el médico? -susurró la mujer.
-Sí.
-Entra.
Piter se encontró en una habitación esterillada, el suelo alfombrado cubierto de almohadones. Pequeñas mesitas laqueadas de rojo ponían al alcance de la mano chucherías de bronce. El aire aromatizaba simultáneamente a sándalo, a jazmín, a incienso y azahar. Piter se sentía embriagado de una esencia misteriosa más sutil, que parecía flotar permanentemente bajo el volumen de los olores inmediatos. Espingardas de cañones niquelados y culatas con incrustaciones de nácar adornaban las panoplias de los muros. Zobeida le mostró un cojín y Piter se sentó al mismo tiempo que ella. La muchacha cogió un estuche de plata y le ofreció un bombón. Tenía olor de almizcle, sabor de grasa, frialdad de menta. La muchacha se quedó mirándolo largamente, como si aquilatara sus malas virtudes.
Luego:
-¿Tú eres el médico que envenenó a su mujer?
-¿Quién te ha dicho esa mentira? -replicó con suavidad Piter.
Zobeida sonrió. Lo examinaba con tremenda confianza.
-Eres hermoso como la buena suerte. ¿Te gustan las piedras preciosas?
Tomó un cofrecillo de marfil, hizo girar la llavecita, levantó la tapa. En un fondo aterciopelado centelleaban pequeños cristales azules, gemas de biseles amarillos, poliedros de agua.
Piter, completamente desinteresado del cofrecillo, pues no entendía de piedras preciosas, lo apartó suavemente.
-¿En qué puedo servirte?
Zobeida dejó la arqueta y con aquella inmensa intimidad que emanaba de su modo de ser, como si hiciera mucho tiempo que lo conociera a Piter y no dudara de su discreción en los tratos, dijo:
-Necesito un veneno bondadoso como una enfermedad.
-¿Qué harás con él?
-Dárselo a beber a mi marido.
-¿No te agrada tu marido?
-No.
-Yo no puedo darte veneno. Las leyes me lo prohíben. Además, te descubrirían y te llevarían a la cárcel. O tu padre, para lavarse de la deshonra, se vería obligado a cortarte la cabeza.
Zobeida se rió.
-En Tánger ya no se corta la cabeza a las mujeres. Te daré un gran puñado de piedras.
-No me interesan las piedras. ¿Quién es tu marido?
-Sidi Fodil, el cambista del Zoco Chico.
-No le conozco.
-Es un mal hombre, de genio vivo. Tiene una joroba en la espalda y un turbante más grande que una piedra de molino en la cabeza.
-No le conozco.
-Ayúdame, tú que tienes la sabiduría. ¿No te soy agradable?
-Es inútil que me insistas, Zobeida.
Ella no se resignaba a no cumplir su deseo. Tomando una rodilla entre sus manos, buscó otro rumbo.
-Embrújale, entonces.
-¿Que le embruje?
-Sí.
Piter iba a negarle la existencia del embrujo, pero pensó que su pretensión iba desencaminada. Ella no entendería sus razones. Fingió.
-¿Qué me darás si lo embrujo?
-Me casaré contigo. Tú me llevarás a Francia y me enseñarás a leer y escribir como saben todas las francesas. Entonces podré salir a la calle sin cubrirme el rostro.
-¿Cómo sabes que soy médico?
-Se lo dijeron a Aischa en el ed-Dajel, cuando tú pasaste la otra noche. Que te escapaste de tu país porque envenenaste a tu mujer.
Piter trató de mirar al fondo de aquellos ojos verdosos.
-¿Te gustaría casarte conmigo?
-Sí.
La negra entró en la habitación. Zobeida le dijo al médico:
-Aischa ha sido mi nodriza.
La esclava habló algunas palabras en árabe con su ama. Zobeida se puso de pie.
-Tienes que irte. ¿Es cierto que embrujarás a Sidi Fodil?
-Sí. Mañana mismo.
-Bueno; ahora vete. Mañana, Aischa pasará por ed-Dajel a la hora de hoy. Síguela. No le hables.
Y extendiendo sus brazos se colgó de su cuello y le besó las mejillas.
Cuando Piter escuchó que la puerta se cerraba tras él tuvo la impresión de que acababa de despertar de un sueño. Echó a caminar como si anduviera sobre un suelo de algodón. De pronto, de debajo de un arco se desprendió el guía que lo había importunado en el zoco. Como siempre, comenzó:
-¿Quieres visitar el palacio de Hach Idris ben-Yelul?
-No. Llévame al Zoco Chico.
Al día siguiente marchó hasta el zoco para conocer a Si-di Fodil. En el ed-Dajel no podían traficar simultáneamente dos mercaderes jorobados. Comenzó a pasearse lentamente, cuando descubrió que un jorobadito, sumamente tieso en la puerta de su comercio, lo observaba. Gastaba, como le había dicho Zobeida, un turbante ridículo.
Piter continuó paseándose por la ancha calle que conducía a las murallas; luego, sin ningún propósito deliberado, volvió sobre sus pasos y se detuvo frente al comercio del prestamista; pero al entornar disimuladamente los ojos se encontró con que el jorobadito lo estaba mirando. Entonces, rápidamente, le mostró la lengua. El prestamista desencajó los ojos; pero Piter, divertido, volvió la cabeza con gravedad hacia otro lado, y el jorobadito se quedó mirando de reojo como si dudara de lo que realmente había visto. Así pasaron algunos minutos. Piter parecía estar aguardando a alguien. De pronto volvió la vista; el jorobadito estaba allí observándolo, y entonces otra vez le mostró un palmo de lengua.
El prestamista enrojeció de furor hasta la raíz de los cabellos, se enderezó hasta empinarse sobre la punta de los pies, pero luego, pensándolo mejor, resolvió no darse por aludido, y mientras gruesas gotas de sudor le bajaban por las sienes, aparentó mirar a su alrededor, como si no reparara en la existencia de Piter. Éste, nuevamente grave, permaneció en la esquina. Sin embargo, la indignada curiosidad de Sidi Fodil llegó a ser más potente que su afán de indiferencia, y antes de que transcurriera un minuto estaba otra vez clavando la mirada en el médico, que llevándose rápidamente el dedo pulgar a la nariz movió los otros cuatro con el apicarado gesto del "pito catalán".
Una ráfaga de ira envolvió en su torbellino la jactanciosa alma del jorobadito. Olvidó su comercio y también la exigua estatura de su cuerpo. Rechinando los dientes, se lanzó a través de la calle, y en aquel mismo momento un gran grito de horror se escapó de los labios de Piter. Un automóvil cargado de turistas acababa de arrollar bajo sus ruedas al infeliz mercader.

Roberto Arlt

martes, 29 de noviembre de 2016

Rutes de Constantí



La caída

Habíamos escalado ya la montaña de tres mil pies de altura. No para enterrar en su cima la botella ni tampoco para plantar la bandera de los alpinistas denodados. Pasados unos minutos comenzamos el descenso. Como es costumbre en estos casos, mi compañero me seguía atado a la misma cuer­da que rodeaba mi cintura. Yo había contado exactamente treinta metros de descenso cuando mi compañero, pegando con su zapato armado de púas metálicas un rebote a una pie­dra, perdió el equilibrio y, dando una voltereta, vino a que­dar situado delante de mí. De modo que la cuerda enredada entre mis dos piernas tiraba con bastante violencia obligán­dome, a fin de no rodar al abismo, a encorvar las espaldas. Él, a su vez, tomó impulso y movió su cuerpo en dirección al terreno que yo, a mi vez, dejaba a mis espaldas. Su resolu­ción no era descabellada o absurda; antes bien, respondía a un profundo conocimiento de esas situaciones que todavía no están anotadas en los manuales. El ardor puesto en el mo­vimiento fue causa de una ligera alteración; de pronto adver­tí que mi compañero pasaba como un bólido por entre mis dos piernas y, que acto seguido, el tirón dado por la cuerda amarrada como he dicho a su espalda me volvía de espaldas a mi primitiva posición de descenso. Por su parte, él, obe­deciendo sin duda a iguales leyes físicas que yo, una vez re­corrida la distancia que la cuerda le permitía, fue vuelto de espaldas a la dirección seguida por su cuerpo, lo que, lógica­mente, nos hizo encontramos frente a frente. No nos dijimos palabra, pero sabíamos que el despeñamiento sería inevita­ble. En efecto, pasado un tiempo indefinible, comenzamos a rodar. Como mi única preocupación era no perder los ojos, puse todo mi empeño en preservados de los terribles efectos de la caída. En cuanto a mi compañero, su única angustia era que su hermosa barba, de un gris admirable de vitral gótico, no llegase a la llanura ni siquiera ligeramente empolvada. Entonces yo puse todo mi empeño en cubrir con mis manos aquella parte de su cara cubierta por su barba; y él, a su vez, aplicó las suyas a mis ojos. La velocidad crecía por momentos, como es obligado en estos casos de los cuerpos que caen en el vacío. De pronto miré a través del ligerísimo intersticio que dejaban los dedos de mi compañero y advertí que en ese mo­mento un afilado picacho le llevaba la cabeza, pero de pronto hube de volver la mía para comprobar que mis piernas que­daban separadas de mi tronco a causa de una roca, de origen posiblemente calcáreo, cuya forma dentada cercenaba lo que se ponía a su alcance con la misma perfección de una sie­rra para planchas de transatlánticos. Con algún esfuerzo, justo es reconocerlo, íbamos salvando, mi compañero su her­mosa barba, y yo, mis ojos. Es verdad que a trechos, que yo liberalmente calculo de unos cincuenta pies, una parte de nuestro cuerpo se separaba de nosotros; por ejemplo, en cin­co trechos perdimos: mi compañero, la oreja izquierda, el co­do derecho, una pierna (no recuerdo cuál), los testículos y la nariz; yo, por mi parte, la parte superior del tórax, la colum­na vertebral, la ceja izquierda, la oreja izquierda y la yugular. Pero no es nada en mil pies de la llanura, ya sólo nos queda­ba, respectivamente, lo que sigue: a mi compañero, las dos manos (pero sólo hasta su carpo) y su hermosa barba gris; a mí, las dos manos (igualmente sólo hasta su carpo) y los ojos. Una ligera angustia comenzó a poseernos. ¿Y si nuestras ma­nos eran arrancadas por algún pedrusco? Seguimos descen­diendo. Aproximadamente a unos diez pies de la llanura la pértiga abandonada de un labrador enganchó graciosamente las manos de mi compañero, pero yo, viendo a mis ojos huér­fanos de todo amparo, debo confesar que para eterna, memo­rable vergüenza mía, retiré mis manos de su hermosa barba gris a fin de protegerlos de todo impacto. No pude cubrirlos, pues otra pértiga colocada en sentido contrario a la ya men­cionada enganchó igualmente mis dos manos, razón por la cual quedamos por primera vez alejados uno del otro en todo el descenso. Pero no pude hacer lamentaciones, pues ya mis ojos llegaban sanos y salvos al césped de la llanura y podían ver, un poco más allá, la hermosa barba gris de mi compañero que resplandecía en toda su gloria.

Virgilio Piñera

domingo, 27 de noviembre de 2016

Júlio Pomar



Episodio del enemigo   

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no po­día ser un arma sino un báculo. Me costó perci­bir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Ar­temidoro sobre los sueños, libro un tanto anó­malo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo en­tonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás.
Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocu­rrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me dijo entonces con voz firme:
-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Ati­né a decir:
-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratage­mas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
-Puedo hacer una cosa -le contesté.
-¿Cuál? -me preguntó.
-Despertarme.
Y así lo hice.

J. L. Borges

viernes, 25 de noviembre de 2016

Puzzle


Los cien cruzados

Un cavador, habiéndose levantado muy de mañana para ejercitar su pobre oficio, yendo cargados sus asnos vio en medio de la calle un talegón; dándole con el pie, vio que eran dineros, y que a gran prisa venía uno de a caballo en busca de ellos. Para mejor cogerlos sin peligro echóle la tierra encima. Como juntase el mercader y le dijese:
-Buen hombre  ¿habéisme visto un talegón que se me ha caído, con cierta cantidad de moneda?
Le respondió:
-¡Dejadme, cuerpo de tal, con vuestra talega o talegón, que harto tengo que ver en volver a cargar esta tierra que me ha echado el asno!
Ido el mercader, cargó el astuto hombre su tierra con el talegón, y llevándolo a casa, él y su mujer, de muy regocijados se pusieron a contar los dineros, y de ver que eran cruzados de oro de Portugal, regostáronse con ellos de tal manera que, sin darse cuenta, se les cayó uno detrás de la caja que estaban contando, y vueltos en el talegón como estaban, alzólos la mujer.
El mercader, por parte del alcalde, mandó publicar que cualquier que se hubiese hallado un talegón con cien cruzados de oro, que los manifestase y que le darían diez por buen hallazgo. Venido a noticia del cavador, díjolo a su mujer; ella no queriéndoselos dar en ninguna manera; él, con buenas palabras, inducióla que de más conciencia y más provecho les sería tomar diez ducados de hallazgo, que los cien cruzados no siendo suyos, y así, se los dio. El buen hombre, venido delante del alcalde, manifestó los dineros, los cuales, vista la presente, libró en poder del mercader, habiendo dado sus testigos y razón satisfactoria que eran suyos. Y como el mercader los reconociese y hallase uno menos, dijo:
-Mire vuestra señoría que aquí no hay sino noventa y nueve cruzados, y los míos son ciento. ¿Cómo quiere que se termine este negocio?
Pensando el alcalde que no fuese maña del mercader por no pagar el hallazgo prometido, dijo:
-¡Sus! Ya lo entiendo, que no deben de ser esos los vuestros dineros. Volvédselos al buen hombre.
Vueltos, más por fuerza que por grado, fuese el cavador muy alegre a su casa, y antes que a ella llegase, encontró con un aguador, gran amigo suyo, que se le había caído el asno en un lodo, y rogándole que se lo ayudase a levantar, tomóle de la cola, y tirando de ella quedósele en las manos, por lo que el aguador empezó a dar voces:
-¡Don traidor! ¡Pagadme mi asno que me habéis desrabado.
El cavador, medio turbado de lo que le había acontecido, dando a huir encontró con una mujer preñada, de tal manera que cayó, y fue cogido por la justicia y la mujer, del encuentro, malparió, vista la presente. Así, que apresado el cavador, y detrás de él el amo del asno, y la mujer y su marido, fueron ante el alcalde. Oída la queja, tan graciosa, del amo del asno, que se lo pagase porque se lo había desrabado, y la necia demanda del marido, porque se afligía en extremo, diciendo que de qué manera podía sentenciar su señoría que su mujer estuviese preñada como se estaba, oídas las partes, dio por sentencia: que en cuanto a la demanda del asno, que se lo llevase el cavador a su casa, y que se sirviese de él hasta en tanto le saliese la cola; y porque el marido reprochó de qué suerte sentenciaría que su mujer estuviese preñada como se estaba, sentenció que se la llevase el cavador a su casa y que tratase de devolvérsela preñada, con tal que su mujer fuese contenta. La cual sentencia fue muy aprobada y reída del pueblo, y obedecida, aunque le pesase, del ignorante marido. Viniéndose el cavador a su casa, alegre y regocijado por verse señor de dineros y de asno y de mujer nueva, salió la mujer a recebirle, diciendo:
-¿Qué es esto, marido?
Respondió:
-Ventura, mujer; toma ese talegón que los cruzados son nuestros.
Pidióle más:
-¿Y el asno?
-También es ventura, porque me ha de servir hasta que le salga la cola.
Replicóle:
-¿Y la mujer?
Respondió:
-También es ventura, pues la tengo que devolver preñada a su marido.
-¿Cómo que devolver preñada?  -dijo la mujer-. ¿A eso llamáis ventura? No es sino desventura.  ¿Dos mandadoras en una casa?
Respondió el marido:
-Mirad mujer, que el juez lo ha mandado.
-¡Aunque lo mande y lo remande! -dijo la mujer-. Yo soy la que mando en mi casa y ¡por el siglo de mi madre! tal no entre de las puertas adentro. 
Despidiéndola, como el marido de ella la hubiese seguido, ya presumiendo 1o que se podía seguir, cobró su mujer muy satisfecho y contento. A cabo de días, tornó el mercader a suplicar al alcalde, dando otros testigos de fe y de creencia, cómo eran suyos los cruzados, por lo cual mandó llamar al cavador y que trajese el talegón con los cruzados. Traídos, mandó el alcalde que se los diese. Dijo el cavador al punto que se los dio, pensando que tampoco los recibiría.
-Mire, señor, que no hay sino ochenta, porque los otros se han gastado en alhajas de mi casa.
Respondió el mercader:
-Ochenta o setenta, dad acá, que no quiero contarlos, que más vale tuerto que ciego, que yo los recibo por ciento. Anda con Dios.
Contentas las partes, cada cual se fue a su posada.
Oyendo el aguador que todos habían cobrado sus haciendas, así el mercader sus dineros como el otro su mujer, apareció ante del alcalde suplicando que le mandase restituir el asno, que él era contento de recibirlo desrabado, así como estaba. Proveído, cobró su asno, y el cavador se quedó con veinte ducados, y libre de los querellantes.

Juan Timoneda

miércoles, 23 de noviembre de 2016

AcerArte - Arte Hoy




Despierto en el sueño

Durante un viaje, un judío, un musulmán y un cristiano se hicieron amigos. Igual que la razón se hace amiga del ego de Satanás. Lo mismo un fiel puede hacerse amigo de dos extraviados. El cuervo, el búho y el halcón han caído en la misma jaula. Un Oriental y un Occidental que pasan la noche en un mismo lugar se hacen amigos. Pero cuando los barrotes de la jaula se rompen, cada ave vuela en diferente dirección.
Al llegar estos tres compañeros al final de una etapa, alguien vino a traerles dulces y este presente alegró a nuestros tres solitarios. Las gentes de la ciudad son sabios refinados en su comportamiento. Pero el campesino es un maestro de generosidad.
Aquel día, el judío y el cristiano no tenían hambre, mientras que el musulmán había ayunado. Era para él la hora de romper el ayuno y era grande su apetito. Pero los otros dos le dijeron:
«Dejemos esto aquí. ¡Los comeremos mañana! -¡Comámoslos esta noche! replicó el musulmán. ¿Por qué esperar a mañana?
-¿Tienes acaso intención de comerlos tú solo?  Preguntaron los otros.
-Somos tres, dijo el musulmán. Dividamos estos dulces en tres partes iguales y que cada uno se tome su parte como quiera.
-¡El que divide merece el infierno! Tú eres patrimonio de Dios y todas las partes de los dulces le pertenecen. ¿Cómo te atreverías a hacer ese reparto?»
El musulmán se resignó y dijo:
«¡Oh, amigos! ¡Sea según vuestros deseos!»
Y fueron a acostarse. Por la mañana, cada uno se puso a rezar según su religión. Después de la oración, uno de ellos propuso que cada uno contase su sueño de la noche. Y que el que hubiese tenido el sueño más hermoso, recibiese la parte de dulces del que hubiese tenido el sueño menos hermoso...
El judío contó su sueño:
«En mi camino me crucé con Moisés. Lo seguí a la montaña de Sinaí. Allá arriba nos rodeó la luz. Después, vi que, por voluntad divina, la montaña se dividía en tres partes. Un trozo de la montaña cayó al mar. Y el agua del mar se volvió dulce al instante. Otro pedazo cayó en la tierra y brotaron arroyos como remedios para los afligidos. El trozo tercero voló hacia la Kaaba para convertirse en la montaña de Arafat. Cuando hubo pasado mi asombro, comprobé que la montaña del Sinaí seguía estando en su sitio, pero que su suelo, como hielo, se fundía bajo los pies de Moisés. Se fundió hasta tal punto que acabó por allanarse. Cuando este nuevo motivo de asombro se agotó para mí, vi de nuevo a Moisés y el Sinaí en su sitio. Divisé a una multitud en el desierto que rodea la montaña. Cada uno llevaba una caña y un manto y todos se dirigían hacia la montaña. Elevaron las manos para la oración y desearon ver el rostro de Dios. Cuando hubo pasado mi extrañeza, vi que cada uno de aquellos hombres era un profeta de Dios. Vi también ángeles magníficos. Sus cuerpos estaban hechos de nieve inmaculada. Más lejos, vi a otro grupo de ángeles pero, esta vez, hechos de fuego...»
El judío siguió así contando su sueño.
¡Oh, tú! ¿Tienes certidumbre en lo que a ti se refiere? ¿O en lo referente a tu existencia? ¿Cómo te permites burlarte así del prójimo? ¿Quién sabe quien tendrá la suerte de morir como un musulmán?
A su vez, el cristiano contó su sueño: «Fue el Mesías quién se me apareció. Con él, subí tan alto como el sol. Era extraño. No puedo comparar lo que he visto con las cosas de este mundo y no puedo, pues, contaros este sueño.»
El musulmán dijo entonces: «¡Oh, amigos míos! Mi sultán Mustafá se me apareció. Me dijo: "Uno de tus amigos se ha ido al Sinaí. Allí se pasea con la palabra de Dios, colmado de amor y de luz. Jesús se ha llevado a tu otro amigo al cielo. ¡Levántate! ¡Al menos, aprovecha los dulces! Tus amigos han sido favorecidos. Aprovechan la compañía de los ángeles y del conocimiento. ¡Pobre idiota! ¡No pierdas el tiempo! ¡Cómete los dulces!"
A estas palabras, el judío y el cristiano exclamaron: «¿Te has tomado realmente todos los dulces?
-¿Cómo habría podido desobedecer una orden del profeta? Tú, que eres judío, ¿no harías lo mismo con una orden procedente de Moisés? y tú, que eres cristiano, ¿te atreverías a desobedecer a Jesús?"
Los otros dos le dijeron:
«Ciertamente, tu sueño es más justo que el nuestro. Tu sueño consiste en estar despierto en tu sueño. ¡Qué hermoso sueño!».
Deja a un lado las pretensiones referentes al conocimiento y al misticismo. La cosa más hermosa es comportarse con respeto y servir al prójimo.

Rumi

lunes, 21 de noviembre de 2016

VII Trobada d´intercanvi de Punts de Llibre - Montblanc





La messela        

En tiempos del califa Harun-el-Raschid vivía en Bagdad -al decir de los sagrados textos- un joven llamado Muhammed ibni Idris, bin Abbas, bin Osmam, bin Schafi, de la estirpe de los Abd-el-Menaf, al que acabaron por llamar simplemente Imam'i Schafi. Era este Imam'i Schafi uno de los discípulos del famoso Muftí Muslim, y de su anciano maestro había aprendido a preferir el saber a cualquier otro bien terreno.
Un día fue Imam'i Schafi a bañarse, pero se encontró con que el guarda de los baños prohibía la entrada a todo visitante que antes no abonase un larín. Buscó el buen Schafi y rebuscó en todos los pliegues de su pretina; mas como él era un estudiante asiduo y celoso, no sólo no encontró un larín en ella, sino ni siquiera un ochavo de dinar. Sin afligirse por ello, propuso en­tonces al guarda:    
-Mira; yo no traigo dinero alguno para  pagarte la entrada, y esto es una coincidencia muy feliz para ti, porque voy a el darte, en cambio, una messela -como entre rabinos la masora, glosa o comentario de los sagrados textos- que vale más que un camello cargado de piedras preciosas.
Y diciendo esto, sacó una tablilla con la messela.
El guarda se quedó mirándole asombrado al principio y luego se puso a bailar sobre un pie, a reírse y escandalizar, de suerte que cuantos se encontraban en los baños acudieron al punto y le pedían que les explicase el motivo de la risa para poder ellos reír también. Imam'i Schafi contóles con la mayor seriedad la propuesta que al guarda le había hecho... y al punto empezaron todos a bailar en un pie a la rueda en torno de él y a reír como condenados, y sujetándose el vientre para no estallar.
-¡Anda! ¿Pues no quiere bañarse por una messela? ¡Por una exégesis de la doctrina pretende purgar la piel! ¡Ja, ja, ja!
Imam'i Schafi, que no acababa de comprender el porqué de aquella hilaridad, regresó a su casa disgustado y, buscando a su maestro, díjole:
-Tú me has dicho siempre, Muftí, que una messela vale más que todos los tesoros de Persia y, sin embargo, hoy mismo le ofrecía una al guarda de los baños para que me dejase entrar y se echó a reír como un loco y tuve que regresar corrido.
Sacóse entonces de su dedo el sabio Muftí Muslim ibni Halida una sortija que el mismo califa le había regalado, y entregándosela al discípulo, díjole:     
-Vete al departamento del bazar en donde los zapateros trabajan y ofréceles esta sortija en venta.
Imam'i Schafi no comprendía a santo de qué aquello de ir a ofrecerles la sortija a los zapateros; mas, como discípulo obediente, sin poner reparo alguno, a ellos se fue y les ofreció la joya.
Los zapateros, apenas levantaron los ojos de su labor para mirar la sortija, y movieron dubitativamente la cabeza.
-¿Que cuánto te daría por la sortija, dices? -preguntó uno de ellos-. Pues... tres ochavos de dinar sería lo más que te ofreciese. Y aun me temo que habría de arrepentirme luego.
-Pero, hombre, ¡no seas loco! -recon­vino otro-. ¿No ves que la sortija es de latón y vidrio? Por dos ochavos de dinar la pagas hasta las setenas.
-¿Cómo dos ochavos? -terció otro de los presentes-. Por dos ochavos te dan todo un cristal de ventana y una barra de latón más gruesa que un brazo; conque ya ves  el negocio que harías gastándolos en la sortija. No seáis cándidos: no le deis un céntimo y mandadlo a paseo con su sortija.
Pasmado de la incomprensible obceca­ción de los zapateros, volvió Imam'i Schafi a referirle a su maestro el resultado de su oferta y contándoselo estaba, cuando, antes de que terminase, asomó por la puerta un mercader gesticulando como un desesperado.
-¡Grave es el trance, oh piadoso y emi­nente Muftí, que a ti me trae! Hace un año que hice voto de sacrificar un carnero con cuernos de nueve palmos si Alah me concedía la gracia de un hijo. Pues bien; hace unas horas he recibido la noticia de que mi mujer acaba de dar a luz un niño, y por más que corrí a la feria y me harté de buscar en ella, no he logrado dar con un carnero como el que necesito, pues los cuernos del mayor apenas exceden de un palmo. ¡Dame, te suplico, señor, una messe­la, a ver si tu sabiduría me salva de la servidumbre de la letra y me libro y libro a  mi hijo de la venganza de Alah!
Pensativo, acarició el Muftí su blanca le barba y dijo:
-Grave es, por cierto, el apuro en que te ves, mercader, no obstante,- si le entre­gas mil larines a mi discípulo. Imam'i Schafi,  que aquí ves, él te sacará del trance con una messela.
El mercader, que vio que la situación no era enteramente desesperada, respiró satisfecho, sacó su bolsa y la vació a los pies de Schafi.
Y el joven perito en la Ley entrególe en cambio la messela, que rezaba: «los cuernos del carnero han de ser medidos por el palmo del recién nacido».
El Muftí asintió con una muda inclina­ción de cabeza. Y cuando el mercader se hubo marchado, preguntó a Imam'i Schafi:
-¿Has caído ya en la cuenta de en qué consiste el valor de las cosas? Nada valen para quien no las necesita. Por eso la sor­tija preciosa carece de mérito entre los zapateros y a los guardas de los baños toda la sabiduría les importa un comino. Pero nada hay que no tenga comprador; el caso es saber buscárselo.

Anónimo