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sábado, 14 de septiembre de 2013

Queralt Edicións



Queralt Edicions és una editorial creada l'any 2011 a BARCELONA per un grup de professionals de l'educació que creien i creuen en la necessitat de publicar materials útils per a l'ensenyament en les dues àrees instrumentals bàsiques: la llengua i les matemàtiques.
QUERALT EDICIONS edita materials per a l'Educació Primària que a primer cop d'ull poden semblar complementaris o secundaris. Res més lluny de la realitat. Aquests materials són bàsics en l'ensenyament de les dues àrees instrumentals. 
Podem concloure afirmant que LA QUALITAT PEDAGÒGICA és el nostre SEGELL D'IDENTITAT.

El regimiento extraviado          

Un regimiento de un poderoso ejército tenia que desfilar por las calles de la ciudad. Desde las primeras luces del alba las tropas se habían dispuesto en el patio del cuartel en formación de parada.
El sol ya estaba alto en el cielo y las sombras se acortaban al pie de los delgados arbolitos del patio. Bajo los cascos recién barnizados, los soldados y los oficiales goteaban sudor. Desde lo alto de su caballo blanco, el coronel hizo una señal: redoblaron los tambores, toda la fanfarria empezó a tocar y la cancela del cuartel giró lentamente sobre sus goznes.
Afuera se abrió la vista de la ciudad bajo un cielo celeste atravesado por suaves nubes, la ciudad con sus chimeneas que perdían bigotes de humo, las terrazas con sus cuerdas erizadas de pinzas para colgar la ropa, los reflejos de los rayos de sol que golpeaban en los espejos de las cómodas, las cortinas cazamoscas que se enganchaban en los pendientes de las señoras cargadas con la cesta de la compra, un carrito de heladero con su sombrilla y la caja de vidrio para los cucuruchos, y a ras del suelo una cometa con la cola de anillas de papel rojo que unos niños arrastraban por un largo cordel y que subía poco a poco por el aire y se enderezaba contra las delicadas nubes del cielo.
El regimiento había empezado a avanzar al ritmo de los tambores, con gran batir de suelas en el empedrado y zangoloteos de la artillería; pero viéndose delante de aquélla ciudad tranquila, cordial, atenta a sus cosas, cada uno de los militares se sintió como indiscreto, inoportuno, y el desfile saltó a los ojos de todos como algo fuera de lugar, desentonado, algo de lo que verdaderamente se podía prescindir.
Uno de los tambores, un tal Pre Gio Batta, fingió que continuaba el redoble empezado Y en cambio apenas rozó la piel del instrumento. Salió un modesto repiqueteo, pero no sólo de él: fue general, porque en el mismo momento todos los otros tambores habían hecho lo que Pre. Después las trompetas soltaron sólo un solfeo de suspiros, porque nadie soplaba con fuerza. Los soldados y los oficiales, echando miradas incómodas a su alrededor, se detuvieron con una pierna en el aire y después la bajaron muy despacio y reanudaron la marcha de puntillas.
La larguísima columna, sin que nadie hubiese impartido orden alguna, avanzaba así de puntillas con movimientos lentos y flojos, y un arrastrado, amortiguado pataleo. Los encargados de las piezas de artillería, al verse junto a aquellos cañones tan fuera de lugar, sintieron un repentino pudor: algunos quisieron demostrar indiferencia, caminar sin mirar nunca del lado de las piezas, como si pasaran por allí por pura casualidad; otros se mantenían lo más cerca posible, como para esconderlas, ahorrando a las gentes aquella visión tan desagradable y descortés, o les echaban encima cubiertas, mantas, para que pasaran inadvertidas o que por lo menos no llamaran la atención; otros adoptaban una actitud de broma afectuosa hacia los cañones, daban manotazos en las cureñas, en las recámaras, los señalaban con una semisonrisa, todo para demostrar que no era su intención servirse de ellos con finalidades mortíferas, sino llevarlos a la vista como grotescas herramientas, grandes y raras. Aquel confuso sentimiento se había adueñado también del ánimo del coronel Clelio Leontuómini, que instintivamente bajaba la cabeza a la altura de la del caballo. El caballo, por su parte, había empezado a mover las patas pausadamente, con la cautela de las bestias de tiro. Pero bastó un momento de reflexión para que el coronel y el caballo reanudaran su marcha marcial. Percatándose inmediatamente de la situación, Leontuómini lanzó una orden seca:
-¡Paso de parada!
Los tambores redoblaron, después empezaron a dar golpes cadenciosos. El regimiento se había recompuesto velozmente y ahora avanzaba pisando el suelo con agresiva seguridad.
“Bueno”, se dijo el coronel mirando a hurtadillas su formación, “es realmente un ejército en marcha.”
En la acera algunos transeúntes se detenían a mirar el desfile y observaban con el aire de quien quisiera interesarse y hasta complacerse con semejante despliegue de energía, pero sentían dentro algo que no entendían bien, una vaga sensación de alarma, y de todas maneras tenían cosas demasiado serias en la cabeza para ponerse a pensar en sables y cañones.
Sintiéndose mirados, la tropa y los oficiales experimentaron nuevamente aquella leve, inexplicable turbación. Siguieron marchando, sacando pecho, a paso de parada, pero no podían quitarse del corazón la duda de estar molestando a aquellos buenos ciudadanos. Para que esa presencia no lo distrajera, el soldado de infantería Marangón Remigio mantenía los ojos siempre bajos: cuando se marcha en columna las únicas preocupaciones son la formación y el paso; en todo lo demás, los que piensan son los superiores. Pero cientos y cientos de soldados hacían lo que Marangón; más aún, se puede decir que todos ellos, oficiales, alféreces, coronel, avanzaban sin levantar nunca los ojos del suelo, siguiendo confiados la columna. Así fue como se vio al regimiento, a paso de parada, fanfarra a la cabeza, inclinarse hacia un lado de la calle, salir del suelo asfaltado, perderse en un cantero de los jardines públicos y adentrarse decidido pisoteando ranúnculos y lilas.
Los jardineros estaban regando el césped  ¿y qué ven? Un regimiento que avanza hacia ellos a ciegas pisoteando la hierba con las suelas. Los pobres no sabían cómo sujetar las mangueras para no dirigir los chorros de agua contra los militares. Terminaron por mantenerlos verticales, pero en un largo surtidor los chorros caían en direcciones insospechadas; uno regó de la cabeza a los pies al coronel Clelio Leontuómini, que avanzaba erguido, también él con los ojos cerrados.
Al recibir aquella ducha el coronel se estremeció y  prorrumpió en un grito:
-¡Inundación! ¡Inundación! ¡Movilización de socorro!
De pronto comprendió y retomó el comando del regimiento para sacarlo de los jardines públicos.
Pero había quedado un poco decepcionado. Aquel grito “¡Inundación! ¡Inundación!” había traicionado una secreta, casi inconsciente esperanza suya: que de pronto se produjera un cataclismo natural, sin víctimas pero peligroso, que mandara por los aires el desfile y permitiera al regimiento prodigarse en obras útiles para la población: construcción de puentes, salvamentos. Sólo así se hubiese quedado con la conciencia tranquila.
Al salir del parque, el regimiento se encontró en otra zona de la ciudad, no la de las anchas avenidas donde se había dispuesto que desfilase, sino un barrio de calles más cortas, recogidas y tortuosas. El coronel decidió que cortaría por aquellas callejuelas para llegar a la plaza sin más pérdida de tiempo.
Una animación insólita reinaba en aquel barrio. Los electricistas, encaramados en altas escaleras desmontables, reparaban las farolas y subían y bajaban los cables del teléfono. Los agrimensores de ingeniería civil medían las calles con sus piquetes y sus metros enrollables. Los gasistas, armados de picos, abrían grandes agujeros en el empedrado. Los colegiales paseaban en fila. Los albañiles se pasaban los ladrillos al vuelo gritando: “¡Hop!  ¡Hop!” Los ciclistas, lanzando largos silbidos, transportaban a hombros las escalas de mano. Y en todas las ventanas de las casas las criadas, retorciendo trapos mojados en grandes cubos, limpiaban los cristales de pie sobre los antepechos.
El regimiento tenía que continuar así el desfile por aquellas calles tortuosas, abriéndose paso en una maraña de hilos de teléfono, cintas métricas, escalas de mano, agujeros en el pavimento, estudiantas pechugonas, y cogiendo al vuelo ladrillos: “¡Hop! ¡Hop! ¡Hop!”, esquivando trapos mojados y cubos que criadas conmovidas dejaban caer desde lo alto del cuarto piso.
El coronel Clelio Leontuómini tuvo que admitir que se había equivocado de calle. Se inclinó desde el caballo hacia un transeúnte y preguntó:
-Disculpe, ¿cuál es el camino más corto para llegar a la plaza?
El transeúnte, un hombrecito con gafas, se quedó pensando un momento:
-Es una vuelta complicada; pero si me dejan que los guíe, los llevo a través de un patio a otra calle y se ahorran por lo menos un cuarto de hora.
-¿Podrá pasar todo el regimiento por ese patio? -preguntó el coronel.
El hombrecito echó una ojeada e hizo un gesto inseguro:
-Bueno, es cuestión de probar -y los precedió metiéndose por un portón.
Desde las barandillas oxidadas de las galerías, todas las familias de aquella casa de vecindad se asomaban a mirar al regimiento que trataba de entrar con caballos y artillería en el patio.
-¿Dónde está el portón por el que se sale? -preguntó el coronel al hombrecito.
-¿Portón? -preguntó el hombrecito-. Quizá no me he explicado bien. Hay que subir hasta el último piso y desde allí se pasa a la escalera de una casa vecina, cuyo portón da justamente sobre la otra calle.
El coronel quería seguir a caballo incluso en aquellas angostas escaleras, pero después de dos rellanos decidió dejar el caballo atado al pasamanos y seguir a pie. Los cañones también decidieron dejarlos en el patio, y un zapatero remendón se comprometió a echarles una mirada.
Los soldados subían en fila india y en cada rellano se abría alguna puerta y un niño gritaba:
-¡Mamá! Ven a ver. ¡Pasan los soldados! ¡Está desfilando el regimiento!
En el quinto piso, para pasar de aquella escalera a otra secundaria que llevaba a las buhardillas, tuvieron que recorrer una parte de la galería. Las ventanas daban a alguna habitación desnuda con muchos jergones donde vivían familias llenas de niños.
-Entrad, entrad -decían los papás y las mamás a los militares-. ¡Descansad un poco, estaréis fatigados! ¡Pasad por aquí que la calle es más corta! Pero los fusiles dejadlos fuera; hay niños, y ya se sabe...
El regimiento se dispersaba así por las calles, los corredores. Y en aquella confusión, al hombrecito que conocía el camino no hubo modo de encontrarlo.
Cayó la noche y las compañías y los pelotones seguían dando vueltas por escaleras y galerías. En lo alto del tejado, encaramado en la cumbrera, estaba el coronel Leontuómini. Veía abrirse debajo la ciudad espaciosa y límpida, con su cuadrícula de calles y la gran plaza vacía. Con él, a cuatro patas sobre las tejas, había una escuadra de soldados, armados de banderines, disparadores de cohetes, trapos de colores relampagueantes. 
-Transmítase –decía el coronel-. Rápido, transmítase: Zona impracticable... Imposible avanzar... Esperamos órdenes...
(Italo Calvino)