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sábado, 17 de febrero de 2018

Tívoli


Perfumada noche

(A mi tía Haydée, para que nunca se muera)

La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante. El señor Pelice tuvo ese minuto y esa luz. Pocos lo recuerdan en este pueblo. Algunos, los más concisos, piensan que murió realmente de vejeces. La muerte es según, como la vida. Es otra vida, justo, otra forma de consistir, no un per saecula definitivo, nada absoluto, ninguna cosa extravagante porque también es de ser, aunque en artículo mortis. De modo que el señor Pelice sigue siendo todavía. La muerte, ya que viene al caso, es suceso chiquito, desdibujo, entreluces. Este pueblo no fue así desde el comienzo, como uno imagina. En su momento fue pueblo niño. Antes no estaba el molino de Rodríguez ni la fábrica de fideos de Basile era como es ahora con un alto letrero encendido en la punta, sino de madera bien seca y engrasada, es decir, lista para encenderse en cualquier momento como finalmente sucedió bien solemne y entonces, después, sobre las cenizas vino esta otra, de fuerte cemento y letrero penachudo, ni estaba siquiera esta estatua de San Martín que cabalga sereno entre las copas de los árboles, ni el blanco palacio de la Municipalidad tan gobernante, ni aun la avenida Alsina de cemento lisa embanderada de letreros a los costados. Esto es, hay otro pueblo por debajo de este, y otro y otro más con tapialitos amarillos de sol y callecitas de tierra. Y por una esas callecitas ahí viene el señor Pelice con sus botines de becerro, su traje de gabardina negra y su panamá copudo, a los pasitos, muy de cuerpo presente. Viene. Y ese fue el minuto y la luz del señor Pelice. Porque no va que ve por primera vez a la señorita Haydée Lombardi en la puerta de su casa, en la calle Saavedra, al lado de la confitería Renacimiento, que está en la esquina de Pueyrredón y Saavedra, aquella opulenta casa con un tejado a la Mansard con espiga, tragaluces, cresta, veleta, buharda y chimenea, que se ennegrecía al atardecer y bajaba como un barco en el alto cielo y ella allí, en la puerta, para siempre desde ahora, blanca y frágil y perfumada, figurín, Haydée Lombardi, para sueño y música. Al señor Pelice le hizo un ruido el corazón y la amó desde ese mismo momento. Jamás cruzaron palabra pero él desde entonces se quitaba puntualmente el panamá frente a aquella puerta a las seis de la tarde en invierno y a las ocho en verano, y ella inclinaba apenas la cabeza y casi sonreía. Para el señor Pelice fue el momento más brillante de su vida lo cual es bastante textual porque, como se sabe, el señor Pelice era el cohetero más reputado de la zona. ¿Quién no recuerda, eso sí, las cascadas, abanicos, glorias y soles fijos que hacía estallar para la fiesta de san Donato, por ejemplo, aparte de las consonantes bombas de estruendo que reventaba en procesiones y remates y que se oían hasta Irala o Cucha-Cucha, según soplase el viento, y era el propio mundo que saltaba en pedazos? Aquel año del encuentro engendró para la fiesta de San Isidro Labrador, de este pueblo protector, sus famosas piezas pírricas de formidable combustión. Las piezas pírricas mediante fuegos fijos, esto es, que hacen su efecto sin dar vueltas, según se conocían hasta entonces, eran fáciles de prender mediante el simple recurso de mechas de comunicación. El maestro Pelice, en cambio, que era un verdadero artista creativo, prosiguiendo y mejorando los fogosos estudios del maestro Ruggieri, perfeccionó in extenso los de fuegos pírricos alternando piezas fijas con piezas giratorias, lo cual es de suma perfección si se tiene en cuenta que el movimiento de rotación se opone per se a que se establezca la comunicación entre las piezas. El sutil rebusque se basaba en una fuerte broca colocada horizontalmente sobre un sólido poste de madera y que servía de eje a todas las piezas, de las más simples a las más complicadas, combinando en ajustada competencia de ingenio soles fijos, estrellas, glorias, patas de ganso, aspas de molino y las maravillosas espuelas de fuego de su exclusiva invención. Inspirado por la alada figura de la señorita Haydée, el señor Pelice llegó incluso a fabricar aquella atronadora pieza en espiral, compuesta de fuegos giratorios y de una hilera de lanzas que suben circularmente y forman, cuando la pieza gira, una espiral de fuego de enorme pasmo y majestuoso incendio, que disparó para la noche del 9 de Julio de 1935. Esa misma noche, en la casita que habitaba en las afueras del pueblo sobre el camino de tierra a las Aguas Corrientes, después de encender cuantas velas y lámparas tenía y distribuidas por toda la casa y aun en el jardín, el señor Pelice se estableció frente a su escritorio de persiana y tras suspirar largamente mientras se rascaba la cabeza con una lapicera de pluma de pavo escribió con su hermosa letra bastarda de curvas rotundas y el sesgo conexivo de 30º, como se prescribe, la misma con la que copiaba las fórmulas del maestro Julio Rossignon, autor del Nuevo Manual del Cohetero y Polvorista editado por la librería de la Vda. de Ch. Bouret, su primera carta a la señorita Haydée, inspirada libremente en el Corresponsal del Amor, Estilo Moderno de Cartas Emotivas y Pasionales. Como, según las apariencias, sobrepasaba en varios años a la señorita le pareció atinente utilizar como modelo la carta de un Viudo pidiendo relaciones a una soltera, aunque él, con propiedad, no fuese viudo de mujer sino más bien viudo de costumbre.
Releyó un par de veces la carta a la luz de la lámpara de aceite de tubo alto y luz espesa, que era su preferida y que cuando se adormecía lo despertaba con breves y susurrantes chisporroteos de la mecha, como si chamuyara. La plegó con cuidado, la besó ladeando sus bigotes de manubrio y la metió en un sobre perfumado. A esta carta nocturna siguieron otras muchas, puntualmente una por semana, pero el señor Pelice no llegó a despachar ninguna. Prefería rellenar con ellas las bombas de estruendo, que ahora sonaban un poco más apagadas o huecas, aunque sólo él lo notase, y desparramadas en mil pedacitos sobre los techos del pueblo. Algunos de esos pedacitos cayeron en el, patio de canteros elevados de la casa de la señorita Haydée Lombardi, aunque lamentablemente el día de la carrera de las Doce a Bragado, cuando disparó una bomba para la largada, un papel chamuscado que decía "Mi adorada Haydée" cayó con tan mala leche que fue a dar en el patio de la señora Haydée Bonsignore y más precisamente casi a los pies del señor Bonsignore, que tenía la sangre caliente, y se armó una podrida de calendario.
El señor Pelice seguía transcurriendo exacto, puntual todas las tardes por frente a la casa de la calle Saavedra y allí estaba siempre la señorita de visu, cada día más blanca y leve, casi transparente.
La señorita Haydée Lombardi murió de tabardillo el 8 de mayo de 1946. El señor Pelice redactó esa noche la única carta que en todos esos años remitió por correo. "Mi estimada señorita: en momentos tan especiales deseo expresarle a usted mi invariable afecto y la seguridad de mi perdurable compañía en esa otra vida de tránsito que ha iniciado usted y que me impongo yo en este mismo momento. Su leal servidor P." El señor Pelice echó la carta al día siguiente y no volvió a salir de la casa por el resto de sus días. Solamente lo hacía cada 8 de mes, por la tardecita, para depositar un sobre perfumado en el nicho de la señorita que luego se llevaba el viento o algún curioso o bien lo chamuscaba y descoloría el tiempo. Coincidió que para entonces los festejos de estruendo fueron cayendo en desuso y se convocaba a remate por edicto judicial. Al tiempo, los vecinos lo dieron por muerto o simplemente lo olvidaron. Ya estaba el asfalto, se habían construido varios molinos, el Expreso Rojas llegaba hasta Buenos Aires y sobre el pueblo de tapiales amarillos había surgido otro pueblo. La casa de la calle Saavedra se convirtió en un local de compra y venta de propiedades.
A todo esto el señor Pelice envejecía suavemente detrás del último tapial como un fuego que se apaga con lentitud. Al caer la noche encendía todas las velas y las lámparas y daba de comer a unos pececitos de colores que criaba en un acuario y que eran su única y silenciosa compañía. Tenía una colisa labiosa, dos ángeles que parecían dos pajaritos rígidos, un betta splendens, un labeo bicolor, un telescopio renegrido de ojos saltones que semejaba un gato, una ninfa, un cometa y dos besadores chatos y blancos que colgaban del agua como dos papelitos. La luz del atardecer penetraba por la puerta-ventana que daba al jardín y revestía el cuarto de una claridad dorada que encendía pálidamente la pecera. Los pececitos flotaban en el agua dorada como suaves pájaros de lento vuelo, desplazándose majestuosamente entre las ramitas de elodea o de helecho japonés. El señor Pelice inclinaba su cabeza encanecida sobre los vidrios y sus pensamientos se desplazaban tan lentos y suaves como aquellos pececitos ánimas. Detrás del tapial amarillo que con las sombras se cubría de caracoles, el señor Pelice se hinchaba y arrugaba un poco más cada año. Ahora podía salir y pasar entre los vecinos sin ser reconocido. El pueblo seguía progresivo, casi capital. Altas luces de mercurio alumbraban las calles avenidas, el asfalto había llegado hasta la calle Magallanes, en las afueras, había dos semáforos en el centro que saltaban bonitamente del verde al rojo y a la viceversa y de los que don Pelice no entendió muy bien su significancia, aunque imaginó que eran tramoyas de estación. La iglesia de San Isidro, tan altiva, tan de lejos visible apuntando al cielo entre los árboles, sobre los buenos campos, había sido vaciada por dentro, ya no consistía en aquel brillante altar con columnas al pan de oro y la santa imagen, muy carnal en su contexto, de Santa María bendita, todo color y vestes y brillos y ojos de vidrio y el niño desnudo, barrigoncito, sino que ahora era una especie de agudo galpón blanqueado, con una mesada en alto. Quedan de los otros tiempos, y por allí la reconoció, los grandes ventanales con vidrios a franjas blancas y violáceas que según la disposición del sol azulaban a cierta hora el aire, las gentes, las imágenes de bulto, en cuya luz vio una mañana sobreandar, flotante, a la señorita Haydée con un tul que le velaba el rostro y de cuyos entrepaños florecían ambas manos como de cera. Nada de eso prevalecía ya. Él mismo no era el Pelice de entonces pues nadie se volvió a reconocerlo cuando avanzó por el medio de la nave con el panamá en la mano haciendo crujir los resecos botines de becerro. De regreso pasó por la calle Saavedra y hundida entre dos vidrieras que resplandecían descubrió trabajosamente la negra silueta de la casa con un afrentoso letrero sobre la puerta. Haciendo visera con la mano, sus ojos repasaron el imbatible tejado a la Mansard que se recortaba contra el resplandor de las luces de mercurio. Esa noche escribió una larga carta a la señorita Haydée dándole cuenta de los adelantos habidos y de las altas y frías luces que hubiesen quitado brillo aun a las cascadas de cuatro brazos, de once metros de alto, con veinte, dieciséis, doce y ocho cartuchos detonantes respectivamente, más otros cuatro en el extremo superior del palo que construyó para el sesquicentenario y que fue su más colosal de facto.
Ahora es noviembre. En la profunda noche perfumada al señor Pelice, ya decididamente viejo y por lo tanto insomne, le cuesta una barbaridad conciliar el sueño. Casi no duerme. Se aquieta sobre el catre y hacia el amanecer se adormece un poco. En esas largas horas divaga por el jardín con la lámpara de aceite en la mano o se echa en una mecedora e impulsada por el aire dulzón que despide el ligustro humedecido por el rocío, su cabeza se vuela como un globo o una pajarita de papel que planea sobre el viejo pueblo con los tapialitos amarillos y las calles de tierra y tanta cosa que se desapareció u ocultó, no visible a prima facie, que eso es la muerte, olvido, oscuridades, suma y suma, tiempo y tiempo, distancia inmóvil.
En la madrugada acercó la lámpara a la pecera y comprobó ya sin dolor que el pez telescopio, ese lento pajarito renegrido que lo observaba con sus grandes ojos saltones a través del cristal y con el que casi había llegado a entenderse, de un mundo a otro, pez-hombre, pez-pez, flotaba inerte en uno de los rincones. Al principio, cuando instaló la pecera, eran doce movedizos pececitos pero, iletrado en aguas, el exceso de comida o alteraciones en la temperatura o defectos en la aireación y filtración redujeron el lote rápidamente. La primera muerte fue una catástrofe. El señor Pelice extrajo el cuerpecito finado, una vez que comprobó en forma absoluta que no se movía ni aun empujándolo con un dedo, con la redecilla de tul y lo depositó sobre una hoja de hortensia en el medio del escritorio y lo veló algunas horas con la lámpara de aceite. Con una cuchara cavó un hoyo al pie de una magnolia foscata y enterró allí al pececito. No se había aún recuperado de aquella sensible pérdida cuando murió un macropodus opercularis que comenzó boqueando en la superficie y luego se acurrucó en un rincón con el vientre hinchado. Lo sepultó al pie del ciruelo de jardín de aladas hojas marrones. Así fueron muriendo uno tras otro y el viejo enterrándolos al pie de esta planta, aquella. Al telescopio lo plantó junto a su arbolito más querido, un jazmín japonés de flores carnosas que reventaban justamente para fines de noviembre y se removían en la noche como avecitas blancas bombeando intensas ondas perfumadas que traspasaban la oscuridad hasta el catre o la mecedora del señor Pelice, que ya prácticamente no duerme. A ratos lee, a ratos escribe pero sobre todo piensa. Eso es la vejez seguramente, una desvelada memoria. Por lo general reconstruye el pueblo desde su infancia mezclando o, mejor dicho, combinando los tiempos, las personas. Desfilan contra un mismo tapial o por la penumbra amarilla del cuarto el padre Doglia, previniéndolo en cocoliche sobre las tentaciones de este mundo mientras se pone y se quita el bonete francés, nervioso con la presencia del demonio a quien imagina una especie de comisario de la provincia con el uniforme colorado, el viejo Ponce, que habla solo, Bimbo Marsiletti que agita los brazos frente a una banda invisible, Oreste Provenzano que levanta una ristra de billetes de lotería o los tanos Minervino, Visiconti y Ciminelli que pasan tocando la gaita en fila india igual que en la procesión de la Virgen del Carmen.
Desde que se marchó la señorita Haydée ha tomado por costumbre colgar un farol de viento en medio del jardín. El viento lo agita y remueve las densas sombras que cambian pesadamente de lugar. Su luz anaranjada semeja la lechosa claridad de la pecera. Y en esa luz submarina ve brotar en la punta de una ramita al macropodus opercularis o al labeo bicolor o al scatophagus argus o a los puntius arulius que murieron a dúo. Se agitan como flores o pajaritos o caireles, casi transparentes, muy navegantes. Esta noche de noviembre florecerá sin duda el telescopio, pez pajarito de negros velos, en la cresta del jazmín japonés.
El 8 de diciembre, día de la Inmaculada, el señor Pelice escuchó desde el catre el volteo de las campanas que convocaban a la misa solemne de primera comunión con la lámpara de aceite todavía encendida a un lado, sobre la silla. Pensó en la virgen de cemento que erigieron las Hijas de María en el atrio de la iglesia y que viera la última vez con el rostro y las manos pintadas de color carne y en las hileras de chicos con brazaletes y túnicas que atravesaban la plaza y estarían ingresando en este mismo momento por la puerta puntiaguda a través de la cual se alcanzaba a ver el altar colmado de luces. Pero su hinchado cuerpo no obedeció al impulso. Tenía los brazos adormecidos y las piernas envaradas. Recién a la tarde cita, arrastrándose por el piso, pudo dar de comer a los pececitos. Angelita Alori, que venía dos veces por semana a asear la casa, lo encontró al día siguiente tumbado en el piso de ladrillos y lo acomodó en el catre para finales. Como por otro ítem padecía el mal de orina, Angelita le preparó un cocido a base de raíz de rábano con una  ata de perejil y un puñado de hojas de berro, endulzado el conjunto con azúcar de cande. Se abreva una copa para extraer la orina y los humores que vienen de acompañamiento, aconsejándose un Pater para refuerzo. El señor Pelice mejoró de la orina pero total que era casi lo mismo pues no podía transportarse para expulsarla, debiendo ayudar al efecto la Angelita con la vista vuelta hacia otra parte. El 8 de enero, puntual, el señor Pelice emprendió su tránsito con el traje de gabardina, el sombrero panamá y los botines de becerro a la hora justa en que los pececitos se brotaban en las ramas. Según la Angelita, que depuso para constancia, hizo una buena muerte, al natural, y fue enterrado de oficio, sin luto ni comparsa, en la mera tierra.
Ahora bien, y a propósito del señor Pelice que pasó, pregunto: ¿cuál es, cuál el verdadero pueblo de la ciudad de Chacabuco, cuál rige? Este de ahora encumbrado en adelantos o aquel otro de los tapialcitos amarillos y las calles de tierra, cuando el camión de riego asentaba el polvo al atardecer y todo era más viejo y simple pero más dulce, y bastaba con estirar el cogote para ver al fondo de la calle las primeras quintas y que por la calle Saavedra en este momento se acerca gravemente el señor Pelice, se detiene frente a la casa de los Lombardi, ya medio en sombras, se quita el panamá y saluda a la señorita Haydée que dice por primera vez con su voz de pajarito:
-¿Habrá calor este año, no cree usted?
-El sol está fuerte para noviembre -responde per oblicua el señor Pelice.
-¡Hermoso atardecer!
-Sopla algo de viento, por suerte.
-¿Hacia dónde va usted tan incontinenti?
-Al Prado -improvisa temerario el señor Pelice.
-Muy buena idea. ¡Me gustaría mucho ir hasta ahí! -canturrea la señorita.
El señor Pelice le ofrece el brazo y la señorita Haydée con una risita se aparta de la puerta y enlaza el brazo del maestro cohetero. Las dos figuras se alejan entre tapiales amarillos y penachos de sombras rumbo al Prado Español mientras sobre el pueblo desciende la perfumada noche.

Haroldo Conti

jueves, 15 de febrero de 2018

Alfombras

  
Su joven esposa     

Cuando John Hollis se casó con una jovencita, fue él, probablemente, el único consciente de su diferencia de edad. Sue era demasiado joven e impulsiva para ser consciente de algo así y, en cualquier caso, al principio fueron muy felices juntos. Pasado un tiempo, hubo ocasiones en las que John se preguntó si Sue repararía en algún momento en su edad. Algunas cosas simples e insignificantes, como la gente que conocían, la música con la que habían bailado o los partidos de fútbol que habían visto, le recordaban esa diferencia. «Bailas como un ganadero, querido», solía decirle, y después salía a bailar con un hombre más joven. Pero, cuando terminaba la música, ella dejaba a su pareja de baile y caminaba entre las mesas buscándolo como si fuera el único hombre en el salón lleno de humo. Siempre había sido así, al menos hasta que conoció a Rickey. Desde entonces lo que no había sido más que una vaga especulación, una aprensión para John, se convirtió en un miedo sobrecogedor, en el sentido más estricto. Esquiar, pensó, no le había provocado ese repentino sentimiento de terror y de vértigo que experimentó al observar la felicidad de Rickey y de su joven esposa mientras hablaban y fumaban en la mesa, frente a él.
Los tres estaban sentados a la mesa de un café en Belmont Park. Ni John ni Sue habían visto una carrera hasta que Rickey llegó a sus vidas a través de un contacto de negocios. Desde aquel día se les pudo ver en Belmont todos los fines de semana de la temporada, y los días de entresemana, mientras John trabajaba, Rickey solía llevar a Sue al hipódromo en coche. El interés de Sue por las carreras de caballos y su interés por Rickey, pensaba John, parecían inseparables. En una ocasión, al principio, John le había hecho un comentario a su mujer sobre lo a menudo que acudía con Rickey a las carreras. «Pero cariño, soy joven -le respondió. Había un tono petulante en su voz-. Y nunca me he divertido. Mi madre no me perdió de vista hasta que me casé contigo, y me gustaría vivir algo excitante antes de hacerme vieja».
Desde el lugar en el que se encontraban tenían una buena vista de las pistas. Rickey y Sue estaban delante de la mesa, de espaldas a John, absortos el uno en el otro, pensó; con una felicidad y un resentimiento por su presencia tan palpables como el humo de sus cigarrillos. «¿Cuál es nuestro caballo?», preguntó Sue. Era una muchacha de piel clara y cabello rubio, casi cobrizo a la luz del sol.
«El primero -dijo Rickey-. Bold Ransome. ¿No es precioso?». Se inclinó sobre la mesa para señalar su elección en el programa. Sus hombros se rozaron y John sintió que la rabia y los celos le subían de nuevo por la garganta. Observó cómo se levantaban, ajustaban sus binóculos y seguían al caballo elegido con una ternura, pensó, de padres primerizos. El clarín le hizo olvidar su rabia por un momento y se levantó para ver el campo desde abajo, cerca de la barrera. El sol primaveral era brillante y cálido y los caballos proyectaban a su paso una sombra larga y fugaz sobre el césped.

No se oía nada cuando de pronto un rugido confuso surgió de las gradas. Entonces pudieron ver la salida y el polvo que se levantaba de la pista como el humo. El caballo de Rickey iba tercero y en la curva más alejada avanzó hasta el segundo puesto. «Vamos, Bold Ransome -gritaba-. Vamos, vamos, vamos, gana, por lo que más quieras...». Pero en la segunda curva se descontroló, corriendo por la pista hasta el carril exterior, y para cuando llegaron a la recta final había perdido la velocidad y el puesto. Rickey se sentó cansado en la silla y se pasó la mano por la frente, como si le doliera la cabeza. «Es una locura -dijo-, todo esto es una locura». Había una sincera preocupación y confusión en su voz. «Nunca había perdido tanto dinero en una temporada. Si no gano pronto, no podré ir a Saratoga. No tendré suficiente para pagar la gasolina». Pero su tristeza era transitoria y, antes de que anunciaran los ganadores en el marcador, se metió el programa en el bolsillo y se levantó. Era un hombre joven, pero la intensidad y la anticipación de un apostador incorregible empezaban a adivinarse en su rostro. «Creo que voy a bajar a negociar un poco -le dijo a Sue-. ¿Quieres venir?». Continuaba pidiéndole que le acompañara de un modo informal como si fuera consciente de los derechos de propiedad de John.
«Claro -dijo ella-. Será un placer». No pudo disimular la alegría en su voz. «¿Quieres venir, John -preguntó ella con deferencia, girándose hacia su marido-? ¿Quieres venir a apostar por algún caballo?».
«No, querida -dijo John-; ya sabes que yo nunca apuesto».
«Lo sé», dijo Sue. Después recogió su bolso y sus guantes, tomó a Rickey del brazo y salieron entre las mesas en dirección a la zona de apuestas. Parece que está atado a ella con una cuerda, pensó John, invadido por el sentimiento de pérdida, incluso de dolor, que experimentó al verla alejarse.
Cuando se fueron, llamó al camarero y pidió un bocadillo y un café. Era claramente consciente de la felicidad que experimentaba su esposa sin él y no le costaba trabajo imaginársela con Rickey caminando por el prado como una pareja de jovencitos, cosa que, por otra parte, eran. Mientras le echaba azúcar al café y le daba vueltas pensó hasta qué punto aquel amor naciente ponía en peligro su mundo. Recordó que la primera vez que se dio cuenta fue la noche que volvió a casa del trabajo y se los encontró sentados, juntos, en la oscuridad del jardín, tarareando la música de baile que recordaban, melodías como Star Dust, Limehouse Blues y After You've Gone. Se quedó en la puerta, escuchando sus suaves voces, y por un instante tuvo la sensación de ser un intruso. Aquella no era la música que él recordaba. Lo único que le venía a la mente era Dardanella, y se habrían burlado de él si hubiera tratado de cantarla. Y luego estaba aquella otra noche en que dieron una fiesta a la que asistió Rickey. Cuando se fueron los invitados, Sue y John no bailaron como de costumbre ni cantaron: «Se han ido, se han ido, se han ido». En vez de eso ella se sentó tranquilamente en una silla y habló de Rickey, de las cosas que había dicho y hecho, como si su ausencia le pesara más de lo que le alegraba quedarse a solas con su marido, como si al marcharse se hubiera llevado una parte de ella, como si la vida en la que bailaban, reían y cantaban después de que se fueran los invitados hubiera llegado a su fin.
Desde aquel día comenzó a hablar de Rickey constantemente. Hablaba del fracaso de su matrimonio y de su divorcio. Hablaba de su extravagante madre, que dilapidaba su dinero de tal modo que su asignación se había reducido a una miseria, y de lo solitaria que debía de ser su vida, siempre de hotel en hotel o alojándose en casas de conocidos. «La compasión -pensó John- parece que es el origen de su afecto, pero es tan fuerte como cualquier otro sentimiento. Si sucede lo peor, me pregunto cómo me lo anunciarían». Si lo hiciera Rickey, imaginaba que entraría en el salón, erguido, como de costumbre. «He dejado los caballos -diría-. Estoy cansado de todo eso y quiero sentar la cabeza. Sue es la única persona con la que quiero hacerla. Somos felices juntos. Nos queremos. Sé que no es considerado ni honorable, pero tampoco he conocido tanta consideración ni tanto honor en mi vida como para estar dispuesto a sacrificar mi felicidad por esos principios». Pero si se lo anunciase Sue, entonces la cosa cambiaría. Puede que un día entrase en la habitación y la encontrase haciendo las maletas. «Lo siento, querido -diría-, pero estoy loca por él». Sería algo así de simple, y tendría que dejarla marchar. Al darse cuenta de lo reales e inminentes que eran sus temores, dio un golpe sobre la mesa, maldijo en voz baja y sintió cómo le ardían los ojos.

Cuando Rickey y Sue regresaron, estaban tan absortos que no repararon en su presencia.
«Ese es nuestro caballo -dijo Rickey girando ligeramente el hombro y señalando un caballo-. Ese es nuestro caballo, el número ocho. La yegua zaina con la manta verde». Nuestro caballo, pensó John, nuestra casa, nuestro coche, nuestra mujer.
En aquella ocasión competían muchos caballos. La salida se retrasó en la barrera y el público estaba cada vez más nervioso. Después surgió un rugido confuso y una mujer cerca de ellos empezó a gritar: «¡Vamos, Barfly! ¡Vamos, Barfly! ¡Vamos, Barfly! ¡Vamos, Barfly!...». Pero la mayoría de la gente permanecía en silencio, tanto que se podía oír el dulce tamborileo de los cascos sobre la pista. Después otros comenzaron también a gritar, era como un rumor de gentío acercándose, calle a calle, y Rickey chillaba: «Tarvola, Tarvola, Tarvola», y hacía gestos con el puño, como si sostuviera una fusta. Pero su caballo no ganó y, antes de que el rugido de las gradas se hubiera apagado, se sentó, llamó al camarero y pidió una copa. «Chicos, mirad a un hombre abatido», dijo levantando su copa. John notó que le temblaba la mano. «Mirad a un hombre sin un centavo. Un hombre cuyas deudas, si se pusieran una detrás de otra, sorprenderían a su propio padre. Estoy arruinado -dijo con seriedad-, completamente arruinado, acabado. Nunca antes me había pasado. He perdido dinero en otras ocasiones, pero nunca lo había perdido todo».
«Lo siento -dijo Sue-, lo siento muchísimo». Le hablaba con una ternura y una comprensión que a John le pareció lo más hermoso que jamás hubiera visto, hasta que se dio cuenta de que esos sentimientos se dirigían a otro.
«Si por lo menos tuviera algo que apostar en la próxima carrera...».
«¿Quieres que te preste algo de dinero?», le preguntó John.
«¿No te importaría?».
«En absoluto. ¿Sería suficiente con cincuenta?». 
«Perfecto. ¿Podrías apostarlo por mí? A lo mejor me trae suerte. War-Bridge. Al mejor precio».
«Por supuesto», dijo John un poco resentido. Retiró su silla y se dirigió a la zona de apuestas.
Por un momento, cuando se hubo ido, surgió aquella dulzura que solían sentir cuando los dejaban solos. 
«Estoy deprimido», dijo Rickey.
«Qué mala suerte». Su voz era suave.
«Si no fuera por ti -dijo él-, no sé lo que haría. De verdad, querida, si no fuera por ti, no sé dónde estaría mañana por la mañana. He perdido dinero antes, pero nunca lo había perdido de esta manera y, si no pudiera pensar en ti, me volvería loco. Creo que he terminado con los caballos. Esto no es bueno. Creo que quiero vivir como el resto de la gente. Quiero vivir como tú. Estoy loco por ti. Pienso en ti continuamente, cuando leo, cuando camino, cuando monto a caballo...».
Después empezó a hablar de su matrimonio y de su divorcio. La experiencia le había dejado tan resentido, decía, que nunca creyó que fuera capaz de enamorarse de nuevo, hasta que conoció a Sue. Después habló de lo cansado que estaba de vivir en hoteles y en casas de conocidos, siguiendo a los caballos por todo el país. Estaba tan absorto en su charla que apenas se levantó para ver la carrera, como si supiera de antemano que iba a perder, y, cuando su caballo llegó tercero, rió y continuó hablando de sí mismo con tristeza.
John se había ido hacía un buen rato. Ella miraba hacia la pista, así que no pudo verlo cuando regresó, pero supo que estaba cerca porque Rickey le soltó la mano.
«¿Apostaste por mi caballo?», preguntó Rickey. 
«No aposté por War-Bridge. Tuve una corazonada y aposté por Jamboree. Y ganaste». Sacó unos billetes de su bolsillo, los contó sobre la mesa. «Cien, doscientos, trescientos...».
«Pero ese dinero no es mío», dijo Rickey.
«Claro que es tuyo -dijo John con calma-. Yo nunca apuesto».
«¿Quieres decir que es mío?».
«Todo tuyo».
«Ahora van a ver -dijo Rickey retirando su silla-; Ahora van a ver».
Dobló su dinero en la siguiente carrera y ganó un poco más en la siguiente. Era la primera vez que ganaba en varias semanas y el cambio de actitud fue radical. Estaba tan absorto en su suerte que parecía no reparar ni en John ni en Sue e incluso parecía despreciar la respetabilidad que una hora antes había codiciado. Rechazó su invitación a cenar y siguió saludando a la gente cuya relación parecía haber descubierto de nuevo con sus ganancias. Cuando terminaron las carreras y salieron caminando por el césped hacia la zona de parking, sólo hablaba de Saratoga. Entonces vio a unos conocidos y dejó a John y a Sue para ir a hablar con ellos. Les tuvo esperando largo tiempo antes de girarse y gritar: «No os molestéis en esperarme. Volveré con alguien. Ah, y -dijo como si acabara de recordar algo- si no vuelvo a veros, mil gracias por todo. Habéis sido tremendamente amables. Me voy a Saratoga el jueves. Os veré en otoño. Volveré en otoño». Después retornó la conversación con sus amigos.

De vuelta a la ciudad el tráfico era denso y John y Sue hablaron poco. John dejó a Sue en la puerta, aparcó el coche y, cuando entró en el piso, la encontró en la cocina, preparándose una copa. «Me resfrié en las carreras -estaba diciéndole al cocinero-. Cogí un tremendo resfriado». Cuando vio a John le miró con algo parecido al miedo. «Pégame -dijo cuando se encontraron a solas en el salón-. Estás en tu derecho, cariño, pégame».
«No quiero pegarte», dijo él.
Se sentó, suspiró y probó su copa.
«Por suerte Rickey ganó ese dinero -dijo ella-. ¿Te das cuenta de la suerte que supone que Rickey haya ganado ese dinero?».
«Claro -dijo él-. Sé la suerte que supone que Rickey haya ganado ese dinero. Porque no lo ganó. Se lo di yo. De mi bolsillo. Y le habría dejado creer que había ganado mucho más si con ello hubiera logrado que te olvidara. Tú vales más que cualquier cantidad de dinero».
Sue dejó su vaso, caminó hacia él y, cuando la abrazó, ella se echó a llorar. Sus sollozos eran fuertes y rápidos, como la respiración de una persona cansada. Pero a él no le dolieron porque sabia que no lloraba por anhelo, miedo, arrepentimiento o dolor, ni por ninguna de esas cosas que le habrían hecho daño si hubieran sido la causa de su llanto. Sue permaneció entre sus brazos durante largo rato, llorando como una niña que descubre de nuevo su propia e inmensa alegría.

John Cheever