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domingo, 29 de septiembre de 2013

Galicia Rural



El fotógrafo inglés afincado en Cangas, Iain Colquhoun, ha publicado su segundo ensayo fotográfico sobre la cultura tradicional de Galicia bajo el título de "Galicia Rural", editado por Rinoceronte Editora a través de Morgante.
En el volumen se ofrecen imágenes desde o Courel hasta las Rías Baixas, con las herramientas y el trabajo de las últimas explotaciones tradicionales del campo. Son 220 páginas a color con una visión íntima pero también muy respetuosa sobre la forma de vida creada por docenas de generaciones de labregos y que extingue el presente.

Eu son o rei de min mesmo;
goberno o corazón
na libertá do vento e dos camiños.
Eu obedezo ás miñas propias leises
i os meus decretos sigo ao pé da letra.
Un cetro de solpores,
unha croa de nubes viaxeras,
un manto abermellado
de sonos i esperanzas
no limpo alborexar de cada día,
dame o poder lexítimo do pobo.
Represento aos calados,
interpreto aos que foron
voces de terra nai
nos antergos concellos da saudade.
Eu son un rei.
Un labrego do tempo dos sputniks.
Celso Emilio Ferreiro

viernes, 27 de septiembre de 2013

Gervasio Pacheco, profesor y pintor




El jardín es bonito y está trazado con buen gusto. Se ha dedica­do al cultivo de árboles y el jardinero, Don Pablo Botelou, es un hombre especialmente entendido y juicioso. Se ha propuesto fomentar la arboricultura en España. En este sentido se distribuyen ­semillas de manera gratuita y anualmente se envían árboles jóvenes a todas las provincias de España. El jardinero calculaba que en su época y en la de su padre (él puede tener unos cincuenta años) se han podido enviar unos seis millones de árboles de los jardines. Por desgracia, se hace un uso tan descuidado de ellos en provincias que en la práctica esta medida resulta totalmente inútil. El jardinero se ha preocupado sobre todo de árboles americanos que, sin necesi­dad de invernadero, se adaptan a este clima y que gracias al riego intensivo, crecen muy rápidamente. Plátanos de una vara de espe­sor han sido plantados hace unos veinte años. En los montes alre­dedor del palacio y del Sitio se plantan olivos y otros árboles que puedan prosperar sin riego en este clima. Esto hace que el Sitio esté ya verde y boscoso y que destaque en todo el entorno. Para que los árboles americanos arraiguen en los alrededores, el jardinero arroja a la salida del Tajo, que atraviesa el jardín, gran cantidad de se­millas y gracias a eso ha visto crecer muchos árboles en la orilla del río.
    Wilhelm von Humboldt (1799-1800)

En tiempos de Saint-Simon, el parque de Aranjuez era muy abundante en caza. Cuenta que un día, encontrándose en una pequeña explanada de hierba rodeada de árboles, «un lacayo se puso a silbar con yo no sé qué instrumento. En seguida esta explanada se llenó de jabalíes y de jabatos de todos los tamaños y extraordinariamente gordos. El lacayo les echó mucho grano repetidas veces, que comieron estos animales con gran voracidad, viniendo muy cerca de la reja, regañando entre sí a veces, los más fuertes echando a un lado a los otros y no atreviéndose a comer los jabatos y los jabalíes más jóvenes, que se quedaban en los extremos hasta que los grandes se hubieran hartado. Nos estuvimos divirtiendo con este espectáculo cerca de una hora». Según los relatos de varios viajeros del siglo pasado, aún era la caza extremadamente abundante en Aranjuez. «Se veía allí -dice un antiguo ministro de Francia en Madrid- vagar pacíficamente hasta por las calles a los gamos e incluso a los jabalíes. Se les hubiera tomado por animales domésticos.» Carlos III había poblado su parque con toda clase de animales raros. Se veían allí elefantes, guanacos y cebras en libertad. Ya Felipe V había llevado una manada de búfalos, que se empleaban para la agricultura, y cuya leche, dice Saint-Simon, «era la mejor de todas con mucho; es dulce, azucarada, y sobre todo más espesa que la mejor crema y sin que sepa a animal, a queso o a mantequilla. Me ha sorprendido siempre que no tengan algunos en la Casa de Campo, para que puedan usar en Madrid una leche tan deliciosa». También se veía buen número de camellos, que servían para la agricultura, como los que hay en la Cascina di San Rossore, en los alrededores de Pisa.
  Charles Davillier (1862-1873)
Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a Javier

jueves, 26 de septiembre de 2013

Antonio Pereira

Palabras, palabras para una rusa

Pocas veces he tratado de cerca a una rusa. Pero una vez, en Moscú, tuve una relación tan íntima que no he lle­gado a olvidarla. La historia empezó con la llegada de unos turistas argentinos.Regresaban al hotel a medianoche, alborotando de­lante de la gran puerta de cristal, y bastó que supieran que era español para molerme con sus abrazos. Les adver­tí que en Rusia no se anduviesen con bromas. No acababa de decirlo cuando apareció una pareja de milicianos. Los gauchos cantaban, bebían de botellines que llevaban en los bolsillos de sus abrigos demasiado delgados, un baila­rín arrastraba los pasos de un tango brindándoselo a los rusos. Vino un coche patrulla. Los policías rusos se man­tenían a una distancia que me pareció diplomática. Si­guieron observando, pero no llegaron a intervenir.
Los argentinos venían a Moscú para un partido de fútbol, y a la mañana siguiente los encontré en el desayu­no, perfectamente sobrios y correctos. Me tocó desayunar con un matrimonio joven y con un profesor de Tucumán que sobre la mesa había puesto una cajetilla de tabaco de su país y un ejemplar de La Nación. Fumamos después del café. La lejanía y el comentario de las noticias nos dejaron unidos, y de allí salió la idea de que aquella misma noche nos fuéramos a un restaurante para continuar la amistad. Yo llevaba en la ciudad más días que ellos. Los guías me habían hablado de un lugar donde nunca falta­ba el stérliad, una variedad famosa del esturión, de mane­ra que les hablé a los argentinos del stérliad como si a mí me hubieran destetado con ahumados y con caviar.
Fue en la avenida Kalinin. En el guardarropa inmen­so parecía que no iba a caber un abrigo más. Pero no dejaba de ser interesante aquella fiesta numerosa donde acabábamos de caer, mientras por fuera de los ventanales  caían cortinas de nieve.
No una, sino tres o cuatro fiestas.
Al fondo del salón comía y bebía la gente porque un camarada profesor de Conservatorio había llegado a la jubilación. En otra zona, apenas marcada por unos biombos, se comía y bebía porque a un camarada obrero especializado lo habían condecorado con una medalla. A no­sotros nos colocaron casi en una boda rusa, parecía que aquella noche no estaba previsto que llegara nadie a ce­nar a su aire... Pegando a nosotros teníamos las mesas adornadas y alegres del casorio, con gentes que se cono­cían y hablaban y bromeaban de mesa a mesa. Si no fuera por esas diferencias ligeras pero inevitables en los trajes, en el corte de pelo, nosotros mismos hubiéramos podido pasar por invitados o parientes, un poco tímidos y lejanos. No nos pusieron el adorno de flores rodeadas de muérdago, que nos hubiera integrado definitivamente. Pero el caviar de esturión y el caviar rojo, los pescados fríos y a la parrilla, el lechón rodeado de rabanitos silves­tres y los pasteles que iban llegando a nuestros manteles, todo el menú yo creo que provenía de aquel Caná esplén­didamente regado, aunque luego nos lo cobraran en nues­tra cuenta...
No se puede vivir una situación así a cara de perro. Nadie sería capaz de comer y beber en un banquete o en sus aledaños sin prestarse a concelebrarlo para los aden­tras del alma. Yo no sé cómo caí en la ocurrencia de sacar mis sentimientos al exterior. A medida que progresaba la sucesión de los platos, y principalmente de las bebidas, los rusos y las rusas arreciaban en sus brindis sencillos pero que sonaban a sincero y noble.
-Priviet!, Priviet! -se escuchaba a nuestro alrede­dor como una consigna.
En el local había una temperatura ensoñadora, como de noche de Nochebuena en nuestra casa lejana... Afuera era la estepa y unos grados por debajo de cero y las calles por donde habían transcurrido las comitivas de los zares y las avanzadas de la revolución... De manera que yo co­pié el brindis sacramental y levanté mi copa (no sé qué número hacía esa copa), en un estado de ánimo que casi me traía lágrimas a los ojos:
-Priviet  Priviet!
Me había olvidado para siempre de los argentinos, che. A mí me interesaban los rusos. Yo quería que los ru­sos y yo y el mundo oriental y el occidental fuésemos feli­ces, me hubiera puesto a besar a todos aquellos hombres y mujeres de aspecto trabajador, generalmente coloradotes... Entonces, con mi copa todavía en alto, me llegó de la mesa de enfrente una simpatía fugaz. Instintivamente supe hacia dónde tenía que mirar. Encontré una sonrisa que ya se estaba cerrando con un gesto temeroso de arre­pentimiento, unos ojos que jugaban al código universal de la mujer que quiere y no quiere. Juro que me replegué con prudencia, convencido de que hay en el mundo sufi­cientes mujeres como para no tener que buscar a las que ruedan acompañadas. Esta de ahora estaba visiblemente asociada a un marido de cara sana y honrada (o sea, una cara de marido), y yo siempre he sentido un gran respeto por este tipo de hombres.
Luego, el ambiente siguió cargándose. Mis ideas eran menos claras, pero al mismo tiempo eran más cabe­zonas. Los gruesos cigarros de Crimea extendían sus ve­los de paraíso artificial sobre el espíritu de los alcoholes, y yo me sentía ensimismado, pero también exaltado, con el sonar nostálgico de las balalaicas. Porque supongo que serían balalaicas aquellas guitarrillas triangulares que con tan pocas cuerdas nos bañaban en un río de olvidos. Cuando los comensales más folklóricos se habían desfo­gado con las danzas típicas y la orquesta de señoritas (o de matronas) empezó con los bailes de sociedad, cuando vi que salían al ruedo parejas de chica con chica como en mi pueblo y me aseguré de que era costumbre el cederse la pareja o sacar a la mujer del vecino, todo tan bien in­tencionado y fraterno, no supe resistir el embrujo lento de los violines y como si llevara a un extraño dentro de mi traje cruzado a rayas me vi marchando hacia la mesa de la desconocida, que acaso había decidido olvidarme...
Todavía tuve un amago de reflexión.
Fue cosa de unos segundos. El pensamiento que me vino fue el de pedir fuego para el cigarro, la más estólida y universal de las aproximaciones. Ahora estaría contán­dolo con mucha vergüenza. No pedí fuego sino que esbocé un saludo que abarcase a los diez o doce convidados del grupo, que no sé si serían del novio o de la novia.
-Buenas noches, con permiso -algo así les dije a los camaradas invitados, en el mismo castellano que si le hablara a gente de Madrid.
Los vi callarse en seco. Los vi mirar hacia cualquier parte, una señora se echó el chal sobre los hombros como si acabaran de abrir una puerta que diera a la calle. Yo sostuve el tipo como un caballero español que no tiene nada que reprocharse. Esto hizo que los rusos reacciona­ran, hubo sonrisas tímidas, luego fueron caras divertidas y hasta bondadosas. Es verdad que los rusos son reserva­dos con los extranjeros. Pero serviciales. Recuerdo una viajera que en la estación de Mayakóvskaya me sujetó para que no me partiera los huesos en una escalera ro­dante:
-BEREGUIS! BEREGUIS! -o un aviso parecido que yo imaginé en letreros con letras rojas y mayúsculas.
Aquella del Metro vestía un traje sastre algo varonil, y la fuerza de sus músculos no viviré yo bastantes años, para agradecerla... Pero me estoy alejando de lo suave y lo dulce que iba a tener en mis brazos, al compás de un blues o como se diga en ese otro mundo de los comunis­tas, tan diferente, tan parecido al nuestro. Ya he dicho que los de la boda empezaban a mirarme bien. La mujer de mi obstinación se había quedado perpleja cuando des­pués de la cortesía general al grupo me incliné mirándola en una petición inequívoca. Casi aterrada, pero conmovi­da, así es, discretamente conmovida, esbozó una negativa cortés. Entonces ocurrió el gesto abierto y civilizado del marido que la autorizaba e incluso la animaba con una afirmación de la cabeza que no necesitaba palabras.
Accedió perezosamente. Se puso de pie, y un momen­to sonrió a sus acompañantes como diciendo qué otra cosa puede hacerse con un forastero. Llevaba un vestido sedoso y negro, modesto pero distinguido, se me ocurrió que no procedía de los almacenes del Estado y que acaso se lo hu­biese hecho ella misma. Entonces la conduje hacia la pista, tan llena que apenas podía verse el mármol suntuoso so­bre el que bailaban las parejas. Nos enlazamos con caute­la. A mí me bastaron los primeros pasos para saber que la mujer era falsamente delgada, honesta, y probablemente sensible. Bailábamos como quería San Ambrosio, o sea que un carro cargado de hierba pudiera pasar por entre nuestros cuerpos. Podía mirarla a la cara, pero la rusa, en­tonces, sentía una curiosidad urgente por las otras gentes o por las lámparas o lo que fuera, con tal de no tropezarse con mis ojos. La verdad es que yo no tenía más deseos que la admiración decente de aquella belleza delicada, cómo iba a imaginarme que llegaríamos a lo que luego llegamos.
Me parece que empecé hablándole de la concurren­cia tan alegre del restaurante, del frío que había llegado de repente a Moscú, de cosas sin importancia.
Le hablaba despacio. Le hablaba reclaro. Ella ense­ñaba una sonrisa cobarde y ladeada, y con un movimien­to de la cabeza negaba toda posibilidad de entenderme. No importa, le hice saber no sé de qué manera.
Poco a poco dejó de negar y yo vi que empezaba a prenderse en el hilo de las palabras. Alguna vez me han dicho que tengo una voz grave y sonora, próxima a lo abacial -no sé si me elogian-, incluso a lo enfático. Yo no sabría decirlo, porque nadie escucha su propia voz. Luego, en el excitante ambiente del lugar bastaba una leve intención artera para que las palabras se vieran real­zadas por el misterio... Sin forzar las cosas, nuestros cuerpos mortales se acercaron un poco, pero sin llegar al protagonismo.
Fue entonces cuando empecé a ser claramente consciente de mis armas. Me puse a inventar cadencias; ex­plotaba las pausas entre frase y frase, como se gobiernan los tiempos del amor cuando se tiene a una mujer para toda una noche hermosa. Nadie en el mundo que nos vie­ra bailando hubiera podido tacharnos de promiscuidad, ni siquiera de inconveniencia. Pero yo veía subir a mi compañera por una escala de emociones que se le refleja­ban en el rostro huidizo, en el ritmo de la respiración so­focada... Ahora me convenía descuidarme totalmente de los significados, concentrarme en el hálito que se des­prendía de las palabras como una caricia o un veneno. Se me ocurrió recitarle la Salve, que es la única oración que recuerdo de cuando yo era bueno. «Reina y madre / de misericordia... / vida y dulzura... / esperanza nuestra...» Jamás hubiera sospechado la eficacia de este invento pia­doso. Mi amiga, mi dulce amiga, no podía descifrar «en este valle de lágrimas», y sin embargo sus ojos verdosos se humedecieron. Yo le enseñé a que nos comunicáramos con la presión solapada de las manos, y me alegré porque la orquesta no hacía ninguna pausa, era como nuestras orquestas de los veranos que tocaban series muy largas. El caso es que no se me acabara la cuerda. Hubiera queri­do recordar todas las oraciones de la catequesis. Debí de asociar la catequesis con la escuela y encontré como un tesoro la tabla de multiplicar -tres por una es tres; tres por dos, seis; tres por tres, nueve-, y ella dejándose mecer -cinco por cuatro, veinte; cinco por cinco, veinticinco; cinco por seis, treinta, hasta que me atasqué en la tabla del 7.
Aquel desfallecimiento lo empleé en hacerme figuraciones sobre esta mujer, porque me moriré sin saber su nombre, su profesión, el origen de aquella tristeza vaga de sus ojos. En vano intenté ponerle el guardapolvo de una fábrica, la bata blanca de un laboratorio, porque nada podía quitarle su aire de dama romántica de una novela de Tolstoi o de un poema de Puchkin.
¡Pero cómo no se me había ocurrido antes lo de los poemas! La inspiración me llegó en el momento justo cuando la Karenina o como se llamara recuperaba la ti­bieza inicial y un aflojamiento de su mano me estaba di­ciendo que debíamos volver a nuestras mesas tan separadas como nuestros mundos. Yo no la solté. La orquesta tocaba las mismas piezas sentimentales que se oían en Pasapoga en los años 50, y despacio, sobre la música de fondo, empecé con La casada infiel. Volvió la tensión, oculta a soldarnos con más fuerza que antes, ahora an­gustiosamente, como si ella y yo supiéramos que esta lo­cura estaba a punto de terminar. Menos mal que sé poesías de Lorca, de don José Zorrilla, de Garciasol... Mi compañera entornaba los ojos. No habíamos llegado al clímax, pero yo lo auguraba próximo, gracias a esas antenas erectas y sensibles que son cualidad del amante...
La llave la tenía un poeta que se llama Crémer.
-«Qué cercano a las nubes ese límite de fuego» -me escuché decir, imparable en mi determinación-. «Bajo la bóveda sombría arde la catedral. / Cuatro farolas la guardan / con verdes ojeras de soledad / y lentos ríos de sombra / avanzan por calles de cristal / con lunas como cu­chillos / resplandeciendo en el fondo del mar.»
Con la lucidez de un viejo sátiro que experimentara sobre una doncella llegué a advertir que mi pareja me clavaba sus uñas afiladas al caer de los versos pares, allí donde el acento hace agudas como lanzas a las palabras. Y cuando «Un desnudo viento arranca / hebras de serenidad / a los rostros de piedra y de lluvia / de San Pedro y de San Juan», mi rusa, mi amor, entregó ese gemido an­helante de la hembra que ya no puede más. Entonces rompió su silencio de palabras y yo escuché la súplica que me sonó como un grito, aunque ella lo dijera como un susurro para mí solo:
-Niet, niet.
O sea  -era fácil de traducir-: «No, no, basta ya, por favor, usted y yo hemos ido demasiado lejos.»
Se soltó de mi abrazo, que no había dejado de ser un abrazo de salón a los ojos de todos, y yo la seguí hasta su mesa, a donde llegó astutamente recobrada de su aventura y con el rostro más inocente del mundo. Deseché el továrisch (camarada) que me habían enseñado en ruso.
-Gospoyá... -o sea, señora, agradecí inclinándome como si estuviéramos en el casino de Palencia.
Y al marido:
-Gospodín... -que quiere decir señor.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Agua es... Ruralaqua



A través de la cooperación entre diferentes territorios rurales, el presente proyecto pretende influir, mediante el intercambio y transferencia de experiencias,  en el desarrollo de iniciativas y estrategias eficaces para la valorización y la utilización sostenible de los espacios fluviales históricos, así como el aumento de la participación de las comunidades locales en dichas cuestiones.   Ruralaqua



Un joven muy erudito y petulante tomó una barca para cruzar de una a otra orilla de un amplio río. De súbito pasó una bandada de aves, y el joven preguntó:
—Barquero, ¿has estudiado la vida de las aves?
—No, señor —repuso el barquero.
—Vaya, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Poco después vieron flotando unas plantas y el joven preguntó:
—¿Sabes de botánica? ¿Has estudiado la vida de las plantas?
—No, señor, no sé nada de plantas.
—Pues, barquero, has perdido la mitad de tu vida.
Pasado un tiempo, preguntó el joven:
—¿Y de las aguas? ¿Qué sabes de estas aguas?
—Nada, señor, nada sé.
—¡Oh, barquero! Sin duda has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
En seguida la barca comenzó a hacer agua. Entonces fue el barquero el que preguntó:
—Señor, ¿sabes nadar? —No —repuso el joven. Y el barquero aseveró.
— Pues me temo que estás a punto de perder toda tu vida.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Denes Editorial



La Editorial Denes inició la actividad de sus ediciones con los diccionarios y las obras del lexicógrafo Francisco Ferrer Pastor. Actualmente han ampliado su catálogo con la incorporación de nuevos libros encaminados pedagógicamente a la enseñanza del valenciano.
A partir de esta iniciativa se han consolidado gradualmente diversas colecciones literarias y la editorial ha adquirido una implantación en el mercado y entre los lectores los que reconocen el esfuerzo y el prestigio de los autores de su catálogo.
De acuerdo con ello, Editorial Denes cuenta con un fondo editorial de más de dos centenares de títulos que abarcan las principales materias de la cultura y está dirigido a satisfacer las inquietudes de cualquier tipo de lector. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

Editorial Club Universitario (ECU)


Editorial Club Universitario (ECU) nació en 1989 con el fin de configurarse como una editorial técnica de referente nacional asentada en Alicante. En los primeros años, esta casa decidió lanzarse por la edición de libro divulgativo, técnico y universitario; ofreciendo una alternativa económica a docentes, sin discriminar la calidad y claridad expositiva.
Ha ido creciendo año tras año apostando no solo por la producción de libros de texto sino por obras literarias de diversas temáticas (narrativa, poesía, teatro, no ficción…) de autores consagrados y noveles. Actualmente, cuenta con un extenso fondo editorial y 9 colecciones (Ecu, Ecu Narrativa, Ecu bolsillo, Opera prima, Albahaca, Acacia, Latombola.com, Piñata y Educa) que avalan su prestigio y experiencia. 


jueves, 19 de septiembre de 2013

Paseos por Barcelona



La Felicidad

En cierta ocasión, se reunieron todos los dioses y decidieron crear al hombre y a la mujer, y planearon hacerlo a su imagen y semejanza. Entonces uno de ellos dijo:
—Esperen; si los vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza, van a tener un cuerpo igual al nuestro, fuerza e inteligencia igual a la nuestra, y debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros; de no ser así, estaríamos creando nuevos dioses. Debemos quitarle algo, pero ¿qué le quitamos?
Después de mucho pensar, uno de ellos dijo:
—¡Ah, ya sé! Vamos a quitarles la felicidad; pero el problema va a ser dónde esconderla, para que no la encuentren jamás.
Propuso el primero:
—Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo.
A lo que inmediatamente repuso otro:
—No; recuerda que les dimos fuerza, y alguna vez alguien subirá y la encontrará; y si la encuentra uno, ya todos sabrán dónde está.
Luego propuso otro:
—Entonces, vamos a esconderla en el fondo del mar.
Y otro contestó:
—No; recuerda que les dimos inteligencia, y alguna vez alguien construirá algo por donde pueda entrar y bajar; y entonces la encontrarán.
Uno más dijo:
—Escondámosla en un planeta lejano de la Tierra.
Y le dijeron:
—No; recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien construirá una nave en la que puedan viajar a otros planetas y la descubrirán, y entonces todos tendrán felicidad y serán iguales a nosotros.
El último de ellos era un dios que había permanecido en silencio, escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás dioses, y analizó calladamente cada una de ellas; entonces rompió el silencio y dijo:
—Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren.
Todos se volvieron asombrados y preguntaron al unísono:
—¿Dónde?
—La esconderemos dentro de ellos mismos; estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán.
Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así: el hombre se pasa buscando la felicidad sin saber que la lleva consigo. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Va de tortugas




Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a J.R.Gálvez, coleccionista, ciclista, especializado en tortugas

lunes, 16 de septiembre de 2013

Quixot



Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre".

Cada uno meta la mano en su pecho, ...que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces.

La mejor salsa del mundo es la hambre; y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto.

Mientras se gana algo no se pierde nada.

En cada tierra su uso.

El grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aún el vizcaíno, que escribe en la suya.

...y si es que son de justa literaria, procure vuesa merced llevar el segundo premio; que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona el segundo se le lleva la mera justicia; y el tercero viene a ser segundo y el primero, a esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de "primero".

No hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos.

Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero.

Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener.

El que lee mucho y anda mucho, vee mucho y sabe mucho.

Es necedad correrse por solo oír un rebuzno.

Dios lo remedie; que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más.

De noche todos los gatos son pardos.

Al dejar este mundo y meternos la tierra adentro, por tan estrecha senda va el príncipe como el jornalero, y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del papa que el del sacristán, aunque sea más alto el uno que el otro; que al entrar en el hoyo todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y encoger.

Donde hay música no puede haber cosa mala.

Pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco, y otros que es negro.

Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

Las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo.

Si da el cántaro en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro.

Más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.

Oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.

Las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantó, y con el tiempo, la menospreciaron y se subieron sobre ella.

Bien vengas, mal, si vienes solo.

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre.

¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

Amanecerá Dios, y medraremos.


 



Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a Conxi i Miquel

sábado, 14 de septiembre de 2013

Queralt Edicións



Queralt Edicions és una editorial creada l'any 2011 a BARCELONA per un grup de professionals de l'educació que creien i creuen en la necessitat de publicar materials útils per a l'ensenyament en les dues àrees instrumentals bàsiques: la llengua i les matemàtiques.
QUERALT EDICIONS edita materials per a l'Educació Primària que a primer cop d'ull poden semblar complementaris o secundaris. Res més lluny de la realitat. Aquests materials són bàsics en l'ensenyament de les dues àrees instrumentals. 
Podem concloure afirmant que LA QUALITAT PEDAGÒGICA és el nostre SEGELL D'IDENTITAT.

El regimiento extraviado          

Un regimiento de un poderoso ejército tenia que desfilar por las calles de la ciudad. Desde las primeras luces del alba las tropas se habían dispuesto en el patio del cuartel en formación de parada.
El sol ya estaba alto en el cielo y las sombras se acortaban al pie de los delgados arbolitos del patio. Bajo los cascos recién barnizados, los soldados y los oficiales goteaban sudor. Desde lo alto de su caballo blanco, el coronel hizo una señal: redoblaron los tambores, toda la fanfarria empezó a tocar y la cancela del cuartel giró lentamente sobre sus goznes.
Afuera se abrió la vista de la ciudad bajo un cielo celeste atravesado por suaves nubes, la ciudad con sus chimeneas que perdían bigotes de humo, las terrazas con sus cuerdas erizadas de pinzas para colgar la ropa, los reflejos de los rayos de sol que golpeaban en los espejos de las cómodas, las cortinas cazamoscas que se enganchaban en los pendientes de las señoras cargadas con la cesta de la compra, un carrito de heladero con su sombrilla y la caja de vidrio para los cucuruchos, y a ras del suelo una cometa con la cola de anillas de papel rojo que unos niños arrastraban por un largo cordel y que subía poco a poco por el aire y se enderezaba contra las delicadas nubes del cielo.
El regimiento había empezado a avanzar al ritmo de los tambores, con gran batir de suelas en el empedrado y zangoloteos de la artillería; pero viéndose delante de aquélla ciudad tranquila, cordial, atenta a sus cosas, cada uno de los militares se sintió como indiscreto, inoportuno, y el desfile saltó a los ojos de todos como algo fuera de lugar, desentonado, algo de lo que verdaderamente se podía prescindir.
Uno de los tambores, un tal Pre Gio Batta, fingió que continuaba el redoble empezado Y en cambio apenas rozó la piel del instrumento. Salió un modesto repiqueteo, pero no sólo de él: fue general, porque en el mismo momento todos los otros tambores habían hecho lo que Pre. Después las trompetas soltaron sólo un solfeo de suspiros, porque nadie soplaba con fuerza. Los soldados y los oficiales, echando miradas incómodas a su alrededor, se detuvieron con una pierna en el aire y después la bajaron muy despacio y reanudaron la marcha de puntillas.
La larguísima columna, sin que nadie hubiese impartido orden alguna, avanzaba así de puntillas con movimientos lentos y flojos, y un arrastrado, amortiguado pataleo. Los encargados de las piezas de artillería, al verse junto a aquellos cañones tan fuera de lugar, sintieron un repentino pudor: algunos quisieron demostrar indiferencia, caminar sin mirar nunca del lado de las piezas, como si pasaran por allí por pura casualidad; otros se mantenían lo más cerca posible, como para esconderlas, ahorrando a las gentes aquella visión tan desagradable y descortés, o les echaban encima cubiertas, mantas, para que pasaran inadvertidas o que por lo menos no llamaran la atención; otros adoptaban una actitud de broma afectuosa hacia los cañones, daban manotazos en las cureñas, en las recámaras, los señalaban con una semisonrisa, todo para demostrar que no era su intención servirse de ellos con finalidades mortíferas, sino llevarlos a la vista como grotescas herramientas, grandes y raras. Aquel confuso sentimiento se había adueñado también del ánimo del coronel Clelio Leontuómini, que instintivamente bajaba la cabeza a la altura de la del caballo. El caballo, por su parte, había empezado a mover las patas pausadamente, con la cautela de las bestias de tiro. Pero bastó un momento de reflexión para que el coronel y el caballo reanudaran su marcha marcial. Percatándose inmediatamente de la situación, Leontuómini lanzó una orden seca:
-¡Paso de parada!
Los tambores redoblaron, después empezaron a dar golpes cadenciosos. El regimiento se había recompuesto velozmente y ahora avanzaba pisando el suelo con agresiva seguridad.
“Bueno”, se dijo el coronel mirando a hurtadillas su formación, “es realmente un ejército en marcha.”
En la acera algunos transeúntes se detenían a mirar el desfile y observaban con el aire de quien quisiera interesarse y hasta complacerse con semejante despliegue de energía, pero sentían dentro algo que no entendían bien, una vaga sensación de alarma, y de todas maneras tenían cosas demasiado serias en la cabeza para ponerse a pensar en sables y cañones.
Sintiéndose mirados, la tropa y los oficiales experimentaron nuevamente aquella leve, inexplicable turbación. Siguieron marchando, sacando pecho, a paso de parada, pero no podían quitarse del corazón la duda de estar molestando a aquellos buenos ciudadanos. Para que esa presencia no lo distrajera, el soldado de infantería Marangón Remigio mantenía los ojos siempre bajos: cuando se marcha en columna las únicas preocupaciones son la formación y el paso; en todo lo demás, los que piensan son los superiores. Pero cientos y cientos de soldados hacían lo que Marangón; más aún, se puede decir que todos ellos, oficiales, alféreces, coronel, avanzaban sin levantar nunca los ojos del suelo, siguiendo confiados la columna. Así fue como se vio al regimiento, a paso de parada, fanfarra a la cabeza, inclinarse hacia un lado de la calle, salir del suelo asfaltado, perderse en un cantero de los jardines públicos y adentrarse decidido pisoteando ranúnculos y lilas.
Los jardineros estaban regando el césped  ¿y qué ven? Un regimiento que avanza hacia ellos a ciegas pisoteando la hierba con las suelas. Los pobres no sabían cómo sujetar las mangueras para no dirigir los chorros de agua contra los militares. Terminaron por mantenerlos verticales, pero en un largo surtidor los chorros caían en direcciones insospechadas; uno regó de la cabeza a los pies al coronel Clelio Leontuómini, que avanzaba erguido, también él con los ojos cerrados.
Al recibir aquella ducha el coronel se estremeció y  prorrumpió en un grito:
-¡Inundación! ¡Inundación! ¡Movilización de socorro!
De pronto comprendió y retomó el comando del regimiento para sacarlo de los jardines públicos.
Pero había quedado un poco decepcionado. Aquel grito “¡Inundación! ¡Inundación!” había traicionado una secreta, casi inconsciente esperanza suya: que de pronto se produjera un cataclismo natural, sin víctimas pero peligroso, que mandara por los aires el desfile y permitiera al regimiento prodigarse en obras útiles para la población: construcción de puentes, salvamentos. Sólo así se hubiese quedado con la conciencia tranquila.
Al salir del parque, el regimiento se encontró en otra zona de la ciudad, no la de las anchas avenidas donde se había dispuesto que desfilase, sino un barrio de calles más cortas, recogidas y tortuosas. El coronel decidió que cortaría por aquellas callejuelas para llegar a la plaza sin más pérdida de tiempo.
Una animación insólita reinaba en aquel barrio. Los electricistas, encaramados en altas escaleras desmontables, reparaban las farolas y subían y bajaban los cables del teléfono. Los agrimensores de ingeniería civil medían las calles con sus piquetes y sus metros enrollables. Los gasistas, armados de picos, abrían grandes agujeros en el empedrado. Los colegiales paseaban en fila. Los albañiles se pasaban los ladrillos al vuelo gritando: “¡Hop!  ¡Hop!” Los ciclistas, lanzando largos silbidos, transportaban a hombros las escalas de mano. Y en todas las ventanas de las casas las criadas, retorciendo trapos mojados en grandes cubos, limpiaban los cristales de pie sobre los antepechos.
El regimiento tenía que continuar así el desfile por aquellas calles tortuosas, abriéndose paso en una maraña de hilos de teléfono, cintas métricas, escalas de mano, agujeros en el pavimento, estudiantas pechugonas, y cogiendo al vuelo ladrillos: “¡Hop! ¡Hop! ¡Hop!”, esquivando trapos mojados y cubos que criadas conmovidas dejaban caer desde lo alto del cuarto piso.
El coronel Clelio Leontuómini tuvo que admitir que se había equivocado de calle. Se inclinó desde el caballo hacia un transeúnte y preguntó:
-Disculpe, ¿cuál es el camino más corto para llegar a la plaza?
El transeúnte, un hombrecito con gafas, se quedó pensando un momento:
-Es una vuelta complicada; pero si me dejan que los guíe, los llevo a través de un patio a otra calle y se ahorran por lo menos un cuarto de hora.
-¿Podrá pasar todo el regimiento por ese patio? -preguntó el coronel.
El hombrecito echó una ojeada e hizo un gesto inseguro:
-Bueno, es cuestión de probar -y los precedió metiéndose por un portón.
Desde las barandillas oxidadas de las galerías, todas las familias de aquella casa de vecindad se asomaban a mirar al regimiento que trataba de entrar con caballos y artillería en el patio.
-¿Dónde está el portón por el que se sale? -preguntó el coronel al hombrecito.
-¿Portón? -preguntó el hombrecito-. Quizá no me he explicado bien. Hay que subir hasta el último piso y desde allí se pasa a la escalera de una casa vecina, cuyo portón da justamente sobre la otra calle.
El coronel quería seguir a caballo incluso en aquellas angostas escaleras, pero después de dos rellanos decidió dejar el caballo atado al pasamanos y seguir a pie. Los cañones también decidieron dejarlos en el patio, y un zapatero remendón se comprometió a echarles una mirada.
Los soldados subían en fila india y en cada rellano se abría alguna puerta y un niño gritaba:
-¡Mamá! Ven a ver. ¡Pasan los soldados! ¡Está desfilando el regimiento!
En el quinto piso, para pasar de aquella escalera a otra secundaria que llevaba a las buhardillas, tuvieron que recorrer una parte de la galería. Las ventanas daban a alguna habitación desnuda con muchos jergones donde vivían familias llenas de niños.
-Entrad, entrad -decían los papás y las mamás a los militares-. ¡Descansad un poco, estaréis fatigados! ¡Pasad por aquí que la calle es más corta! Pero los fusiles dejadlos fuera; hay niños, y ya se sabe...
El regimiento se dispersaba así por las calles, los corredores. Y en aquella confusión, al hombrecito que conocía el camino no hubo modo de encontrarlo.
Cayó la noche y las compañías y los pelotones seguían dando vueltas por escaleras y galerías. En lo alto del tejado, encaramado en la cumbrera, estaba el coronel Leontuómini. Veía abrirse debajo la ciudad espaciosa y límpida, con su cuadrícula de calles y la gran plaza vacía. Con él, a cuatro patas sobre las tejas, había una escuadra de soldados, armados de banderines, disparadores de cohetes, trapos de colores relampagueantes. 
-Transmítase –decía el coronel-. Rápido, transmítase: Zona impracticable... Imposible avanzar... Esperamos órdenes...
(Italo Calvino)

viernes, 13 de septiembre de 2013

Bibliotecas Municipales de Burgos

Todos tienen un calendario en el reverso, excepto los siete últimos, lo cual nos permitiría clasificarlos por año.

 


 


     



      


     















      



         

   








  

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El precio de la luz
Varios amigos que compartían una casa se las arreglaban sin alumbrado, tanto como era posible. Al final decidieron pagar entre todos el aceite. Uno de ellos, sin embargo, se negó a poner su parte correspondiente de dinero. En consecuencia  cada vez que encendían la vela le vendaban a él los ojos con un pañuelo y lo dejaban así, hasta que al llegar el momento de dormir apagaban la luz y, sólo entonces, le quitaban el pañuelo.
(Al-Yahiz - Libro de los avaros)