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jueves, 31 de octubre de 2013

Aurelio Suárez (2)








 





                              

Jules Renard:

La verdad no es siempre el arte. El arte no es siempre la verdad, pero la verdad y el arte tienen puntos de contacto: yo los busco.

Schwob cuenta:
Un día, Henri Monnier, invitado a un entierro, llegó con retraso, entró en el cuarto desierto del muerto, y poniéndose los guantes pregunta a un criado: «Entonces, ¿ya no hay esperanza?»

Y esta otra frase:
Un hombre que sigue a un entierro pregunta a otro señor:
-«¿Sabe usted quién es el muerto?»
-«No sé. Creo que es el que va en el primer coche».

miércoles, 30 de octubre de 2013

Librería Mujeres






Librería Mujeres nació en 1978, entonces como ahora especializada en feminismo y cuentos infantiles no sexistas.
Tienen obra de filósofas, científicas, mujeres en las artes plásticas y dramaturgas. Biografías, autobiografías, cartas y diarios. También narrativa escrita por mujeres de cualquier parte del mundo. Además reúnen desde hace años todo el fondo existente de mujeres republicanas.
Su objetivo es guardar los saberes de las mujeres entre sus estanterías con un gran respeto por todos los feminismos que, traducidos al castellano, circulan por el mundo.
Así mismo crearon en 1991 horas y HORAS la editorial feminista, con el objetivo de editar y traducir teoría, mujeres de otras culturas.

Francisca y la muerte 

Santos y buenos días -dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer. ¡Claro!, venía la par­ca   con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla en el bolsillo.
-Si no molesto -dijo-, quisiera saber dónde vive la se­ñora Francisca.
-Pues mire -le respondieron, y asomándose a la puer­ta, un hombre señaló con su dedo rudo de labrador.
-Allá por los matorrales que bate el viento, ¿ve?, hay un camino que sube la colina. Arriba hallará la casa.
“Cumplida está” pensó la muerte, y dan­do las gracias echó a andar por el cami­no aquella mañana que, precisamente, había pocas nubes en el cielo y todo el azul resplandecía de luz.
Andando pues, miró la muerte la hora y vio que eran las siete de la mañana. Para la una y cuarto, pasado el meridiano, estaba en su lista cumplida ya la señora Francisca.
“Menos mal, poco trabajo; un solo caso”, se dijo la muerte satisfecha de no fatigarse, y siguió su paso, metiéndose ahora por el camino apretado de romerillo y rocío. […]
Así pues, echó y echó a andar la muerte por los cami­nos hasta llegar a casa de Francisca.
-Por favor, con Panchita -dijo la muerte.
-Abuela salió temprano -contestó una nieta de oro, un poco temerosa, aunque la parca seguía con su trenza bajo el sombrero y la mano en el bolsillo.
-¿Y a qué hora regresa? -preguntó.
-¿Quién lo sabe! -dijo la madre de la niña- Depende de los quehaceres. Por el campo anda, trabajando.
Y la muerte se mordió el labio. No era para menos se­guir dando vueltas por tanto mundo bonito y ajeno.
-Hace mucho sol. ¿Puedo esperarla aquí?
-Aquí quien viene tiene su casa. Pero puede que ella no regrese hasta el anochecer.
“¡Chin!” pensó la muerte, “se me irá el tren de las cin­co. No; mejor voy a buscarla”. Y levantando su voz, dijo la muerte:
-¿Dónde, de fijo, pudiera encontrarla ahora?
-De madrugada salió a ordeñar. Seguramente estará en el maizal, sembrando.
-¿Y dónde está el maizal? -preguntó la muerte.
-Siga la cerca y luego verá el campo arado detrás.
-Gracias -dijo secamente la muerte y echó a andar de nuevo.
Pero miró todo el extenso campo arado y no había un alma en él. Sólo garzas. Se soltó la trenza la muerte y rabió:
“¡Vieja andariega, dónde te habrás me­tido!” Escupió y continuó su sendero sin tino.
Una hora después de tener la trenza ardida debajo del sombrero y la nariz repugnada de tanto olor a hierba nueva, la muerte se topó con un caminante.
-Señor, ¿pudiera usted decirme dónde está Francisca por estos campos?
-Tiene suerte -dijo el caminante-, media hora lleva en casa de los Noriegas. Está el niño enfermo y ella fue a sobarle el vientre.
-Gracias -dijo la muerte como un disparo y apretó el paso.
Duro y fatigoso era el camino. Además, ahora tenía que hacerlo sobre un nuevo terreno arado, sin trillo, y ya se sabe cómo es de incómodo sentar el pie sobre el suelo irregular y tan esponjoso de frescura, que se pierde la mitad del esfuerzo. Así llegó la muerte hecha una lástima a casa de los Noriegas.
-Con Francisca, a ver si me hace el favor.
-Ya se marchó.
-¡Pero, cómo! ¿Así tan de pronto?
-¿Por qué tan pronto? -le respondieron- Sólo vino a ayu­darnos con el niño y ya lo hizo. ¿De qué extrañarse?
-Bueno…verá -dijo turbada- es que siempre una hace la sobremesa en todo, digo yo.
-Entonces usted no conoce a Francisca.
-Tengo sus señas -dijo burocrática la impía.
-A ver; dígalas -esperó la madre. Y la muerte dijo:
-Pues…con arrugas; desde luego ya son sesenta años…
-¿Y qué más?
-Verá…el pelo blanco…casi ningún diente propio…la nariz, digamos…
-¿Digamos qué?
-Filosa.
-¿Eso es todo?
-Bueno…además de nombre y dos apellidos.
-Pero usted no ha hablado de sus ojos.
-Bien; nublados…sí, nublados han de ser…ahumados por los años.
-No, no la conoce -dijo la mujer-.Todo lo dicho está bien, pero no los ojos. Tiene menos tiempo en la mira­da. Ésa, quien usted busca, no es Francisca.
Y salió la muerte otra vez al camino. Iba ahora indig­nada, sin preocuparse mucho por la mano y la trenza, que medio se le asomaba bajo el ala del sombrero.
Anduvo y anduvo. En casa de los González le dijeron que estaba Francisca a un tiro de ojo de allí, cortan­do pastura para la vaca de los nietos. Mas sólo vio la muerte la pastura recién cortada y nada de Francisca, ni siquiera la huella menuda de su paso.
Entonces la muerte, quien ya tenía los pies hinchados dentro de los botines enlodados, y la camisa negra, más que sudada, sacó su reloj y consultó la hora.
“¡Dios! ¡Las cuatro y media! ¡Imposible! ¡Se me va el tren!” Y echó la muerte de regreso, maldiciendo.
Mientras, a dos kilómetros de allí, Francisca escarda­ba de malas hierbas el jardincito de la escuela. Un vie­jo conocido pasó a caballo y sonriéndole, le echó a su manera el saludo cariñoso:
-Francisca, ¿cuándo te vas a morir?
Ella se incorporó asomando medio cuerpo sobre las rosas y le devolvió el saludo alegre:
-Nunca -dijo- siempre hay algo qué hacer.
Onelio Jorge Cardoso

martes, 29 de octubre de 2013

Miravet

Es el segundo castillo románico más importante de España, después de Loarre, y el que cuenta con más dependencias cubiertas de toda Cataluña.
La alfarería es una tradición muy arraigada que hace de Miravet y su "raval dels canterers" uno de los últimos pueblos donde se mantiene vivo este oficio.
Siete son los talleres alfareros donde se pueden adquirir las piezas clásicas de marcado carácter miravetano: "pitxells", cántaros, cadufos, "gerres", lebrillos, etc. (algunos de ellos disponen de museos particulares de gran interés).

    




Un día, el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.
El zar era caprichoso, autoritario y cruel. Así que furioso por la ausencia del botón, mandó buscar al sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.
Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y, arrancándolo de entre los brazos de su familia, lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí la muerte.
Al atardecer, cuando el carcelero le llevó al sastre la última cena, esté meneó la cabeza y musitó:
-¡Pobre zar!
El guardia no pudo evitar la carcajada.
-¿Pobre zar? Pobre de ti. Tu cabeza quedará bastante lejos de tu cuerpo mañana mismo.
-Tu no lo entiendes – dijo el sastre – ¿Qué es lo más importante para nuestro zar?
-¿Lo más importante? – contestó el guardia – . No lo se. Su pueblo.
-No seas estúpido. Digo algo realmente importante para él.
-¿Su esposa?
-¡Más importante!
-¡Los diamantes! – creyó adivinar el carcelero.
-¿Qué es lo que más le importa al zar en el mundo?
-¡Ya lo sé, su oso!
-¿Y?
-Mañana, cuando el verdugo termine conmigo... el zar perderá su única oportunidad de conseguir que su oso hable.
-¿Tú eres entrenador de osos?
-Un viejo secreto familiar – dijo el sastre – ¡Pobre zar!
Deseoso de ganarse favores con el zar, el pobre guardia corrió a cantarle al soberano su descubrimiento. ¡El sastre sabia enseñar a hablar a los osos!
El zar estaba encantado. Mandó a buscar inmediatamente al sastre, y cuando lo tuvo frente a si le ordenó:
-¡Enséñale a mi oso nuestro lenguaje!
El sastre bajó la cabeza.
-Me encantaría complacerle, ilustrísima, pero enseñar a hablar a un oso es una tarea ardua y lleva tiempo. Lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo.
-¿Cuánto tiempo llevará el aprendizaje? – preguntó el zar.
-Depende de la inteligencia del oso…
-¡El oso es inteligente! – interrumpió el zar – De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.
-Bien. Si el oso es inteligente y siente deseos de aprender... el aprendizaje duraría aproximadamente ¡dos años!
El zar pensó durante un momento.
-Bien tu pena será suspendida durante dos años mientras entrenes al oso.
-¡Mañana empezarás! – ordenó.
-Alteza – dijo el sastre
-Si tú mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estaré muerto. Mi familia se las ingeniará para sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, ya no tendré tiempo para dedicarme a tu oso. Deberé trabajar de sastre para mantener a mi familia.
-Eso no es un problema – dijo el zar – A partir de hoy, y durante dos años, tú y tu familia estaréis bajo la protección real. Seréis vestidos, alimentados y educados con el dinero del zar. Nada que necesitéis o deseéis os será negado. Pero, eso si: si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber pensado esta propuesta. Rogarás que el verdugo te hubiera matado. Entiendes, ¿verdad?
-Si, alteza.
-Bien, ¡guardias! – gritó el zar – Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte. Dadle dos bolsas de oro, comida y regalos para los niños. ¡Ya! ¡Fuera!
El sastre, en reverencia y caminando hacia atrás, empezó a retirarse mientras musitaba agradecimientos.
-No lo olvides – le dijo el azar apuntándolo con el dedo directamente a la frente – Si en dos años el oso no habla...
Cuando todos en casa lloraban por la pérdida del padre de familia, el sastre apareció en la casa en el carruaje del zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos. La esposa del sastre no cabía en sí de asombro. Su marido, al que pocas horas antes se le había llevado al cadalso, volvía ahora, acaudalado y exultante.
Cuando estuvieron solos, el hombre le contó los hechos
-¡Estás loco! – gritó la mujer – ¡Enseñar a hablar al oso del zar! Tú, que ni siquiera has visto a un oso de cerca. Estás loco. Enseñar a hablar a un oso. Loco, estás loco.
-Calma, mujer, calma.
-Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer. Y ahora tengo dos años. En dos años pueden pasar tantas cosas. En dos años – siguió el sastre – se puede morir el zar. Me puedo morir yo. Y lo más importante: ¡A lo mejor el oso habla!
Jorge Bucay   El oso