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viernes, 27 de septiembre de 2013

Gervasio Pacheco, profesor y pintor











El jardín es bonito y está trazado con buen gusto. Se ha dedica­do al cultivo de árboles y el jardinero, Don Pablo Botelou, es un hombre especialmente entendido y juicioso. Se ha propuesto fomentar la arboricultura en España. En este sentido se distribuyen ­semillas de manera gratuita y anualmente se envían árboles jóvenes a todas las provincias de España. El jardinero calculaba que en su época y en la de su padre (él puede tener unos cincuenta años) se han podido enviar unos seis millones de árboles de los jardines. Por desgracia, se hace un uso tan descuidado de ellos en provincias que en la práctica esta medida resulta totalmente inútil. El jardinero se ha preocupado sobre todo de árboles americanos que, sin necesi­dad de invernadero, se adaptan a este clima y que gracias al riego intensivo, crecen muy rápidamente. Plátanos de una vara de espe­sor han sido plantados hace unos veinte años. En los montes alre­dedor del palacio y del Sitio se plantan olivos y otros árboles que puedan prosperar sin riego en este clima. Esto hace que el Sitio esté ya verde y boscoso y que destaque en todo el entorno. Para que los árboles americanos arraiguen en los alrededores, el jardinero arroja a la salida del Tajo, que atraviesa el jardín, gran cantidad de se­millas y gracias a eso ha visto crecer muchos árboles en la orilla del río.
    Wilhelm von Humboldt (1799-1800)

En tiempos de Saint-Simon, el parque de Aranjuez era muy abundante en caza. Cuenta que un día, encontrándose en una pequeña explanada de hierba rodeada de árboles, «un lacayo se puso a silbar con yo no sé qué instrumento. En seguida esta explanada se llenó de jabalíes y de jabatos de todos los tamaños y extraordinariamente gordos. El lacayo les echó mucho grano repetidas veces, que comieron estos animales con gran voracidad, viniendo muy cerca de la reja, regañando entre sí a veces, los más fuertes echando a un lado a los otros y no atreviéndose a comer los jabatos y los jabalíes más jóvenes, que se quedaban en los extremos hasta que los grandes se hubieran hartado. Nos estuvimos divirtiendo con este espectáculo cerca de una hora». Según los relatos de varios viajeros del siglo pasado, aún era la caza extremadamente abundante en Aranjuez. «Se veía allí -dice un antiguo ministro de Francia en Madrid- vagar pacíficamente hasta por las calles a los gamos e incluso a los jabalíes. Se les hubiera tomado por animales domésticos.» Carlos III había poblado su parque con toda clase de animales raros. Se veían allí elefantes, guanacos y cebras en libertad. Ya Felipe V había llevado una manada de búfalos, que se empleaban para la agricultura, y cuya leche, dice Saint-Simon, «era la mejor de todas con mucho; es dulce, azucarada, y sobre todo más espesa que la mejor crema y sin que sepa a animal, a queso o a mantequilla. Me ha sorprendido siempre que no tengan algunos en la Casa de Campo, para que puedan usar en Madrid una leche tan deliciosa». También se veía buen número de camellos, que servían para la agricultura, como los que hay en la Cascina di San Rossore, en los alrededores de Pisa.
  Charles Davillier (1862-1873)
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