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sábado, 5 de septiembre de 2015

MNAC 2




El miedo a los bárbaros

Las formas que adopta el avance hacia la civilización son múltiples. Una de ellas tiene que ver con la propia extensión de la entidad que designamos como «nosotros». Goethe, en un texto breve que data del año de su muerte, «Las épocas de la cultura social», presenta una escala de valores en este sentido. En el punto más bajo, lo más cer­ca de la barbarie, está el grupo humano que sólo conoce a los individuos que forman parte de su familia. Esta des­cripción no está muy lejos de la que ofrecen en la actuali­dad los paleontólogos y los estudiosos de la prehistoria: en el origen cada grupo humano vivía en un territorio aisla­do, no se admitía la presencia de extranjeros y la xenofo­bia era de rigor, ya que todo desconocido era un posible enemigo. Se da un paso hacia la civilización cuando ese grupo se reúne con otros y establece contactos prolonga­dos con ellos; otro paso más cuando forman juntos enti­dades superiores, un pueblo, un país, un Estado. El estado superior se alcanza cuando acceden a la universalidad, cuan­do descubren ideales comunes con los demás miembros de la especie y están dispuestos, por ejemplo, a «colocar todas las literaturas extranjeras en pie de igualdad con la literatura nacional».
Encerrarse en sí mismo se opone aquí a abrirse a los otros. Creerse el único grupo propiamente humano, ne­garse a conocer nada al margen de la propia experiencia, no ofrecer nada a los otros y permanecer deliberadamen­te encerrado en el propio medio de origen es un indicio de barbarie; reconocer la pluralidad de grupos, de socieda­des y de culturas humanas, y colocarse a la misma altura que los otros forma parte de la civilización. Esta exten­sión progresiva no debe confundirse con la xenofilia, la preferencia sistemática de los extranjeros, ni con culto alguno a la diferencia; simplemente nos indica la mayor o menor capacidad de reconocer nuestra común huma­nidad.
Otra manera de avanzar de la barbarie a la civilización consiste en distanciarse de uno mismo para ser capaz de verse desde fuera, como con los ojos de otro, y ejercer así un juicio crítico no sólo de los otros, sino también de uno mismo. Cuando renunciamos a privilegiar siempre nues­tro punto de vista en las relaciones sociales, nos acerca­mos a los otros. Tampoco en este caso se trata de preferir la propia denigración al orgullo de ser lo que se es, ya que ello supondría olvidar que ni la barbarie ni la civilización califican permanentemente a los seres, sino sólo su estado y sus acciones, de los que algunos son causa de orgullo y otros de remordimientos. Lo que ganamos es ser capaces, cuando es necesario, de lanzar una mirada escrutadora sobre nosotros mismos, sobre nuestra comunidad, sobre el pueblo del que formamos parte para poder descubrir que «nosotros» somos capaces de llevar a cabo actos de barbarie.
Otra forma diferente de progresión hacia la civiliza­ción consiste en conseguir que las leyes del país en el que vivimos traten a todos los ciudadanos igual, sin distinción de raza, religión o sexo. Por el contrario, los países que mantienen estas diferencias, ya sea bajo la forma de privi­legios legales o de apartheid, están más cerca de la barba­rie. La práctica de la esclavitud tiene que ver con ello. El Estado liberal es más civilizado que la tiranía porque ga­rantiza la misma libertad para todos; la democracia es más civilizada que el Antiguo Régimen, pero también que todo Estado étnico, ya que éste mantiene un régimen de privile­gios. Por la misma razón, aunque en otro ámbito, la ma­gia es más bárbara que la ciencia, dado que la una implica una diferencia irreductible entre el que sabe y el que no sabe, mientras que la otra avanza mediante observaciones y razonamientos que nada tienen de secretos y a los que cualquiera puede acceder. El diálogo, que garantiza una posición equivalente a todos los interlocutores, es una for­ma de comunicación más civilizada que el discurso solem­ne, en el que uno lanza certitudes mientras los demás escuchan, o que las palabras del oráculo, del profeta o del adivino. Aceptar un presupuesto por acto de fe implica que el emisor y el receptor del mensaje no son iguales; aceptarlo por un acto de razón coloca a uno y a otro en el mismo nivel, y en consecuencia la primera práctica es más bárbara que la segunda.
En una comunidad es más civilizado el que conoce me­jor los códigos y las tradiciones, ya que ese conocimiento le permite entender los gestos y las actitudes de los demás miembros de su grupo, y acercarlos así a su propia huma­nidad. La idea de civilización implica el conocimiento del pasado. El que limita su comprensión y su expresión e ig­nora los códigos comunes se condena fatalmente a mover­se sólo en su pequeño grupo y a excluir a los otros. El bár­baro se niega a reconocerse en un pasado distinto de su presente. La cortesía, que es un aprendizaje de la vida con los demás, es a su vez un primer paso hacia la civilización.
La tortura, la humillación y el sufrimiento que se infli­gen a los otros forman parte de la barbarie. Lo mismo cabe decir del asesinato, y más aún del asesinato colectivo, el genocidio, sea cual sea el criterio con el que se ha deli­mitado el grupo al que se desea eliminar: la «raza» (o ca­racterísticas físicas visibles), la etnia, la religión, la clase social o las convicciones políticas. Los genocidios no son un invento del siglo xx, pero no podemos pasar por alto que en este siglo se han perpetuado: masacres de armenios en Turquía, de «kulaks» y «burgueses» en la Rusia sovié­tica, de judíos y de gitanos en la Alemania nazi, de habi­tantes de las ciudades en Camboya, de tutsis en Ruanda... Ya Estrabón decía que hacer la guerra es más bárbaro que gestionar los conflictos mediante la negociación. Pero también es un acto de barbarie que una comunidad yezidj (que vive en el norte de Irak) lapide a una chica porque se ha enamorado de un chico suní que no pertenece a su co­munidad. Por el contrario, la decisión de instituir un tri­bunal en Nuremberg al término de la Segunda Guerra Mundial, es decir, un juicio conforme a la ley en lugar de un ajuste de cuentas, es un signo de civilización, por gran­des que sean las imperfecciones e incluso las contradiccio­nes internas de ese tribunal; y lo mismo cabe decir del es­tablecimiento de una comisión para la verdad y la reconciliación en Sudáfrica (o en cualquier otra parte), que permite no encerrar a todos los defensores del antiguo régimen en la categoría de monstruos, de criminales o de sádicos perversos.       ­

Tzvetan Todorov