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martes, 31 de diciembre de 2013

Primicias Informativas




Marcapaginasporuntubo, siempre intentando mantener a sus lectores puntualmente informados, está en condiciones de adelantar tres noticias que se cumplirán en breve y con las que las televisiones de toda España mañana ocuparán buena parte de sus informativos.

1ª) En las Islas Canarias se celebrará la entrada del Año Nuevo una hora más tarde que en el resto de España.
2ª) En la ciudad de Viena se celebrará el tradicional Concierto de Año Nuevo (mostramos vídeo de uno similar).
3ª) En la ciudad alemana de Garmisch-Partenkirchen tendrán lugar los tradicionales saltos de esquí de Año Nuevo (afortunadamente no disponemos de un vídeo adecuado y si dispusiéramos de él tampoco lo pondríamos pues ni en las peores resacas de primero de Año hemos sido capaces de aguantar ese tostonazo, con perdón).

Esta era una televisión que tenía tres noticias,
las metió en tres botijas
y las tapó con pez.
¿Quieres que te lo cuente otra vez?

FELIZ ANINOVO - URTE BERRI ON - FELIÇ ANY NOU - PROSPERU AÑU NUEVU 


 


FELIZ AÑO NUEVO

lunes, 30 de diciembre de 2013

Museu del Cinema (Girona)



El Museo del Cine-Colección Tomás Mallol es una institución permanente, sin ánimo de lucro, abierta al público como un espacio de participación científica, cultural y lúdica de los ciudadanos, y al servicio de la sociedad y su desarrollo. Su misión es favorecer la comprensión y el conocimiento de la historia de la imagen en movimiento y del cine a través de la conservación, investigación, interpretación y exposición permanente de la Colección Tomás Mallol y de otras colecciones u objetos que puedan adquirir, así como también a través de la organización de actividades y el ofrecimiento de servicios que permitan la interacción con los visitantes y usuarios del museo.

Cómo dividir a dos amigos

Cuando Birbal estaba ausente, Akbar se daba cuenta de cuánto valía. Una vez, Birbal fue a visitar a sus parientes, y por esa época Akbar estaba preocupado por su hijo adolescente, el príncipe Salim (el posterior emperador Jehangir). El príncipe tenía un amigo que era una calamidad, de nombre Yusuf. En compañía de Yusuf, el príncipe Salim estaba adquiriendo malos hábitos.
Preocupado, Akbar consultó a sus ministros. Hubo vanas sugerencias:
-Enviad al príncipe Salim a otro lugar durante una temporada.
-Desterrad a Yusuf del reino.
-No permitáis que los dos se junten de nuevo.
-Hay que decirle al príncipe que su amigo no es buena compañía.
Aunque las propuestas eran numerosas, ninguna parecía útil.
El día en que volvió Birbal, Akbar le confió su inquietud. Birbal reflexionó y después contestó:
-Majestad, dadme dos días de tiempo. Vuestro problema será resuelto.
Al día siguiente, Birbal se encontró con Yusuf. Por casualidad, Salim también estaba presente. Birbal se llevó tranquilamente a Yusuf a un lado, y Salim lo notó. El astuto Birbal susurró entonces al oído de Yusuf:
-Yusuf, el sol siempre sale por el Este.
Luego, Birbal se apartó y dijo en voz alta:
-No se lo digas a nadie.
Dicho esto, Birbal se alejó.
En pocos segundos, el príncipe Salim estaba junto a Yusuf.
-¿Qué te ha susurrado al oído? -preguntó el Príncipe.
-Oh, nada -respondió Yusuf, lo cual no dejaba de ser cierto, pues Yusuf no había entendido bien lo que había dicho Birbal.
Pero el príncipe Salim desconfiaba.
-¡Mientes! Birbal susurró algo -insistió el Príncipe.
-De verdad que no he entendido lo que ha dicho -replicó Yusuf.
-Pensaba que eras mi amigo. Pero sólo podrás ser mi amigo si me dices lo que te ha contado Birbal -amenazó el Príncipe.
-Ha dicho alguna tontería: «El sol siempre sale por el Este» o algo por el estilo. De veras que lo ha dicho -juró Yusuf.
-¡Eres un mentiroso redomado! -gritó el Príncipe-. ¡Nunca más te dirigiré la palabra!
-¡Y tú eres más tonto que un arado! -respondió Yusuf también a voz en grito-. No te crees la verdad. Yo tampoco te dirigiré la palabra nunca más porque no confías en mí.
Escondido detrás de un árbol, Birbal contempló el drama. El Emperador estaría satisfecho con lo que había conseguido; en efecto, el príncipe Salim y Yusuf  nunca más se dirigieron la palabra. El Emperador premió espléndidamente a Birbal por separar a los dos amigos con tanta facilidad.

Clifford Sawhney - Cuentos y hazañas del incomparable Birbal

domingo, 29 de diciembre de 2013

Edgar Neville

Fin (Continuación)

II
A cien por hora regresaba hacia Oriente todo lo que quedaba de la humanidad, lo que quedaba después de millares de años de la emigración humana en sentido inverso. Era un regreso al hogar; aquel fin de raza se había enrollado las medias por debajo de las rodillas para no romperlas.
Munich, Viena, Budapest; a las ciudades muertas les crecía la barba, y el auto de Susana espantaba perdices en las plazas de la Ópera.
Las ruinas traen el otoño, y los pájaros cantaban sobre la ciudad como sólo cantan en un octubre húmedo.
En las casas se habían quedado encerradas las moscas y sus cabezazos contra los cristales eran como un reloj más, con cuerda aún.
En las torres de las iglesias, las campanas parecían bailarinas ahorcadas.
A la tierra se le había quitado la fiebre y descansaba tranquila; nacieron árboles y nacieron piedras. Se movió lo inanimado y los continentes, al notar que no había nadie para corregirlos, cambiaron de estructura.
Los mapas, en las escuelas desiertas, tomaron pátina de grabado antiguo. Una estrella bajó a mojarse las puntas en el mar.
Entonces Inglaterra, no pudiendo resistir el sonrojo ante el caos, se hundió en el agua. Susana se quitó el soutien en Budapest y lo dejó abandonado en la vía pública.
Poco a poco había ido perdiendo el miedo y ahora distraía su rauda huida cantando cuplés del bulevar.
Así llegó a Constantinopla, donde los perros habían muerto sobre las tumbas de los turcos, como si durmieran: en forma de media luna.
Por esa calle que indudablemente lleva a Asia, Susana enfiló su automóvil. En medio del puente tuvo que detenerse. Había una bicicleta tirada a través del paso. Un caballero inflaba un neumático.
–A su edad podría usted saber no interrumpir la circulación –dijo Susana enfadada. El caballero cesó en su tarea y miró a la muchacha, que se echó a llorar y se echó en sus brazos.
Juntos siguieron el viaje; el desierto sonreía como el que está de vuelta de las cosas.
El caballero, profesor de Historia, hacía vagos gestos de mano. Citaba grandes nombres inmortales, que sonaban extrañamente en aquella desolación. Explicó a Susana el ciclo de las civilizaciones y tuvo frases de elogio para los griegos.
Susana poseía un concepto menos amplio de la humanidad. Sus grandes admiraciones eran para una prima suya, casada con un hombre que se emborrachaba mucho, pero que estaba empleado en la Dirección del Catastro. Esa prima hacía unos bordados como nadie en París, y en cuanto a coger un punto en una media, no había quien la igualase... La conversación de los dos últimos humanos quedaba detrás del automóvil, vibrando un momento, para caer después y confundirse con la arena.
El aire ceñía el fino tul al cuerpo de Susana.
–¿No le da a usted pena –prosiguió ésta– pensar que somos los últimos?
–Tal vez tenga remedio –contestó el caballero galantemente.
–Además –añadió intencionadamente, los últimos serán los primeros.
Hubo un silencio embarazoso y llegaron a la confluencia del Tigris y el Eufrates. Allí se les terminó la gasolina.
Se sentaron en el suelo buscando temas de conversación; el caballero era el que los encontraba con más facilidad, diciendo de vez en cuando:
–Pues, sí; eso de que somos los últimos es porque queremos, señorita...
Tal vez fuera porque Susana había dejado el abrigo en el coche.


Y en esas estaban cuando llegó un señor de barba larga y aspecto bondadoso; junto a Él, el ángel de la espada de fuego. Venían del Paraíso terrenal, que está allí mismo.
Susana no lo reconoció al pronto.
–¿Quién es usted? –fue lo primero que le dijo.
El Señor estaba sonriente, lleno de buena voluntad.
–¿Qué hacéis aquí? –preguntó, y a su voz se hizo el eco donde no lo había.
–Señor –balbució el caballero–. Yo soy alemán, luterano. Esta señorita es francesa y católica; nosotros...
Dios interrumpió cortésmente:
–Ustedes me dispensarán si les digo que no entiendo nada de esto. Quiero saber qué hacen ustedes fuera del Paraíso, que es más bonito y más agradable que el descampado.
El ángel terció:
–Señor, los expulsó porque se comieron la manzana.
Dios: –¿Qué manzana?
Y el ángel, con un gruñido: –La manzana.
Dios rió de buena gana, y les empujó suavemente, diciéndoles:
–Vaya, vaya; veo que han interpretado con demasiada severidad el reglamento; volved a entrar, hijos, y aquí no ha pasado nada.
Y una brisa nueva remozó el planeta, mientras que Eva entraba buscando fruta.
(Edgar Neville)



sábado, 28 de diciembre de 2013

Museo de L´Hospitalet




El Museo de L'Hospitalet se encarga de difundir y conservar el patrimonio cultural y material del Hospitalet, dando a conocer el pasado, el presente y el proyecto de futuro de la ciudad. El Museo de L'Hospitalet participa en la Red de Museos Locales que impulsa la Diputación de Barcelona.
Exposiciones:
Programación de exposiciones temporales, priorizando propuestas profesionales de artistas de la ciudad.
Exposición estable "Color y forma", constituida por 20 retablos renacentistas y barrocos y por elementos escultóricos de la antigua iglesia de Santa Eulàlia de Mérida, fechados entre los siglos XVI y XVII.



Fin
I
Se venía diciendo hacía mucho tiempo: la gente se moría cada vez más y cada día se hacían menos abriguitos de punto. Por si era poco, vinieron dos guerras seguidas de epidemias; la muerte era el pan nuestro de cada día. Hasta los que tenían que dar ejemplo de vida, que son los centenarios, se morían también; era espantoso; se morían hasta los portugueses...
Era tan inevitable la catástrofe, que la gente la había aceptado sin histerismo; pero el tono de la vida había cambiado, adaptándose a la realidad. Ya no se daban citas, ya no se decía: «hasta mañana»; la gente vivía al día, a la hora, preocupándose sólo de morirse lo mejor posible, de morirse sobre el lado derecho.
Hubo un momento en que apenas quedaba nadie, y los pocos que eran se reían al cruzarse en la calle, estoicos ante lo inevitable.
–Y usted, ¿cuándo se muere? –se oía decir de vez en cuando.
La tierra se puso nerviosa y se sacudió varias veces; Italia dejó de tener la forma de una bota.
Y una mañana no hubo nadie para hacer los desayunos: es que se había muerto todo el mundo.
Había un silencio tan grande, que parecía que alguien iba a dar con la batuta en un atril; pero nada, ni un pitido, ni una orden, un silencio asombrado. Después de haber oído bien el silencio se percibía el tenue siseo de una cañería rota, que lo imponía más.
Las cosas esperaban al hombre, como todas las mañanas; lo esperaban angustiadas, sin comprender nada, destemplándose. Máquinas, casas, calles, ciudades, en espera, a punto de echarse a llorar.
Por las calles volaban frases últimas en demanda de un oído, y sombras de cuerpo, sin amo, corrían en su busca hasta encontrar la muerte al mediodía. Las alcantarillas daban el último suspiro de la ciudad.
La torre Eiffel, cruzando la boca de París, imponía el silencio de Occidente; el Sena corría de puntillas. De las estaciones habían salido todos los trenes. Era el 1º de mayo de la muerte. Los muertos dormían.
Los carteles aumentaban el drama, prometiendo lo que ya no se podría dar: retratos de actores y actrices desaparecidos, y las ¡100 girls, l00!, del Casino, que habían caído en fila como los soldados de plomo.
Sólo había vida en los relojes que tienen cuerda para muchos años, y su tic-tac eran los puntos suspensivos después de la palabra vida. A cada hora se ponían a sonar como unos tontos, recordando la hora que era a nadie, y a lanzar señales de auxilio con su telégrafo de banderas. Los segundos eran el pulso de la Tierra.
Un despertador que aguardaba el momento de dar su broma se desbordó en la habitación de Susana, tan violentamente, que la muchacha se incorporó.
Susana no había muerto, porque alguien había de ser el último en morir, y ése era precisamente su caso. Ella había seguido su vida ordinaria a través de la catástrofe. Por la noche había bailado y bebido en el mismo cabaret de siempre, y casi siempre había vuelto a su casa en compañía de un señor que nunca era el mismo y que la había abandonado a la mañana siguiente, dejándole 50 francos encima de la cómoda. A veces menos.
No leía periódicos, y sólo se levantaba para ir a su cabaret; el mundo, para ella, terminaba allí, en la puerta que da a las cocinas.
La noche anterior sólo habían sido seis o siete; faltaba el dueño y dos o tres parroquianos. A Susana no le había importado volver sola, porque al día siguiente quería levantarse temprano para ir a comprarse unos zapatos.
El despertador seguía gruñendo en el suelo, tratando de incorporarse, y eso acabó de desvelar a Susana, que miró a su lado para ver si había alguien y luego se levantó.
Susana, pensando que era el primer día que salía temprano a la calle y que iba a pasearse por tiendas y calles, quiso esmerar su toilette, eligió sus mejores medias y se pasó una hora larga ante el espejo maquillándose.
Mientras tanto, la hierba aplastada por la ciudad, dándose cuenta de lo ocurrido, pugnaba por levantar su losa.
Susana salió a la calle. Parece domingo –pensaba, al notar el silencio.
Caminaba sin darse cuenta del drama. Miraba a derecha e izquierda antes de cruzar las calles. No se daba cuenta de su soledad, a causa del reflejo de los escaparates, que multiplicaban su imagen y le producían sensación de multitud. Era como si una amiga fuese con ella. Entró en los Grandes Almacenes. Las altas bóvedas infladas de silencio parecía que iba a subir. En los mostradores estaban los postreros retales con el último sobo humano. Los cartones de los precios eran las esquelas de las cosas. Susana empezó a sentir miedo y trató de vencerlo, haciéndose la distraída, interesándose en los objetos expuestos.
Cruzó el patio central tocándolo todo, pero sus tacones hacían tanto ruido que parecía que la seguían. Huyendo de sí misma, caminando de puntillas, llegó al departamento de los trajes de señoras. Allí había docenas de maniquíes de cera, y respiró más tranquila porque le parecía haber entrado en una casa donde hubiera una fiesta.
Susana se sentó en una butaca y empezó a hablar. Contaba cosas a las muñecas, teniendo mucho cuidado de no hacerles preguntas. Sin embargo, en los silencios volvía el miedo y los maniquíes aumentaban su aspecto de desalmados, de muertos sorprendidos en un gesto difícil.
El que nadie la contestase le dio miedo y salió a la calle gritando. Corría en busca de alguien con quien hablar, pedía socorro en las encrucijadas, llamaba a todos los teléfonos para caso de incendio y siempre el silencio negro.
Se sentó en un banco al aire libre, tenía menos miedo; pero pensó en la noche y comprendió que no podría pasarla en la ciudad, especialmente por las esquinas que era lo que le hacía echar más de menos a la humanidad. Aquellas esquinas sin nadie detrás, sin la posibilidad de esconder a nadie.
Susana cogió un automóvil abandonado y partió en busca de alguien. Al principio todavía tocaba la bocina en los cruces, y sacaba la mano en las vueltas; al reflexionar, se indignaba con ella misma, y su mal humor le alejaba el miedo.
Rompió el espejo retrovisor, tiró el sombrero a la calle y se quitó el traje; era su respuesta al estado de cosas. En la plaza de la Ópera se quedó completamente desnuda. –Si queda alguien ahora viene, pensó. Pero nadie llegó a la oportunidad y, en vista que no la querían desnuda entró en la mejor peletería y se puso el abrigo más caro. Pero nada. Huyendo de la noche en la ciudad, se alejó de ella en automóvil, no sin derribar un quiosco de periódicos llenos de noticias que ya no interesaban a nadie.
(Continuará)

viernes, 27 de diciembre de 2013

La Impossible Llibreters



Después de una larga experiencia en el mundo de los libros han decidido dar un paso adelante y abrir su propia librería, La Impossible, en Carrer de Provença 232, especializada en catalán y una buena selección de literatura y ensayos en otros idiomas.
Quieren convertirse en una librería de referencia en catalán en la ciudad, donde encontrar un fondo de calidad y una cuidada selección de las nuevas publicaciones. Y un lugar de encuentro y de sinergias culturales donde llevar a cabo talleres familiares, presentaciones de libros, clubes de lectura, exposiciones relacionadas con el mundo de los libros, etc.
Han creado un ambiente amable donde todos los que les visitan pueden pasar un rato muy agradable disfrutando de la búsqueda de la lectura perfecta para cada momento.



jueves, 26 de diciembre de 2013

San Esteban






Sorprende a los que no son de aquí,  que en Cataluña se celebre el día de San Esteban casi tanto como el de Navidad. Es típico, además, comer canelones para aprovechar las sobras de la escudella y carn d’olla del día de Navidad.
San Esteban se declaró festivo en Cataluña porque antiguamente era festivo cada día siguiente a alguna fiesta que significara comilona familiar, pues debían recorrerse muchos kilómetros para reunirse las familias al completo en casa del que organizaba la comida, y los transportes no eran como los de ahora.


La sopa de piedras

Un viajero hambriento llegó a una casa en el camino. Llamó a la puerta y, cuando le abrieron, pidió de comer. Pero allí habitaba una fa­milia de corazón duro y poco piadosa.
-Si quieres comer, ¿por qué no trabajas? –le contestaron.
-Os equivocáis -contestó el viajero-, sólo deseaba averiguar si erais gente bondadosa. Yo no necesito comida, pues conozco la receta mágica de la sopa de piedras, así que a mí jamás me falta el ali­mento.
-¿Sopa de piedras? -se preguntaron aquellas gentes egoístas suponiendo inmediatamente que el conocimiento de aquella receta podría reportarles algún beneficio.
-Lamentamos profundamente haberte ofen­dido -dijeron al viajero-. ¿Por qué no entras y después de descansar no nos muestras esa receta de sopa con piedras?
-De acuerdo -contestó el viajero-, lo pri­mero es disponer de una buena olla con agua y po­nerla en el fuego, a continuación debéis recoger una docena de hermosas piedras bien redondeadas, las cuales tenéis que limpiar a fondo.
La familia siguió al pie de la letra las instrucciones.
-Mientras que limpiáis a conciencia las piedras -continuó ordenando el viajero-, nunca estará de más añadirle algunas verduras al agua; así que ir a la huerta y recoger tomates, pimientos, apio, cebollas y zanahorias.
La familia estaba muy contenta, obedeciendo las instrucciones para hacer la sopa de piedras.
-Debéis continuar limpiando las piedras hasta que brillen, esto es muy importante, pero para que el agua de cocción coja más gusto, agregaremos a las verduras un poco de jamón, tocino y una gallina pelada y troceada -ordenó el viajero.
Al cabo de un rato salía un olor estupendo de la olla.
-Falta sal -dijo el viajero después de probar el guiso. Creo que ahora debemos añadirle algunas hierbas aromáticas para amalgamar los sabores, y sólo al final pondremos las piedras si es que sois ca­paces de limpiarlas satisfactoriamente.
Al olor del caldo y ante la admonición del via­jero, los miembros de la familia se afanaron en lim­piar con más brío y entusiasmo las piedras.
-Mientras que termináis de limpiar las piedras, probaré este caldo, donde se han de añadir las pie­dras no sea que no esté en su punto -dicho lo cual, el viajero se sirvió un plato del guiso hasta arriba.
El viajero, una vez acabado el plato, se sirvió otro igual de repleto. Los miembros de la familia veían a aquel hombre como deglutía el jamón, la gallina y las verduras a dos carrillos; mientras la boca se les hacia agua y empezaban a mostrar síntomas de cansancio de tanto frotar las piedras.
-¡Ánimo, más brío, un poco más, y ya estarán listas esas estupendas piedras para añadirlas a la olla, no desfallezcáis que dentro de nada podréis disfru­tar de la irrepetible sopa de piedras. De este modo estimulaba el viajero a los fatigados habitantes de la casa a la vez que terminaba ya el contenido del reci­piente. El niño más pequeño de la casa advirtió el hecho y protestó ya en el límite de sus fuerzas:
-Señor, nosotros llevamos varias horas fro­tando con cepillos estas pesadas piedras, y usted en cambio se ha comido todo el guiso de la olla, ¿por qué no friega ahora un poco las piedras y yo como?
-Muchacho ignorante -clamó el viajero-, ¿no ves que yo soy el único que conoce el secreto de la sopa de piedras? Lo que yo he comido es un simple guiso de verduras, jamón y gallina que cualquiera sabe hacer y que se le puede añadir si se quiere a la sopa de piedras como acompañamiento. Yo, generosamente, me he brindado a mostraros mi secreto, y vosotros en cambio me habéis ofendido, pretendiendo que traba­jase. ¡Nunca me he sentido más insultado!
Dicho lo cual, se dio la vuelta y desapareció de la casa en un santiamén.
Aquella familia se quedó de una pieza, y por más intentos que realizaron, nunca encontraron el secreto de la sopa de piedras, pues cuando intenta­ban imitar lo hecho por el viajero, siempre les salía un guiso de verduras, jamón y gallina. En cuanto al muchacho, recibió una buena paliza y además se quedó varios días sin comer por idiota.

martes, 24 de diciembre de 2013

Museo do Pobo Galego


A Asociación "Padroado do Museo do Pobo Galego", constituída en Santiago de Compostela o 31 de xullo de 1976, ten como obxectivos investigar, conservar, divulgar, defender e promover a cultura galega en todos os seus ámbitos; e concretamente, crear e manter un museo ao servizo destes obxectivos.



Dende a fiestra da torre a condesiña ten os seus ollos chorosos enfiados na derradeira revolta do camiño, por onde un día fuxeu a súa ledicia de namorada. Co verme dos ciumes rillándolle o corazón a condesiña vai morrendo pouquiño a pouco na fiestra da torre.
E pasan días e meses e anos, esculcando no camiño a volta do seu amor. E nun serán de pensamentos velaíños, relembrando aquel bico que se deron a furto, a condesiña belida morréuse de amor.
Velahí como cantan as xentes a morte da namorada.
Este sartego encerra dende hai centos de anos as cinzas da malfadada condesiña, e a lenda que se conta de vellos e mozos colléu pulo sentimental no moimento de pedra, hucha misteriosa para todos os espíritos románticos.
Unha vez foi aberto polos intelectuales da vila, e dentro atoparon ósos, retrincos de lenzos, pó e... carabuñas de cereixas para encher dúas cuncas.
Por certo que o médico, home de moitos anteollos e de moita caspa na chaqueta, díxolle ao boticario:
-A condesiña do que morreu foi dunha enchente de cereixas...
Hai homes que non saben calar.
Castelao

domingo, 22 de diciembre de 2013

El pirineu és...


El sentido del reparto

Una terrible hambruna se había abatido sobre el país y una gran parte de la población estaba abocada a la muerte en medio de la miseria.
Sin embargo, los ricos, que se habían preocupado de llenar sus graneros y sus bodegas, seguían disfrutando de una vida próspera.
La mujer de Nasrudin dijo entonces a su marido:
-¡Es una vergüenza! ¡La mitad de los habitantes son ricos o tienen una situación acomodada mientras que la otra mitad no tiene ni siquiera con qué alimentarse! ¡Los niños se consumen y mueren! ¡Hasta las ratas de los pobres pasan hambre! ¿No puedes hacer nada?
-¿Qué quieres que haga?
-¿No podrías convencer a los ricos para que compartan con los pobres? Tú, cuya pericia todo el mundo alaba, ¿no podrías intentar establecer un mecanismo de solidaridad, de ayuda mutua?
-Mujer, tienes razón -dijo Nasrudin-. Ahora mismo me pongo a ello.
Nasrudin salió de casa y no volvió hasta cinco o seis días más tarde. Parecía agotado. Apenas podía hablar.
-Así que -le preguntó su mujer- ¿has cumplido tu misión?
-Sí, la he cumplido -respondió Nasrudin.
-¿Has conseguido convencerlos de que acepten un reparto justo?
-Lo he conseguido. Lo he conseguido a medias.
-¿Qué significa a medias?
-Sí, he convencido a los pobres.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Feliz Navidad


La Mamá Noel (Cuento de Navidad)

¿La aldea de Pouldreuzic llegaría a conocer alguna vez un período de paz? Desde hacía ya muchos lustros se hallaba desgarrada por el enfrentamiento entre los clericales y los radicales, entre la escuela libre de los Herma­nos y la comunidad laica, entre el cura y el maestro. Las hostilidades, que se revestían con los colores de las estaciones, llegaban a adquirir tonalidades legendarias cuando se acerca­ban las fiestas de fin de año. Por razones prác­ticas se celebraba la Misa de Gallo el día 24 de diciembre a las seis de la tarde. Y a esa misma hora el maestro, disfrazado de Papá Noel, dis­tribuía juguetes a los niños de la escuela laica. De esta forma el Papá Noel se convertía en un héroe pagano, radical y anticlerical al que el cura contraponía el Niño Jesús de su Belén animado -célebre en todo el cantón- del mismo modo que se arroja un chorro de agua bendita a la cara del diablo.
Sí... ¿Sería verdad que Pouldreuzic iba a conocer al fin una tregua? El maestro se había jubilado y había sido sustituido por una maestra que no era de aquella región y a la que todo el mundo observaba para saber de qué pie cojeaba. La señora Oiselin, madre de dos niños -el más pequeño de sólo tres meses de edad-, estaba divorciada y eso era como un estandarte de fide­lidad laica. Pero el partido clerical triunfó desde el primer domingo cuando vieron que la nueva maestra hacía una ostentosa entrada en la iglesia.
Las cartas parecían echadas. Aquel año no habría árbol de Navidad sacrílego a la hora de la Misa de Gallo y el cura sería el único amo del terreno. Por eso la sorpresa fue todavía mayor cuando la señora Oiselin anunció a sus alumnos que nada cambiaría de la tradición y que Papá Noel distribuiría sus regalos a la hora habitual. ¿A qué juego jugaba? ¿Y quién iba a hacer el papel de Papá Noel? El cartero y el guarda forestal, en los que todos pensaron al instante, dadas sus opiniones socialistas, afir­maban que ellos por su parte no sabían nada. Y la sorpresa general llegó al colmo cuando se supo que la señora Oiselin prestaba su hijo pequeño al cura para que hiciera de Niño Jesús en su Belén animado.
Al comienzo todo marchó bien. El pe­queño Oiselin dormía con los puñitos cerrados cuando los fieles desfilaron ante el Portal con los ojos acerados por la curiosidad. La mula y el buey -una mula de verdad y un buey de verdad- parecían enternecidos ante aquel bebé laico tan milagrosamente metamorfosea­do en Salvador.
Pero por desgracia el niño comenzó a inquietarse a partir del Evangelio y se puso a berrear en el mismo momento en que el cura subía al púlpito. Nunca se había oído una voz de bebé tan potente. La muchachita que hacía de Virgen María lo acunó contra su escuálido pechito, pero todo fue en vano. El chiquillo, rojo de ira, pataleando y moviendo los brazos, hacía retumbar las bóvedas de la iglesia con sus furiosos alaridos y el cura no podía lograr que se oyera una sola de sus palabras.
Por fin llamó a uno de los monaguillos y le dio un recado al oído. El chaval, sin quitarse siquiera la sobrepelliz, salió a la calle y en la iglesia pudieron oír el ruido de sus zuecos que se alejaban.
Unos minutos después, la mitad clerical de la aldea, congregada en aquella nave, tuvo una visión inaudita que se inscribe para siempre en la leyenda dorada del país de la mojigatería. Pudo verse al mismísimo Papá Noel irrumpir en la iglesia. Con grandes pasos se dirigió hacia el Portal. Luego apartó su gran barba de algodón blanco, se desabrochó su casaca roja y tendió un generoso seno al Niño Jesús, que se calmó al instante.
Michel Tournier

viernes, 20 de diciembre de 2013

El Teu Punt

    

                      

Palabras para Julia

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

Un hombre solo una mujer
así tomados de uno en uno
son como polvo no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otros hombres.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso. 

José Agustín Goytisolo

jueves, 19 de diciembre de 2013

Viena Edicions




Los dos monjes y la hermosa muchacha

Dos monjes, Tanzán y Ekido, viajaban juntos a lo largo de un camino embarrado. Llovía a cántaros y sin parar. Al llegar a un cruce se encontraron con una preciosa muchacha, vestida con un kimono y un ceñidor de seda, incapaz de vadear el camino.
-Vamos, muchacha -dijo Tanzán sin más. Y, levantándola en sus brazos sobre el barro, la pasó al otro lado.
Ekido no dijo ni una sola palabra, hasta que, ya de noche, llegaron al monasterio. Entonces no pudo resistir más.
-Los monjes como nosotros -le dijo a Tanzán- no deben acercarse a las mujeres, sobre todo, si son bellas jovencitas. Es peligroso. ¿Por qué lo hiciste?
-Yo la dejé allí -contestó Tanzán-. ¿Es que tú todavía la llevas?