Blogs que sigo

viernes, 20 de enero de 2017

El ferrocarril y Vilanova i la Geltrú


La consecuencia de los semáforos

Odio los semáforos. En primer lugar porque están siempre en rojo cuando tengo prisa y en verde cuando no tengo ninguna, sin hablar del amarillo que me provoca una indecisión horrible: ¿freno o acelero? ¿Freno o acelero? ¿Freno o acelero? Acelero, después freno, vuelvo a acelerar y al frenar de nuevo ya me ha entrado una furgoneta por la puerta, ya se ha juntado un montón de gente con la ilusión de la sangre, ya un tipo empuñando una llave inglesa ha salido de la furgoneta llamándome Pedazo de gilipollas, ya la compañía de seguros me propone calurosamente que la cambie por una cualquiera de la competencia, ya no tengo coche por una semana, ya me sitúo en el bordillo de la acera haciendo señales de náufrago a los taxis, ya pago un dineral por cada viaje y para colmo tengo que aguantar la luciérnaga mágica y la virgen de aluminio del salpicadero, el esqueleto de plástico colgado del retrovisor, el autoadhesivo de la chica de pelo largo y sombrero al lado de la advertencia «No fume que soy asmático», proximidad que me lleva a suponer que los problemas respiratorios se acentuaron debido a alguna perfidia secreta de la chica que no consigo saber cuál es.
La segunda y principal razón que me lleva a odiar los semáforos es que cada vez que paro aparecen junto al cristal de la ventanilla criaturas inverosímiles: vendedores de periódicos, vendedores de tiritas, las señoras virtuosas con una caja de metal al pecho que nos pegan autoritariamente en el corazón el cangrejo de cáncer, los vagabundos de la Liga de los Ciegos Joao de Deus cerca de un altavoz sobre una camioneta con un espadón nuevo con la hoja hacia arriba, el tipo digno a quien le robaron la cartera y necesita dinero para el tren de Oporto, el tuberculoso con su certificado como prueba, toda la casta de minusvalías (microcéfalos, microcéfalos, cojos, jorobados, estrábicos divergentes y convergentes, bocios, brazos raquíticos, manos con seis dedos, manos sin ninguna dedo, mongoloides, dirigentes de partidos políticos, etc.) sin contar el grupo de Bomberos Voluntarios que necesita una ambulancia, los estudiantes de la ultima promoción de Coimbra, con capa y toga, que decidieron hacer un viaje de fin de curso a Birmania y la panda de heroinómanos que no ha logrado robar ningún radiocasete ese día.
Resultado: en el primer semáforo ya no tengo calderilla. En el segundo no tengo chaqueta. En el tercero no tengo zapatos. En el quinto estoy desnudo. En el sexto he entregado el Volkswagen. En el séptimo espero que la luz se ponga en rojo para asaltar a mi vez, junto con una multitud de bomberos, de estudiantes, de drogadictos y de microcéfalos al primer automóvil que aparece. De media cambio cinco veces de ropa y de coche hasta llegar a mi destino y, cuando llego, al volante de un camión TIR, bailando en unos pantalones enormes, mis amigos se quejan de que no soy puntual. 

Antonio Lobo Antúnes

miércoles, 18 de enero de 2017

Andújar





Pax tecum

La frase machacada llenaba todo mi pequeño mundo.
-¡Es un hombre que por sus bondades no es para esta tie­rra! ¡Se ha entregado en cuerpo y alma a la causa de Cristo! -decía la voz desdentada de la directora de mi escuela.
-¡Es en verdad un ministro de Dios! -llegaba a mis oídos la voz tipluda de la maestra del sexto año.
-¡Que Él lo tenga mucho tiempo sobre la tierra, para bien de nosotros los pecadores! -terciaba la profesora de mi grupo llena de erudición gofir, mientras movía coquetamente sus inquietantes ojazos negros.
-¡Qué bueno es el señor obispo, señor San José lo cuide de tan­tos males como los hay en esta empecatada tierra! -murmuraba la vieja portera, signándose con sus dedos torpes y gruesos.
El hombre santo, el hombre bondadoso, el benefactor de la especie estaba al caer.
Mis deseos de conocerle hacían que la fecha fijada para su arribo se alargara infinitamente.
Los compañeros de escuela eran más felices que yo: ya cono­cían al prodigio, "cuando el otro año vino a bendecir el salón del sexto".
Ellos ya habían besado sus manos. El más afortunado en aque­lla ocasión había tomado el lazo de su gran mula tordilla para que echara pie a tierra; estuvo cerquita de él cuando bendijo a toda la clase, que arrodillada recibía en plena nuca aquellos signos traza­dos en el aire con el garbo y la fe del taumaturgo acreditado.
Un día me sentí impotente para contener toda mi curiosidad.
El dicho de los muchachos que me rodeaban no satisfacía ni con mucho mi afán de investigaciones. Necesitaba saber algo más del prodigio. Urgía familiarizarme con él antes que llegara a la escuela.
Por eso me atreví a preguntar a mi maestra:
-¿Cómo es el señor obispo?
-¡Oh... es el señor obispo de una sublimidad extraordinaria, su espíritu sutil... su gran talento... su...!
-¡Bueno, maestra, pero yo quiero saber cómo es él!
-Así como te dije es él en cuanto a lo espiritual... Pero no me acordaba que tú no sabes de esas cosas... En cuanto a lo material es distinguidísimo: está en los treinta y tres, la edad de Cristo pre­cisamente... ¡Mira qué coincidencia! Es rubio, de ojos claros, pelo abundante, castaño claro, quebrado; alto su cuerpo; garboso su andar; dulce la mirada y una simpatía que se desborda.
Al describir mi maestra al hombre extraordinario, movía sus grandes ojos negros y relamía sus labios llena de entusiasmo.
Yo creí en el prodigio.
Mi ansia crecía por momentos. Llegué a no escuchar las clases sólo por estar pensando en el momento en que lleno de fe besaría aquella mano pálida, larga, distinguida... Aquella diestra llena de bendiciones, aquel miembro familiarizado con las consagraciones y oliente a incienso.
Cuando nuestra profesora nos enseñó el himno que debería­mos entonar a la llegada del superhombre, mi vocecilla mal educa­da adquirió raros timbres que me sorprendieron por lo bello. Un calosfrío extraño corría por mi cuerpo, entornaba los ojos hasta lle­gar a un éxtasis que yo conceptuaba divino... ¡divino, sin género de dudas!
Una mañana llena de sol, al salir de mi casa para la escuela, mi corazón infantil quiso salirse del pecho, cuando vi las calles del pue­blo tan bien adornadas; festones de pino cruzaban de acera a acera, grandes banderas tricolores colgaban de las ventanas; el empedra­do del piso estaba cubierto con serrín pintado de verde; las mucha­chas ataviadas de lo mejor posible mostraban su alegre sonrisa tras el férreo enrejado de sus ventanas. En fin, a mi pueblo lo había cam­biado la fe inefable de sus moradores. ¡Y la escuela! ¡Uf! Ésta sí que estaba lujosa. ¡El colmo del buen gusto! Desde el cubo del zaguán hasta el último salón, todo estaba transformado... Al personal docente daba gusto verlo: todos ataviados elegantemente. Los gran­des ojos negros de mi joven profesora lucían más bajo aquellos rizos que eran resultado de toda una noche de tormentos por el estira­miento cruel de los "enchinadores".
Los muchachos no deslucíamos ante el profesorado.
La mayor parte fuimos bañados la víspera del gran día y la escuela entera olía a jabón de Zapotlán.
Cuando la esquila mayor fue echada a vuelo, encontró eco en todos los corazones.
Era la señal de que el cortejo de Su Ilustrísima se encaminaba a la escuela.
¡Qué espera tan larga, Dios mío!
Por fin, tras de media hora de penosa intranquilidad, el cortejo obispal dobló la esquina y llegó a la escuela.
Nuestro himno llenó las cuatro paredes del salón de actos. Los profesores corrían de un lado a otro para colocarse finalmente en estrecha valla... y el cortejo precedido por Su Señoría entró en el recinto.
Nubes de humo perfumado y sonar de campanillas.
El obispo marchaba arrogante, sonriente, sus ojos azules se detenían mirando a los presentes con ternura inefable. Su mano larga, fina, se posaba de cuando en cuando sobre la monda cabeza de al­gún niño, que tembloroso de fe alzaba sus ojillos rasos de lágrimas.
Por fin llegó al solio preparado ex profeso. Volteó hacia el públi­co, alzó la mano y todos caímos de rodillas. La bendición episcopal llenó la gran sala y sin duda llegó hasta los curiosos que para­dos de puntillas veían tras de la ventana.
Cuando levanté la vista confortado ya por el sagrado signo, vi que todos los presentes se encontraban aún postrados, con la vista baja; solamente allá lejos, mi maestra, erguida, bailaba más que nunca sus grandes ojos, tan grandes, que eran suficientes para con­tener toda su coquetería.
Después los niños desfilaron uno a uno; llegaban cerca del pre­lado, se postraban devotamente y besaban llenos de unción el áureo anillo pastoral.
Me tocó mi turno. El corazón me martirizaba con su incesan­te traqueteo; llegué a las plantas de Su Ilustrísima quien me ten­dió la mano larga, fina... Quise antes de besar la joya pastoral ver de cerca el milagro de aquellos ojos claros, tranquilos, llenos de misticismo, de divinidad... ¡Pero oh, aquella mirada dulce hacía poco, se había transformado horriblemente! Ya no estaba perdida en no sé qué encanto celestial; sus párpados ya no caían llenos de beatitud, sino fijos en cierto lugar se clavaban como puñales; el azul apacible se transformó entonces en un color acerado que tenía extraños reflejos; su boca, poco antes risueña, se plegaba ha­cia adentro en un rictus indescriptible; su rostro pálido, seráfico antes, se coloreaba ahora intensamente. Busqué con mi vista el punto en donde se clavaba la mirada del prelado, y topé con una estupenda pantorrilla de mi joven maestra, que con el pretexto de arreglar un adorno, trepó a una silla y descuidadamente había dado una pequeña muestra de los encantos que guardaba tan se­cretamente.
Volví a ver al obispo. Su mano sudorosa temblaba... no era aquella diestra familiarizada con las consagraciones y olorosa a incienso; era otra, era una mano pecadora. Cuando el obispo dijo el ritual Pax Tecum, su voz tremolaba extrañamente.
La directora se dio cuenta de que yo en lugar de haber besado la diestra episcopal, había hecho un gesto de repulsión y había baja­do en carrera las escaleras del solio. Tal conducta me valió dura reprimenda.  La maestra de mi clase hablaba más seguido de las cualidades físi­cas del prelado que de sus virtudes espirituales. Cuando tocaba el punto bailaba sus ojazos y relamía sus pequeños labios.

Poco después, echando a meditar mi cerebro de chiquillo, llegué a la conclusión de que el hombre de los ojos de color de acero y mira­da caprina no podía ser diferente al dulce mitrado de manos tau­maturgas.
Era el primer paso hacia la sublime liberación del espíritu.

Francisco Rojas González

lunes, 16 de enero de 2017

Comarca del Maestrazgo












Los simuladores

La generala Marfa Petrovna Pechónkina o, como la llaman los hombres, Pechónjija, que lleva ya diez años dedicándose a la homeopatía, un martes de mayo recibe en su gabinete a los enfermos. Ante ella, sobre la mesa, hay una farmacia homeopática, un vademécum de medicina y el recetario de la farmacia. De la pared cuelgan, con marco dorado y bajo cristal, cartas de un homeópata petersburgués, en opinión de María Petrovna muy famoso e incluso gran médico, y el retrato del pa­dre Aristarco, a quien la generala debe su salvación: la renuncia a la perniciosa alopatía y el conocimiento de la verdad. En la antesala, los pacientes, en su mayor par­te mujiks. Todos ellos, excepto dos o tres, van descalzos, pues la generala les manda dejar en el patio las malolien­tes botas.
María Petrovna ha visitado ya diez personas y llama a la undécima:
-¡Gavrila Gruzd!
La puerta se abre, y en vez de Gavrila Gruzd entra en el gabinete Zamujrishin, vecino de la generala, pro­pietario de los venidos a menos, pequeño vejete de avi­nagrados ojos, con la gorra de noble bajo el brazo. Pone el bastón en un ángulo, se acerca a la generala y, en si­lencio, hinca a sus pies una rodilla.
-¡Qué hace! ¡Qué hace, Kuzmá Kuzmich! -se ho­rroriza la generala, poniéndose como una amapola-. ¡Por el amor de Dios!
-¡No me levantaré mientras viva! -dice Zamujris­hin, apretando los labios contra la mano de ella-. ¡Que todo el mundo vea mi genuflexión, ángel nuestro de la guarda, bienhechora del género humano! ¡Que la vea! ¡Ante el hada bienhechora que me ha dado la vida, que me ha señalado el camino verdadero y ha iluminado mi mente escéptica, ante esta hada, medicina nuestra mila­grosa, madre de huérfanos y viudas, estoy dispuesto no ya a permanecer arrodillado, sino a arrojarme al fuego! ¡Me he curado! ¡He renacido, hechicera!
-Estoy... muy contenta... -balbucea la generala, po­niéndose roja de satisfacción-. Es tan agradable oírlo... ¡Siéntese, por favor! ¡Sí, el otro martes estaba usted tan gravemente enfermo!
-¡Y tanto! ¡Me da miedo recordarlo! -dice Zamuj­rishin sentándose-. Tenía reuma en todos los miembros y en todos los órganos. He estado ocho años sufriendo, sin saber lo que era reposo... ¡Ni de día ni de noche, bien­hechora mía! Me hice reconocer por doctores, fui a los profesores de Kazán, probé barros diferentes, bebí aguas, ¡qué no había probado! Todo lo que tenía lo he gastado en medicarme, bella señora mía. Todos esos doctores, si no ha sido para mal, no me han servido para nada. Me hundían la enfermedad hacia dentro. Hacia dentro sí la hundían, pero su ciencia no llegaba a echarla fuera... Sólo les gusta tomar dinero, los bandidos, pero del bien de la humanidad poco se preocupan. Te receta uno alguna quiromancia y tú bebe. Son unos asesinos, en una pala­bra. ¡De no haber sido por usted, ángel mío, ya estaría en la tumba! Llego a casa, el otro martes, después de haber estado aquí, miro los granitos que usted me dio entonces y pienso: «¿De qué pueden servir? ¿Es posible que estos granitos de arena, casi invisibles, puedan curar mi enorme y ya vieja enfermedad?» Eso pienso, incré­dulo, y me sonrío, pero tan pronto como tomé un gra­nito, ¡instantáneamente!, fue como si no estuviera en­fermo o como si todo se me hubiera pasado, sin dejar rastro. Mi mujer se me queda mirando con los ojos bien abiertos y no cree lo que ve: «¿Eres tú, Kolia?» «Soy yo», digo. Nos pusimos los dos de rodillas ante el icono y no nos cansábamos de rogar por nuestro ángel: «¡Mán­dale, Señor, todo cuanto nosotros sentimos!»
Zamujrishin se seca los ojos con la manga, se levanta de la silla y manifiesta la intención de hincar otra vez una rodilla al suelo, pero la generala le detiene y le hace sentar.
-¡No me lo agradezca a mí! -dice, roja de emoción y contemplando, admirada, el retrato del padre Aristar­co-. ¡A mí, no! ¡Aquí yo no soy más que un instru­mento dócil!... ¡Realmente es un milagro! ¡Un reuma­tismo de ocho años curado con un granito de escrofuloso!
-Usted tuvo a bien darme tres granitos. De ellos tomé uno a la comida ¡y el efecto fue instantáneo! Tomé el otro por la noche, y el tercero al día siguiente; desde entonces, no he notado nada más. ¡Lo que se dice ni una punzada! ¡Y pensar que ya me disponía a morir y había escrito a mi hijo, en Moscú, para que viniera! ¡Dios le ha dado luces, curadora nuestra! Ahora, ya ve, camino y es como si estuviera en el paraíso... Aquel mar­tes, cuando vine a verla, iba cojo, y ahora estoy dispues­to a correr aunque sea tras una liebre... Podría vivir aun­que fueran cien años. Sólo tenemos una desgracia: las privaciones. Estoy sano, mas ¿de qué me sirve la salud si no tengo con qué vivir? La necesidad me ha hecho más daño que la enfermedad... Vaya como ejemplo aun­que sea lo que le voy a decir... Ahora es el tiempo de sembrar la avena, pero  ¿cómo sembrarla, si falta la si­miente? Habría que comprarla, pero el dinero... Ya se sabe cómo estamos de dinero.
-Yo le daré avena, Kuzmá Kuzmich... ¡Quédese sentado, quédese sentado! ¡Me ha dado una alegría tan grande, me ha procurado tanta satisfacción, que no es usted quien ha de darme las gracias a mí, sino yo a usted!
-¡Es usted nuestra alegría! ¡Pero cuánta bondad crea Dios! ¡Alégrese, señora mía, contemplando sus buenas obras! Nosotros, pecadores, no tenemos de qué alegrar­nos... Somos gente pequeña, apocada, inútil... morralla...
Nobles, lo somos sólo de nombre, porque en el aspecto material somos como los mujiks, hasta peor... Vivimos en casas de obra de albañilería, pero esto no es más que un espejismo, porque el tejado tiene goteras... No hay con qué comprar tablones.
-Le daré tablones, Kuzmá Kuzmich.
Zamujrishin le saca aún una vaca, una carta de reco­mendación para su hija, a la que tiene la intención de llevar a un colegio, y... conmovido por la magnanimidad de la generala, son tantos los sentimientos que le embar­gan, que empieza a lloriquear, tuerce la boca y saca el pañuelo del bolsillo... La generala ve cómo, junto con el pañuelo, le sale del bolsillo un papelito rojo, que cae silenciosamente al suelo.
-No lo olvidaré por los siglos de los siglos... -bal­bucea-. Encargaré a mis hijos que no lo olviden, y a mis nietos... de generación en generación... Ésta es, hi­jos, la que me ha salvado de la tumba, la que...
Después de haberse despedido de su paciente, la ge­nerala permanece unos momentos, con los ojos llenos de lágrimas, mirando al padre Aristarco; después, abarca con mirada acariciadora y llena de veneración la peque­ña farmacia, el vademécum de medicina, el recetario, el sillón en que hace sólo unos instantes estaba sentado el hombre al que ella había salvado de la muerte, y su mi­rada cae sobre el papelito que se había caído al paciente. La generala recoge el papel, lo despliega y ve en él tres granitos, los mismos tres granitos que ella había dado a Zamujrishin el martes último.
-Son los mismos... -dice perpleja-. Hasta el papel es el mismo... ¡Ni siquiera lo ha desplegado! ¿Qué ha tomado, pues? ¡Qué extraño!... ¡No habrá pretendido engañarme!
En el alma de la generala, por primera vez en diez años, brota la duda... La generala llama a los enfermos siguientes y, al hablar con ellos de sus enfermedades, nota lo que antes pasaba imperceptiblemente por sus oídos. Los enfermos, sin excepción, como si se hubiesen puesto de acuerdo, al principio la alaban por su mila­grosa manera de curar, se entusiasman por su sabiduría médica, ponen de vuelta y media a los doctores alópa­tas, y luego, cuando ella está roja de emoción, comien­zan a exponer sus necesidades. Uno le pide un pequeño trozo de tierra para arar; otro, algo de leña; el tercero, permiso para cazar en sus bosques, y así por el estilo. Ella mira la abierta y bondadosa fisonomía del padre Aristarco, que le ha descubierto la verdad, y una nueva verdad empieza a desazonarle el alma. Una verdad mala, penosa...
¡Qué ladino es el hombre! 

A. Chejov

sábado, 14 de enero de 2017

Esteve Paluzie


Neftalí, el narrador, y su caballo Sus   (Fragmento)

Como todos los niños del pueblo, Neftalí se levantaba pronto para ir al cheder. Estudiaba con más diligencia que los demás ni­ños. ¿Por qué? Porque Neftalí estaba ansioso por aprender a leer. Había visto a los niños mayores leyendo libros de cuentos y había sentido envidia de ellos. ¡Qué feliz era quien podía leer un cuento en un libro!
A los seis años, Neftalí ya era capaz de leer un libro en yiddish, y desde entonces leyó todo libro de cuentos que caía al alcance de sus manos. Dos veces al año un vendedor de libros, llamado Reb Zebulun, visitaba Janów, y en el saco que cargaba al hombro llevaba entre otras cosas algunos libros de cuentos. Cada uno cos­taba dos groschen y, aunque la paga que su padre le daba a Nefta­lí era de dos groschen semanales, conseguía ahorrar suficiente di­nero para comprar varios libros de cuentos cada temporada. Tam­bién leía las historias del Pentateuco de su madre, escritas en yid­dish, y las de sus libros de moral.
Cuando Neftalí se hizo mayor, su padre comenzó a enseñarle a manejar los caballos. Por entonces era habitual que un hijo con­tinuara en el oficio de su padre. A Neftalí le gustaban mucho los caballos, pero no sentía entusiasmo por hacerse cochero y llevar pasajeros de Janów a Lublin y de Lublin a Janów. Quería ser ven­dedor de libros y llevar un morral lleno de cuentos.
Su madre le decía:
-¿Qué hay de bueno en ser vendedor de libros? De cargar el morral día tras día se te encorvará la espalda y se te hincharán las piernas de tanto andar.
Neftalí sabía que su madre tenía razón y pensó mucho en lo que haría al hacerse mayor. De improviso se le ocurrió un plan que le pareció tan sencillo como inteligente. Conseguiría un caballo y un coche, y en vez de llevar los libros a la espalda, los llevaría en el coche.
Su padre, Zelig, dijo:
-Un vendedor de libros no gana suficiente para mantenerse a sí mismo, a su familia y, además, a caballo.
-Será suficiente para mí.
Una vez, cuando Reb Zebulun, el librero, fue al pueblo, Neftalí tuvo una conversación con él. Le preguntó de dónde conseguía los libros de cuentos y quién los escribía. El librero le contó que había un impresor en Lublin que editaba libros, y que en Varsovia y Wilna había escritores que los escribían. Reb Zebulun dijo que podría vender muchos más libros de cuentos, pero que ya no tenía fuerzas para ir a pie por todos los pueblos y aldeas y que hacerlo así no le proporcionaba suficientes beneficios.
Reb Zebulun dijo:
-Es posible que llegue a un pueblo donde sólo haya dos o tres niños que quieran leer cuentos. No me es rentable andar hasta allí por los pocos groschen que pueda ganar, ni me compensa mante­ner un caballo o alquilar un coche.
-¿Qué hacen esos niños sin libros de cuentos? –preguntó Neftalí.
Y Reb Zebulun replicó:
-Tienen que apañarse. Los cuentos no son como el pan. Se puede vivir sin ellos.
-Yo no podría vivir sin ellos -dijo Neftalí.
Durante esta conversación Neftalí preguntó también de dónde sacaban los escritores todas sus historias y Reb Zebulun dijo:
-Ante todo, en el mundo ocurren muchas cosas extraordina­rias. No pasa un día sin que suceda algo insólito. Además hay es­critores que inventan esas historias.
-¿Las inventan? -preguntó Neftalí asombrado-. Si es así, son unos mentirosos.
-No son mentirosos -replicó Reb Zebulun-. La mente hu­mana no puede inventar nada en realidad. A veces leo un cuento que me parece absolutamente increíble, pero llego a un lugar y oigo que esas cosas ocurrieron efectivamente. La mente es crea­ción de Dios, y los pensamientos y las fantasías humanas también son obra de Dios. Si algo no sucede hoy, fácilmente puede suce­der mañana. Si no en un país, entonces en otro. Existen mundos infinitos y lo que no pasa en la Tierra puede pasar en otro mundo. Todo el que tenga ojos para ver y oídos para escuchar absorbe su­ficientes historias para el resto de su vida y para contar a sus hijos y a sus nietos.
Esto fue lo que el viejo Reb Zebulun dijo, y Neftalí escuchó sus palabras con la boca abierta.
Finalmente, Neftalí dijo:
-Cuando crezca, viajaré por todas las ciudades, pueblos y aldeas y venderé libros de cuentos en todas partes, tanto si me resul­ta rentable como si no.
Neftalí también había decidido algo más: hacerse escritor de cuentos. Sabía muy bien que para ello había que estudiar, y con todo su corazón se dispuso a aprender. También comenzó a escu­char más atentamente lo que la gente decía, los cuentos que con­taba, y su forma de relatarlos. Cada persona tenía, ya fuera hom­bre o mujer, su propia manera de expresarse. Reb Zebulun le dijo a Neftalí:
-Cuando pasa un día, ¿qué queda de él? Nada más que una historia. Si no se contaran cuentos ni se escribieran libros, los hom­bres vivirían como los animales, al día. Hoy vivimos, pero, maña­na, hoy será historia. Todo el mundo, toda la vida humana, no es más que una larga historia.

Isaac B. Singer

jueves, 12 de enero de 2017

Museu Nacional de Arte Contemporânea do Chiado


El seno desnudo

El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el seno descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresu­ran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda im­plícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan inseguridad e incoherencia en el compor­tamiento, en vez de libertad y franqueza.
Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bron­ceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspen­dida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera in­visible que circunda a las personas.
Pero -piensa mientras sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular­ yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, ter­mino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese seno que, por el vis­lumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa y ésta sigue siendo en el fondo una actitud indis­creta y retrógrada.
De regreso, Palomar vuelve a pasar delante de la bañista, y esta vez mantiene la mirada fija delante, de modo que roce con ecuánime uniformidad la espuma de las olas que se re­traen, los cascos de las barcas varadas, la toalla extendida en la arena, la henchida luna de piel más clara con el halo moreno del pezón, el perfil de la costa en la calina, gris contra el cielo.
Sí -reflexiona, satisfecho de sí mismo, prosiguiendo el ca­mino-, he conseguido que los senos quedaran absorbidos completamente por el paisaje, y que mi mirada no pesara más que la mirada de una gaviota o de una merluza.
Pero ¿será justo proceder así? -sigue reflexionando-. ¿No es equiparar a la persona humana al nivel de las cosas, consi­derarla un objeto, y lo que es peor, considerar objeto aquello que en la persona es específico del sexo femenino? ¿No estoy, quizá, perpetuando la vieja costumbre de la supremacía mas­culina, encallecida con los años en insolencia rutinaria?
Gira y vuelve sobre sus pasos. Ahora, al deslizar su mirada por la playa con objetividad imparcial, procede de modo que, apenas el seno de la mujer entra en su campo visual, se note una discontinuidad, una desviación, casi un escabullirse. La mirada avanza hasta rozar la piel tensa, se retrae, como apre­ciando con un leve sobresalto la diversa consistencia de la vi­sión y el valor especial que adquiere, y por un momento se mantiene en mitad del aire, describiendo una curva que acom­paña el relieve de los senos desde cierta distancia, elusiva, pero también protectora, para reanudar después su curso como si no hubiera pasado nada.
Creo que así mi posición resulta bastante clara -piensa Palomar-, sin malentendidos posibles. Pero ¿este sobrevolar de la mirada no podría a fin de cuentas entenderse como una ac­titud de superioridad, una depreciación de lo que los senos son y significan, un ponerlos en cierto modo aparte, al margen o entre paréntesis? Resulta que ahora vuelvo a relegar los se­nos a la penumbra donde los han mantenido como pecado si­glos de pudibundez maníaco sexual y de concupiscencia...
Tal interpretación va contra las mejores intenciones de Pa­lomar, que, pese a pertenecer a una generación madura para la cual la desnudez del seno femenino se asociaba a la idea de intimidad amorosa, acoge sin embargo favorablemente este cambio de las costumbres, sea por lo que ello significa de re­flejo de una mentalidad más abierta de la sociedad, sea porque esa visión en particular le resulta agradable. Este estímulo desinteresado es lo que desearía llegar a expresar con su mirada.
Da media vuelta. Con paso resuelto avanza una vez más ha­cia la mujer tendida al sol. Ahora su mirada, rozando voluble­mente el paisaje, se detendrá en los senos con un cuidado es­pecial, pero se apresurará a integrarlos en un impulso de benevolencia y de gratitud por todo, por el sol y el cielo, por los pinos encorvados y la duna y la arena y los escollos y las nu­bes y las algas, por el cosmos que gira en torno a esas cúspides nimbadas.
Esto tendría que bastar para tranquilizar definitivamente a la bañista solitaria y para despejar el terreno de inferencias desviantes. Pero, apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sá­tiro.
El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apre­ciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, con­cluye amargamente Palomar.

Italo Calvino

martes, 10 de enero de 2017

Llibrería Carlos


Los tres obsequios

Cierta vez, en la ciudad de Becharré, habitaba un noble príncipe, a quien querían y respetaban todos sus súbditos.
Pero existía un varón muy ofendido con el príncipe, y que constantemente utilizaba la rencorosa boca para hablar mal del soberano.
El príncipe tenía conocimiento de esto, pero era un hombre tolerante.
Al fin, ideó en remediar la situación; y cierta noche de invierno arribaron a la casa de aquel varón menesteroso unos enviados del príncipe, que portaban un costal de harina, un cajón de jabón y un paquete de azúcar.
Y un enviado dijo: "El príncipe te manda estos obsequios, para que no lo olvides."
El varón estaba muy admirado, pues pensaba que aquellos obsequios eran un halago del príncipe. Y muy soberbio y engreído fue a visitar al prelado, y le narró lo que había hecho el príncipe, exclamando: "¿Veis cómo el príncipe quiere congraciarse conmigo?"
Pero el prelado le respondió: "¡Oh! ¡Qué inteligente es el príncipe, y qué poco es tu intelecto! El príncipe ha discurrido en símbolos: la harina es para tu cuerpo hambriento; el jabón es para tus cochinas orejas; y el azúcar es para dulcificar tu ponzoñosa lengua."
Después de ese día, aquel hombre se convirtió en tímido y humilde. Su odio hacia el príncipe era mayor que nunca, pero era más grande su odio por el prelado, que le había hecho ver el alma del príncipe.
A pesar de todo, después de lo acaecido, aquel varón jamás volvió a hablar mal de nadie.

Gibran  J. Gibran

domingo, 8 de enero de 2017

Street Art en Gijón









El hombre del hielo de la calle Market

A principios de la década de 1970 trabajé durante tres años como conductor de un trolebús de la línea 8 para la Compañía de Transportes Municipales de San Francisco. La calle Market es una vía principal y durante el día la recorren gentes de todos los niveles sociales. Yo trabajaba de noche y mi turno comenzaba a la hora punta. Durante los primeros recorridos de la jornada llevaba sobre todo a oficinistas que iban desde el distrito financiero al área residencial que quedaba al oeste del centro urbano. Ya más avanzada la noche, los pasajeros eran menos variados: trabajadores del turno de noche, gente que salía de juerga y los «habituales» de la calle Market. Los habituales eran aquellos que vivían en dicha calle o en sus alrededores y casi todos, sin excepción, se alojaban en pensiones o en hoteles baratos. El mayor centro de acogida de la asistencia social era un edificio colosal conocido como el Lincoln. Estaba situado casi al principio de la calle Market, a una manzana de los muelles.
El Hotel Lincoln era un edificio de cinco plantas que tenía unas doscientas o trescientas habitaciones pequeñitas. Una vez entré cuando fui a visitar a un amigo al que le iban mal las cosas. Ésta no es su historia, pero mi recuerdo de ese edificio proviene de esa visita. Nada más entrar en el estrecho vestíbulo, uno se encontraba de frente con una cabina pequeñita de enrejado metálico. Dentro había un aburrido conserje que realizaba transacciones poco frecuentes. A su derecha había uno de esos ascensores antiguos que no tenían cristales ni paredes sólidas: otra cabina. A la derecha del ascensor había un pasillo largo y estrecho con una escalera en cada extremo. Los desnudos suelos de madera tenían ya surcos de tantos años de uso. Cada pocos metros se sucedían las puertas de los pequeños habitáculos, que constituían los dominios privados de cada residente.
En el Hotel Lincoln vivía todo tipo de gente. Algunos eran huéspedes transitorios, a quienes la seguridad social les había procurado un alojamiento de emergencia. Unos pocos eran presos que estaban en libertad condicional. Sin embargo, la mayoría eran residentes fijos que se quedaban allí meses y hasta años; muchos de ellos eran gente que vivía sola y que se las arreglaba para pagar el modesto alquiler gracias a sus pensiones, a la seguridad social o a las ayudas por invalidez. Unos hacían trabajos deplorables ganando apenas lo suficiente como para subsistir. La mayoría estaba entre la mediana edad y la vejez. Casi todos tenían una característica en común: la dignidad. Sus medios eran limitados; su futuro, gris; pero se comportaban con dignidad y solían tratarse los unos a los otros con amabilidad.
Ya casi al final de mi jornada, tenía un pequeño número de pasajeros habituales que subían y bajaban del trolebús en las mismas paradas y a la misma hora todas las noches. Uno de ellos era un hombre de raza negra que parecía tener edad para retirarse. Era delgado, un poco más bajo que la media y se movía con rapidez y seguridad. Yo diría que era enjuto y fibroso. Como era muy reservado y nunca iniciaba ninguna conversación, yo jamás me habría fijado en él si no hubiera sido porque todos los viernes a las 11.20 de la noche subía al trolebús cargando al hombro un enorme saco verde, de un material muy resistente, de los que se utilizan para la basura. Su contenido tintineaba y hacia ruiditos como un sonajero. Era igual de grande que el saco de Santa Claus, aunque transportado por un Santa Claus bajito, fibroso y urbano. Yo me moría de curiosidad por saber que hacía aquel tipo con aquella bolsa, pero preferí respetar su silencio. Se subía en la calle Siete y se bajaba en la calle Mayor, que era la parada más próxima al Hotel Lincoln.
Mi curiosidad iba creciendo viernes tras viernes. Después de cuatro o cinco semanas, decidí arriesgarme y preguntarle. Cuando subió al trolebús y me enseñó su ticket de transbordo, le pregunté:
-¿Le importa si le pregunto qué es lo que lleva en ese saco?
-Hielo -contestó.
-¿Hielo?
-Sí, hielo.
No cabía duda de que no era un hombre locuaz. Yo no dije nada más, aunque esperaba que me ampliase la información. Los habituales de la calle Market suelen ser personas solitarias y enseguida entablan conversación cuando alguien les da pie. Pero él no volvió a abrir la boca. Yo estaba demasiado perplejo para tirarle de la lengua. Poco después bajaba del trolebús con su tintineante cargamento.
Mediada la siguiente semana, ya había resuelto aprovechar la próxima oportunidad y desvelar el misterio del Hombre del Hielo de la calle Market. Estaba ansioso de hacerlo. ¿Y si no volvía a aparecer? ¿Se convertiría en uno de esos misterios de la vida que nunca se resuelven? Durante todo el viernes estuve esperando el momento de nuestro encuentro.  Por fin, cuando me acercaba a la parada de la calle Siete a las 11.20 de la noche, le vi esperando con el saco. Cuando subió le saludé.
-Hola
-Hola  -contestó.
Parecía que nuestra escueta conversación del viernes anterior había dejado alguna huella. Fui directo al grano.
-¿Es hielo lo que lleva en el saco? 
-Sí -contestó.
Dejando de lado cualquier reticencia, le confesé que sentía  una gran curiosidad por saber por qué cargaba con aquel enorme saco de hielo. Y entonces me contó su historia. Trabajaba en la cocina de la cafetería de la Universidad de San Francisco. Fregaba el suelo y sacaba la basura. El viernes la cocina se cerraba durante todo el fin de semana. Para ahorrar electricidad, la universidad desconectaba las neveras. Puesto que durante esos días el hielo se derretía, a él se le permitía coger todo el que quisiese.
Casi todos los trabajos tienen sus beneficios adicionales. Los cocineros consiguen comida gratis. A algunos profesores todavía les regalan manzanas. A los oficinistas nunca les faltan clips ni gomas. A aquel empleado se le permitía llevarse una vez  a la semana todo el agua congelada que pudiese acarrear.  A estas alturas, Querido Lector, es probable que usted también esté pensando lo que pensaba yo en aquel momento: que aquello no era más que una codicia absurda que le condenaba a llevar a cuestas una pesada carga todos los viernes por la noche. Pero estaba equivocado. A continuación me explicó que vivía (como yo había supuesto) en el Hotel Lincoln. En su habitación tenía un gran cajón congelador que mantenía el hielo durante todo el fin de semana.
Muchos de los que residían en el hotel recibían cheques semanales y a veces podían permitirse el lujo de invertir en una petaca de whisky. Todos estaban invitados a pasar por su habitación a coger hielo gratis. A veces le ofrecían una copa. A veces aceptaba, pero no siempre. Por sus modales, resultaba obvio que no era un borracho. Un pequeño grupo de sus vecinos -pensionistas, inválidos, fracasados- se reunía con frecuencia para compartir su botín y él para compartir el de ellos.
Cumplía un papel social en el centro de una comunidad. Transportaba hielo que pronto se derretiría y desaparecería. Pero mientras se derretía, había gente que se reunía para compartir hielo, bebidas, compañía y muchos brindis de buena  ventura.
Los tiempos cambian.
Donde estaba el Hotel Lincoln, hoy se levanta el edificio del Banco de la Reserva Federal.

R. C. van Kooy


Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a José Víctor.