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martes, 21 de noviembre de 2017

Arnaldo Biete




La Primera Gripe de Adán 

Pienso en la primera enfermedad, es decir, en la enfermedad del primer hombre, Adán. No pienso en una enfermedad grave: para lo que quiero pensar, me basta con una gripe.
Yo no estuve allí, desde luego, pero tengo para mí que Adán no debió sentir mucho la pérdida del paraíso. Le ocurriría probablemente como a los que saltan de la cama a una habitación fría y no reparan en la baja temperatura hasta en el momento en que su cuerpo pierde el calor que había absorbido entre las sábanas: vería Adán el mismo cielo azul que había visto antes, y vería los mismos ríos limpios, y los mismos pájaros, y no tendría otra incomodidad que la provocada por algunas imágenes llegadas en sueños, imágenes de un ángel con una espada, o de una serpiente, o de un árbol lleno de manzanas a causa del cual, él no sabía muy bien por qué, habían tenido en el paraíso una gran discusión. ¿Durante cuánto tiempo viviría Adán inmerso en aquella inocencia? Ya he dicho que no estuve allí, y no lo sé. Lo que sí sé, porque me es fácil imaginarlo, es lo que sintió un día al despertar: dolor de garganta, tos persistente, cierta sensación de mareo y malestar en el estómago. Todo es relativo, y para alguien que había vivido en el paraíso el mal que sentía era un mal terrible, y Adán, presa del pánico y de un humor que luego, siglos después, alguien llamaría melancolía, se dirigió hacia la mujer que tenía a su lado y exclamó: “Eva, me estoy muriendo”. La exclamación, por decirlo así, resultó en aquel contexto revolucionaria: se utilizaba por primera vez el verbo morir, y por primera vez también, aquel hombre reparaba en la persona que le había acompañado tras la salida del paraíso. Efectivamente, allí estaba Eva. Allí estaba él, Adán, muriéndose.
Incontables fueron, o debieron ser, las mutaciones que se produjeron durante los días que Adán tuvo la gripe, pero en esta somera descripción sólo voy a dar cuenta de aquella que, por primera vez en su vida, y por primera vez en el mundo, permitió a Adán decir una frase ligeramente inútil, del estilo de “¡qué color tan bonito tienen esos melocotones!” ¿Qué había ocurrido? Pues que, asustado y débil, es decir enfermo, pudo descubrir al fin la belleza de las cosas.
Imagino ahora lo que ocurrió una semana después. Imagino que, repuesto de la gripe, abrazaría a su mujer y le diría: “¡Eva, nunca me he sentido mejor!” Expresión que en su caso, viniendo de donde venía, era muchísimo decir. Y supongo –para seguir con mis imaginaciones- que Adán mantuvo esa convicción hasta el día en que, por poner un ejemplo más que posible, descubrió al pequeño Caín con la frente ardiendo y todo el cuerpo lleno de manchitas rojas. Y supongo que volvió a pasarlo mal para luego volver pasarlo bien y que vivió hasta el día en que descubrió que la flaqueza que tenía era la flaqueza final. ¿Qué pensaría entonces Adán? Me da bastante pena no haber estado allí y no saberlo con seguridad, pero me aventuraría a afirmar que, a pesar de todo, a pesar de encontrarse ya sin salida, a pesar de las desgracias familiares, comprendió y aceptó que la vida era precisamente lo que había ocurrido después de haber salido del paraíso. 

Bernardo Atxaga

domingo, 19 de noviembre de 2017

Capital Decor



Kalimán el magnífico y la pérfida Mesalina

Todo empezó un mediodí­a de abril cuando oí­ dentro de mi cabeza aquellas voces extrañas queriendo comunicarme sus mensajes. Entonces yo trabajaba de tipógrafo, el único oficio que habí­a conocido desde niño. Aturdido por el desconcierto me desmayé, arrastrando en mi caí­da el chibalete. Los tipos de bronce se desparramaron por el suelo y tuve que pasar la tarde entera reponiéndolos en las cajas. – Será de hambre que te desmayaste -me dijo lleno de lástima José de Arimatea, el prensista, que habí­a corrido en mi auxilio al oí­r el desbarajuste. Y era cierto que no habí­a desayunado esa mañana como tantas otras mañanas en que me presentaba a la tipografí­a con el estómago vací­o. Eran siete bocas las que tení­a que alimentar para entonces porque mi mujer quedaba preñada con una sola de mis miradas, aunque fueran miradas inocentes. Por lo menos, era lo que yo creí­a en aquel tiempo. Traté de explicarle a José de Arimatea que el hambre no era la causa de mi desvanecimiento, sino que aquellas voces habí­an entrado en tropel tan desenfrenado en mi cabeza que mi mente no habí­a podido soportar la impresión de semejante novedad. – Así­ es el hambre, hermano -insistió él-. Te hace oí­r voces y ver visiones. Es lo que le pasaba a los santos ermitaños. Ya repuesto del susto, y mientras me dedicaba a recoger los tipos para devolverlos a las cajas, leyendo con paciencia las í­nfimas cabecitas según cada letra, las voces volvieron a dejarse oí­r, ya más sosegadas. En adelante -me explicaron- ellas iban a concederme la gracia de la adivinación. Pero mis poderes no iban a tener que ver con el número premiado de la loterí­a, ni con enterramientos de tesoros, sino con las perfidias de amor, las pasiones infieles y los ardides del corazón. Yo debí­a ir por el mundo desengañando a aquellos que, ví­ctimas inocentes de conspiraciones traidoras, ignoraban las viles tramas que llenaban de sombras malignas sus vidas. Ellas iban a dictarme nombres, escondites de cartas comprometedoras, sitios clandestinos donde se consumaban las traiciones. Identificarí­a a las mujeres adúlteras, descubriendo en sus rostros las huellas del pecado que nadie más que yo percibirí­a; y aun antes de enfrentarlas, las voces, convertidos en gemidos de angustia, me advertirí­an de su odiosa presencia, así­ como me revelarí­an el sino de los hombres engañados con sólo verlos levantar la cortina al entrar en mi consultorio. Porque aquella misma tarde decidí­ abrir mi consultorio de adivino y abandonar el oficio de tipógrafo. Una vez que terminé de reponer en las cajas los tipos como despedida compuse la papeleta que José de Arimatea, incrédulo aún de mis facultades, y burlesco como siempre, imprimió en tinta ciclamen, según mis indicaciones. – Ese oficio de andarte metiendo en las vidas ajenas te va a costar caro -me advirtió. Pero yo no estaba para detenerme a oí­r consejos que no fueran los de las voces aliadas. Le robamos al propietario de la imprenta media resma de papel celeste, del mismo que serví­an para imprimir los programas de los circos. El nombre de adivinador que escogí­ – Kalimán el magní­fico- , lo puse en los encabezados, en tipos de fantasí­a, y debajo, la dirección de mi casa en el barrio de Campo Bruce, el único sitio donde podí­a abrir mi consultorio pese a todas las inconveniencias del caso. El propietario de la imprenta se dio cuenta del robo a la mañana siguiente, cuando ya decidido a emprender mi nueva vida de adivinador me presenté en el taller a reclamar mi liquidación, confiado además en poder llevarme los paquetes de papeletas que José de Arimatea ya tení­a traspuestos en el cajón de los desperdicios de papel. Al propietario, Don Nicomedes, lo llamábamos a sus espaldas Basilisco, dado su carácter sulfuroso, y ya pueden imaginarse el respeto forzado con que José de Arimatea y yo lo tratábamos. Muy receloso en el control de los materiales, contaba las remesas de papel todas las mañanas, y al notar la falta nos puso en confesión. Como no lograba sacarnos nada, se dedicó a registrar todos los rincones, y ya iba directo al cajón de los desperdicios cuando las voces se presentaron en mi auxilio. Urgidas, me aconsejaron que debí­a revelarle el amargo secreto de que su hija de catorce años iba a fugarse con un hombre casado. En lugar de mostrarse agradecido, como era mi esperanza, más violenta fue su furia. Enardecido por mi atrevimiento abandonó la búsqueda y corrió a su escritorio a sacar de la gaveta una pistola con la que me apuntó, decidido a matarme. Maldije entonces a las voces, y como después va a quedar patente, no iba a ser la única vez que habría de maldecirlas. Pensé que me habí­a quedado para siempre sin habla, mientras esperaba mi fin, pero las voces hicieron el milagro de que me salieran las palabras para decirle, en un balbuceo, que buscara la carta del malhechor en el bulto escolar de la niña, metida entre las páginas del libro de gramática de G.M. Bruño. Mientras tanto, José de Arimatea, acobardado, se habí­a pegado contra la pared. Basilisco me insultó otra vez, pero ya habí­a cierto asomo de duda en su semblante. -Camina -me ordenó. Y poniéndome el cañón de la pistola en las costillas me hizo atravesar la puerta que separaba su vivienda de la tipografí­a. La niña estaba por irse al colegio, y hoy que me acuerdo de la trampa que le habí­a tendido mi portento a la pobre criatura, aún siento lástima por ella; aunque en aquel momento de angustias ni lástima de mí­ mismo tuve tiempo de sentir. La niña, de pie junto a la mesa del comedor, ya el bulto a la espalda, donde permanecí­a escondido el cuerpo del delito, bebí­a su café soplando a cada sorbo la taza enlozada. Basilisco obligó a la niña a entregarle el bulto y la mandó a encerrarse en el aposento, entre los llantos y reclamos de la esposa y de la criada, a las que también ordenó alejarse, mientras seguí­a sonando a todo volumen el tocadiscos que la señora poní­a desde la hora del desayuno con su canción preferida del Trí­o Los Panchos, Flor de Azalea. Apuntándome con la pistola me hizo abrir el bulto y desparramar los libros y cuadernos sobre el piso, hasta que de entre las páginas de la gramática salió a volar la carta perfumada. Las voces, mientras tanto, se trocaron en risas chavacanas, celebrando no sé si mi desdicha o mi primer éxito de adivino. Basilisco la leyó, con la cara descompuesta, y ya no fue a mí­ a quien quiso matar sino a José de Arimatea, porque era él el firmante de la propuesta traicionera, aunque yo no habí­a alcanzado a identificar su nombre en mi profecí­a. Y demás está decir que Basilisco, blandiendo en alto la pistola, corrió hacia la tipografí­a en su busca, sin encontrarlo, demás está decirlo también, porque al no más verme desaparecer cautivo por la puerta, manos arriba, José de Arimatea habí­a emprendido la fuga en su ropa de fajina dejando colgada en el clavo del tabique su mudada catrina. José de Arimatea, en la calle, era el catrí­n entre los catrines, un enamorado empedernido vestido siempre de blanco, la concertina en la bolsa trasera del pantalón, que sacaba siempre en auxilio de sus lances. Y mientras yo me quedaba dentro de la casa, los ojos apretados para saber lo que las voces tení­an que ordenarme, y cabe decir que se obstinaron en callar, mi ensayo de trance fue roto por los disparos que sonaron desde la calle. Di por muerto a José de Arimatea, equivocación que compartió la esposa de Basilisco, porque corrió como una loca, en camisón, atropellando los muebles. -¡Me lo mataste, cobarde, me lo mataste! -gritaba en desafuero mientras alcanzaba la puerta Revelación que tampoco me habí­a sido dictada por las voces, así­ serí­an otras veces de veleidosos mis poderes. Armándome de valor yo corrí­ tras ella. Pero no habí­a matado Basilisco a José de Arimatea sino que furioso, al no encontrar rastros suyos en la calle, se habí­a contentado con descargar su pistola al aire, espantando a los zanates que rondaban los aleros. Por lo visto, la fatalidad perseguí­a a aquella casa. Las voces aparecieron, otra vez ente risas sofocadas, para recomendarme que mejor me alejara cuanto antes del lugar de los hechos, no sin antes insuflarme el valor suficiente para penetrar en la tipografí­a. que habí­a quedado desierta, en el afán de recoger los paquetes de papeletas. Así­ lo hice, aprovechando el momento en que Basilisco, a falta de tiros, forzaba del pelo a la infiel para arrastrarla de vuelta a la casa; y ya adentro todo fue un estrellarse de sillas y quebrar de trastos. La primera víctima de aquel mar de destrozos fue el tocadiscos, mismo que calló para siempre, lanzado violentamente al piso. Mientras tanto, yo me fui, cargando en la cabeza los paquetes. Hasta entonces comprendí­, sin que las voces me lo dijeran, el porqué de aquel eterno cantar del Trí­o Los Panchos, con su flor de azalea, la más amarga desesperación, que empezaba apenas José de Arimatea poní­a pie en la tipografí­a y que no cesaba hasta que la prensa se apagaba al atardecer, cuando, a manera de despedida, él tocaba la misma melodí­a en su concertina, arrimándose a la puerta medianera. Y comprendí­ el porqué de aquellas sopas de gallina que le enviaba la enamorada, ya lejos la hora del almuerzo, cuando Basilisco roncaba su siesta. Sopas, que dicho sea de paso, jamás fueron para mí­, a pesar de mis respetuosas cortesí­as para con ella. La muy pérfida, no se dignaba compadecerse de mi hambre. Pero aún no habí­a descendido sobre mí­ el poder de la adivinación conferido por las voces, acerca de cuya constancia y fidelidad, tengo, de todas maneras, tantas quejas. Y hasta ahora entiendo que si un error cometió la infiel, fue utilizar a su tierna hija como correo de las sopas. La niña, sonriente, se acercaba a la prensa llevando el tazón caliente, con el cuidado de no derramarlo, y esperaba hasta que José de Arimatea se la bebí­a toda, sin convidarme, mientras cuchicheaban los dos, apartados de mis oí­dos. Después, como despedida, le regalaba una interpretación de Flor de Azalea con la concertina, ajena la madre a todos aquellos coloquios porque, seguramente, su oficio estaba en vigilar los ronquidos de Basilisco junto a la puerta del dormitorio, temerosa de que no fuera a despertarse antes de tiempo. Kalimán el Magní­fico, en poco tiempo se hizo famoso en la ciudad de Managua, capital de la república, y lugares circunvecinos. La dirección de la humilde vivienda de este servidor en el barrio Campo Bruce, pregonada en las papeletas, se convirtió en obligado punto de atracción para todos aquellos que querí­an saber si eran dichosos o infelices en las suertes del amor, si viví­an en la verdad, o en el engaño. Gracias a las voces, atraje sobre mi amistades eternas por los favores concedidos, y por igual, inquinas peligrosas, porque al descifrar los arcanos de la infidelidad alguien salí­a necesariamente perjudicado. Era difí­cil entenderme con las voces, entre la algarabí­a de los crí­os que berreaban y peleaban, y entre los gritos aguardentosos de mi mujer que dada a la bebida, se comportaba de manera hostil con los clientes, a pesar de que los emolumentos percibidos le reparaban beneficios, pródiga ahora en comprarse vestidos de tafetán, lápices de labio y coloretes, aunque se olvidara de mi almuerzo, enemiga como se volvió de acercarse a la cocina para no arruinar el esmalte de sus uñas, porque pintarse las uñas, que se habí­a dejado crecer como navajas peligrosas, era una de sus ocupaciones favoritas. Si me atreví­a a reclamarle, enderezaba sus inquinas contra mi, burlándose a carcajadas del turbante de seda adornado con un broche artí­stico, que yo habí­a elegido como la pieza principal de mi atuendo. Pero fue mi fama la que vino a rescatarme de aquel infierno. Acepté la oferta de adivinar por la radio, ya que la YNW, la muy escuchada Radio Mundial, me abrió sus puertas, dándome la hora estelar de la noche, después del repris de El derecho de nacer. Las voces, que se mostraban molestas en aquel ambiente, no se opusieron al cambio y, mas bien, me felicitaron. Además, La Mejoral, que patrocinaba el programa, me retribuí­a con cierta largueza, que superaba en mucho los emolumentos de los clientes. Antes de regresar a mi casa, casi a la medianoche, pasaba comiéndome un sandwich de jamón por el restaurante Munich, me tomaba mi cerveza; ya no padecí­a de hambre. Como los oyentes llamaban por teléfono o enviaban sus cartas bajo seudónimo, para someter a consulta sus casos, corrí­a menos riesgos de ser ví­ctima de alguna venganza. Y para no tener que verle la cara a mi mujer en el dí­a, ni aguantar berridos y bochinches, me iba a los estudios de la Radio Mundial a preparar las respuestas a las cartas para tenerlas listas a la hora de empezar el programa. A prudente distancia del micrófono, tal como el controlista me habí­a indicado, leí­a las cartas y respondí­a a cada llamada que entraba por el parlante de la cabina, con aplomo y parsimonia, como si se tratara de un pastor protestante que predicara casa por casa. A usted su mujer lo engaña, busque la carta en tal sitio, se ven en tal lugar, no está en el cine, está con el otro en la pensión tal, ese hijo que va a tener tiene otro padre, desconfí­e de su más í­ntimo amigo, no le crea a su esposa que su mamá está enferma y por eso se fue a Jinotega, cuando usted se va al trabajo el otro entra, se acuestan en su propia cama, ese collar no se lo sacó en una rifa, es regalo de su amante, ese disco de Nat King Cole que pone a cada rato, es porque le recuerda los momentos de pasión que ha vivido con él, llévela donde un sacerdote, tal vez se arrepiente, déjela de una vez por todas, ya no hay remedio para sus desvarí­os, perdónela por esta vez, quiera a ese niño aunque no sea suyo, la criatura no tiene la culpa, si decide castigarla, no lo haga delante de sus hijos. Sea valiente, que si un amor paga mal, otro vendrá a reponerlo. A veces, las voces se reí­an de mis consejos, y se permití­an comentarios libertinos, pero yo estaba ya acostumbrado a sus mofas, y no me enojaba. Viví­a en paz con ellas, porque al fin y al cabo, me procuraban el sustento. Hasta que una noche, entró por el parlante una voz aguardentosa de mujer, que yo conocí­a – Señor Kalimán, aquí­ le habla Mesalina. Soy una mujer casada, y con hijos. Desde hace tiempo, por distracción, le he sido infiel a mi esposo con varios hombres. Si los hijos que he tenido son o no son de él, que él mismo lo averigíue, para eso tiene poderes sobrenaturales. Pero ahora ardo de pasión por un caballero muy galante, que dice que me adora, y toca muy lindo la concertina. Cuando mi esposo no está en las noches, y es que nunca está, el caballero y yo nos citamos en una pensión frente a la estación del ferrocarril. Otras veces, me lleva al cine, me lleva a bailes. Acaba de proponerme que me vaya con él para Chinandega, y que allí­ vamos a vivir felices. Las voces, más divertidas que nunca estallaron en un gran riserí­o. Yo, como era natural, me quedé helado, sin responder, mientras el controlista me llamaba la atención, golpeando el vidrio de la cabina. – Aló -se oyó en el parlante. – ¿Cuál es entonces su pregunta? -dije al fin yo, con el puñal de la desesperación clavado en el pecho. – No tengo pregunta -contestó ella-. Sólo quiero que mi esposo sepa que ya le acepté la propuesta al caballero, que ya me fui de la casa. Aquí­ está conmigo el caballero. Buenas noches, se despide, Mesalina. Para colmo de todos los males, en el parlante se escuchó, antes de que ella colgara, una concertina que tocaba flor de azalea la vida en su avalancha te arrastró. -¡­Puta, mil veces puta! -grité yo, remeciendo el micrófono, que se zafó del pedestal y cayó con un golpe sordo al suelo. Yo lo recogí­, y seguí­ gritando. El controlista, espantado, se lanzó sobre la consola a cerrar el switch del sonido, y a la carrera puso en la tornamesa la cuña de la Mejoral, cualquier dolor, cualquier mal, mejor mejora Mejoral. Me abandonaron para siempre las voces; las muy léperas, desaparecieron de mi cabeza sin despedirse. Volví­ a encontrar empleo de tipógrafo en el periódico Flecha, otra vez, siempre con el estómago vací­o, por tantas bocas que alimentar. Componiendo una vez un artí­culo, me encontré en el original mecanografiado el nombre de Mesalina. Allí­ se explicaba que la tal Mesalina fue la esposa del emperador Claudio, una mujer licensiosa que se envanecí­a de haber llevado a su lecho a todos los centuriones de las legiones romanas, y tení­a por gloria superar en la intensidad de sus orgasmos a las hetairas de los lupanares más célebres del imperio. Qué nombre más nefasto, Mesalina. ¿De dónde lo habrá sacado la pérfida para ponérselo de seudónimo, la noche en que me llamó por teléfono para comunicarme que se iba con José de Arimatea? Si jamás leí­a periódicos, si en su vida habí­a tocado un libro. Las voces lo sabrán. Pero a mi cabeza, que no vuelvan nunca.

Sergio Ramírez

viernes, 17 de noviembre de 2017

Caixa Forum Madrid




La Sirena (1541)

Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias, sus desalientos, sus locos viajes y la traidora pasión con que se matan unos a otros. Las conducen los indios en sus canoas y pasan de tribu en tribu, internándose en los bosques, derramándose por las llanuras, desfigurándose, complicándose, abultándose. Las llevan las bestias feroces o curiosas: los jaguares, los pumas, las vizcachas, los quirquinchos, las serpientes pintarrajeadas, los monos, papagayos y picaflores infinitos. Y las transmiten también en su torbellino los vientos contrarios: el del sudeste, que sopla con olor a agua; el polvoriento pampero; el del norte, que empuja las nubes de langostas; el del sur, que tiene la boca dura de escarcha.
La Sirena oyó hablar de ellos hace años, desde que apare­cieron asombrando al paisaje fluvial las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Gaboto. Por verles abandonó su refugio de la laguna de Itapuá. A todos les ha visto, como vio más tarde a quienes vinieron en la flota magnífica de don Pedro de Mendoza, el funda­dor. Y ha crecido su inquietud. Sus compañeros la interrogaban, burlones:
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
Y la Sirena se limitaba a mover la cabeza tristemente.
No, no había encontrado. Se lo dijo al Anta de orejas de mula y hocico de ternera que cría en su seno la misteriosa piedra bezoar; se lo dijo al Carbunclo que ostenta en la frente una brasa; se lo dijo al Gigante que habita cerca de las cataratas estruendosas y que acude a pescar en la Peña Pobre, desnudo. No había encontra­do. No había encontrado.
Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamen­te, semiescondida por el fleco de los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar.
Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos que levantan cortinas de lluvia transparente, ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y a veces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso. Los yacarés la acompañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena con­tinúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimien­to, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
La mofa: ¿Has encontrado?
Suspira porque presiente que nunca hallará. Los hombres blancos son como los aborígenes: sólo hombres. Tienen la piel más fina y más clara, pero son eso: sólo hombres. Y ella no puede amar a un hombre. No puede amar a un hombre que sólo sea hombre, ni a un pez que sea sólo pez.
Ahora nada por el Río de la Plata, rumbo a la aldea de Men­doza. El Gigante le ha referido que unos bergantines descendieron de Asunción, y por los faisanes ha sabido que sus jefes se aprestan a despoblar a Buenos Aires. Precaria fue la vida de la ciudad. Y tris­te. Apenas han transcurrido cinco años desde que el Adelantado alzó allí las chozas. Y la destruirán.
En la vaguedad del crepúsculo, la Sirena: distingue los tres navíos que cabecean en el Riachuelo. Más allá, en la meseta, arden los fuegos del villorrio destinado a morir.
Se aproxima cautelosamente. No ha quedado casi nadie en los bergantines. Eso le permite acercarse. Nunca ha rozado como hoy con el pecho grácil las proas; nunca ha mirado tan vecinas las velas cuadradas que tiemblan al paso de la brisa.
Son unos barcos viejos, mal calafateados. La noche de junio se derrumba sobre ellos. Y la Sirena bracea silenciosamente alrede­dor de los cascos. En el más grande, en lo alto de la roda, bajo el bauprés, advierte una armada figura, y de inmediato se esconde, te­merosa de ser descubierta. Luego reaparece, mojado el cabello ne­gro, goteantes las negras pestañas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo? O no... o no es un hombre... El corazón le brinca. Vuelve a zambu­llirse. La noche lo cubre todo. Únicamente fulgen en el cielo las estrellas frías y en la aldea las fogaradas de quienes preparan el via­je. Han incendiado la nao que hacía de fortaleza, la capilla, las casas. Hay hombres y mujeres que lloran y se resisten a embarcar, y los vacunos lanzan unos mugidos sonoros, desesperados, que suenan como bocinas melancólicas en la desierta oscuridad.
Al amanecer prosigue la carga de los bergantines. Partirán hoy. En lo que fue Buenos Aires, sólo queda una carta con instrucciones para quienes arriben al puerto, aconsejándoles cómo precaverse de los indios y prometiéndoles el Paraíso en Asunción, donde los cristianos cuentan con setecientas esclavas para servirles.
Las naos remontan el río, entre las islas del delta. La Sirena las sigue a la distancia, columpiándose en el vaivén de las estelas espumosas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo?
Tuvo que aguardar a la luz indecisa de la tarde para verle. No había abandonado su puesto de vigía. Con un tridente en la de­recha y una rodela embrazada, custodiaba el bauprés del cual tiro­neaban los foques al menor balanceo. No, no era un hombre. Era un ser como ella, de su casta ambigua, hombre hasta la mitad del cuer­po, pues el resto, de la cintura a los pies, se transformaba en una mén­sula adherida al barco. Una barba rígida, triangular, le dividía el pecho. Le rodeaba la frente una pequeña corona. Y así, medio hom­bre y medio capitel, todo él moreno, soleado, estriado por las tor­mentas, parecía arrastrar el navío al impulso de su torso recio.
La Sirena ahogó un grito. Surgieron en la borda las cabezas de los soldados. Y ella se ocultó. Se sumergió tan hondo que sus ma­nos se enredaron en plantas extrañas, incoloras, y el olear se llenó de burbujas.
La noche arma de nuevo sus tenebrosas tiendas, y la hija del Mar se arriesga a arrimarse a la popa y a deslizarse hasta el bau­prés, eludiendo las manchas amarillas de los faroles encendidos. A su claridad el Mascarón es más hermoso. Se le sube la luz por las barbas de dios del Océano hacia los ojos que acechan el horizonte.
La Sirena le llama por lo bajo. Le llama y es tan suave su voz que los animales nocturnos que rugen y ríen en la cercana es­pesura callan a un tiempo.
Pero el Mascarón de afilado tridente no contesta y sólo se escucha el chapotear del agua contra los flancos del bergantín y la salmodia del paje que anuncia la hora junto al reloj de arena.
Entonces la Sirena comienza a cantar para seducir al impa­sible, y las bordas de los tres navíos se pueblan de cabezas maravi­llosas. Hasta irrumpe en el puente Domingo Martínez de Irala, el jefe violento. Y todos imaginan que un pájaro está cantando en la floresta y escudriñan la negrura de los árboles. Canta la Sirena y los hombres recuerdan sus caseríos españoles, los ríos familiares que murmuran en las huertas, los cigarrales, las torres de piedra erguidas hacia el vuelo de las golondrinas. y recuerdan sus amores distantes, sus lejanas juventudes, las mujeres que acariciaron a la sombra de las anchas encinas, cuando sonaban los tamboriles y las flautas y el zumbido de las abejas amodorraba los campos. Huelen el perfume del heno y del vino que se mezcla al rumor de las ruecas veloces. Es como si una gran vaharada del aire de Castilla, de Andalucía, de Extremadura, meciera las velas y los pendones del Rey.
El Mascarón es el único en quien no hace mella esa voz peregrina.
Y los hombres se alejan uno a uno cuando cesa la canción. Se arrojan en sus cujas o sobre los rollos de cuerdas, a soñar. Dijérase que los tres bergantines han florecido de repente, que hay guirnaldas tendidas en los velámenes, de tantos sueños.
La Sirena se estira en el agua quieta. Lentamente, angustio­samente, se enlaza a la vieja proa. Su cola golpea contra las tablas carcomidas. Ayudándose con las uñas y las aletas empieza a ascender hacia el Mascarón que, allá arriba, señala el camino de los tesoros. Ya se ciñe a la ménsula rota. Ya rodea con los brazos la cintura de made­ra. Ya aprieta su desesperación contra el tronco insensible.
Le besa los labios esculpidos, los ojos pintados. Le abraza, le abraza y por sus mejillas ruedan las lágrimas que nunca lloró. Siente un dolor dulcísimo y terrible, porque el corto tridente se le ha clavado en el seno y su sangre pálida mana de la herida sobre el cuerpo esbelto del Mascarón.
Entonces se oye un grito lastimero y la estatua se desgaja del bauprés. Caen al río, estrechados en una sola forma, y se hun­den, inseparables, entre la fuga plateada de los pejerreyes, de los sábalos, de los surubíes.

Mújica Lainez

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Setcases


 Sentado en el estribo  

Juan Valflor se había despedido ya dos veces del toreo. Volvía ahora por tercera vez al redondel. No había podido resistir la tentación. Durante el invierno no se había acordado de los toros. 
De tarde en tarde los amigos charlaban de toros y Juan permanecía indiferente. Los periódicos comenzaron a publicar informaciones de toros. Se celebraban las primeras corridas. Todo esplendía, rejuvenecido, en el aire. La luz era intensa y los árboles se vestían nuevo follaje. Juan Valflor se sentía fuerte y ágil No había perdido ni la menor de sus facultades. El impulso de la primavera le arrastraba. Evocaba sin quererlo sus pasadas hazañas. La plaza, henchida de un público fervoroso, llena de luz y de colores, se le presentaba a cada momento. Y Juan se ponía triste. No podía coger un periódico en que se hablara de toros, ni podía soportar una conversación sobre el arte. Su tristeza aumentaba. En  la familia observaban  todos  su  cambio  con vivísima contrariedad.  Juan no podía continuar de este modo. Casi era preferible que volviese al toreo a que continuase con esta murria dolorosa. Al fin, una voz femenina le dijo: 
-Torea, y pase lo que pase. 
Juan repuso vivamente, como saltando de alegría. 
-Toreo y no pasa nada. 
**** 
Juan Valflor está en el cuarto del hotel, vistiéndose para torear la primera corrida de la temporada. Con él se encontraba su íntimo amigo, Pene Inesta. Desde la muchachez, Pepe ha ayudado en todas sus luchas a Juan. Le ayudó pecuniariamente cuando principiaba de novillero. Le ha aleccionado con sus consejos. No se aparta de él ni un minuto. Le acompaña a todas las corridas. 
-Pepe -dice Juan-, tú no me has visto todavía torear. No me has visto torear nunca. No te rías. Esta tarde me vas a ver torear por primera vez. A gusto mío no he toreado yo nunca. Y no he toreado porque no he tenido toros. No podía yo retirarme sin torear bien, aunque no fuera más que un toro. Me habéis hablado del cuarto de esta tarde. Decís que es un toro noble, claro y poderoso. Si los hechos responden a la lámina, esta tarde tú y toda la plaza me veréis torear. Juan Valflor toreará por primera vez esta tarde. ¿Te sigues riendo? 
-¿No me he de reír, Juan? Tú has toreado siempre superiormente. ¿El toro de esta tarde? ¿El toro cuarto? Un gran toro. Careto es un toro soberbio. 
Juan Valflor hizo un movimiento brusco al ponerse las medias, y un espejito de mano que había sobre la mesa cayó al suelo y se hizo pedazos. Juan y Pepe quedaron absortos. Durante unos instantes reinó en la estancia un silencio profundo.  
Pepe continuó luego hablando. No daba importancia al accidente. Juan había olvidado ya la aciaga rotura. La conversación proseguía cordial y animada. Un perro se puso a aullar en la casa de enfrente. Su aullido era largo, triste, plañidero. En los primeros instantes, ni Juan ni Pepe advirtieron tan fúnebres aullidos. La persistencia en el ladrar hizo que los dos amigos pararan su atención en el hecho. En el silencio resonaban malagoreros los ladridos del can. Pepe salió un momento del cuarto y volvió al cabo de un rato. 
-¿No Podías hacer que callara ese perro? -dijo Juan. 
-Ya he mandado recado -contestó Pepe-; pero resulta que los dueños de la casa se han marchado y han dejado el perro en el balcón. 
El tiempo pasaba. Se iba acercando la hora de la corrida. La expectación en toda la ciudad por ver a Juan Valflor era enorme. Los pasillos del hotel estaban llenos de amigos y admiradores que aguardaban a que Juan acabara de vestirse para Irle acompañando a la plaza. Pepe había dado orden terminante de que no entrase nadie en el cuarto. El perro continuaba aullando lúgubremente. La alegría con que antes se deslizaba la conversación de los dos amigos había cesado. Juan se iba vistiendo con movimientos lentos. Había en el ambiente algo que causaba tenaz preocupación.  
De pronto, la puerta se abrió y se precipitó en e1 cuarto un caballero que se arrojó en los brazos de Juan. Era un antiguo e íntimo amigo a quien Juan no había visto desde hacía muchos años. Cuando se separaron, Juan pasó por su amigo la vista de arriba abajo y vio que iba vestido de riguroso luto. Se le había muerto a este caballero un deudo cercano hacía poco tiempo. No sabía Juan lo que decir. Pepe no decía nada. Callaba el recién venido. En este denso y embarazoso silencio los persistentes aullidos del perro resaltaban trágicamente. Todo había cambiado ya. Juan no era el mismo. Ni Pepe era el mismo. A veces Pepe, violentamente, con alegría forzada, soltaba algún chiste. No se reía nadie. Otras veces, venciendo su emoción, evocaba recuerdos pasados. Nadie le secundaba en la charla. La hora de partir estaba próxima. Faltaban sólo algunos momentos para abandonar el cuarto. El caballero enlutado había desaparecido. Ante el espejo, Juan daba los últimos toques a su atavío. Durante un instante, al volverse del espejo, Juan se encontró cara a cara con Pepe. Fue este un momento largo, interminable, eterno. Los dos entrañables amigos parecía que se estaban viendo por primera y por última vez. Lo que Juan estaba pensando no quería decirlo. Y Pepe, por nada del mundo hubiera dicho lo que él tenía en este minuto en el cerebro. Lentamente sin quererlo ni uno ni otro, avanzó el uno hacia el otro y se fundieron en un estrechísimo y silencioso abrazo. 
-En marcha -dijo Juan.  
Y dejaron el cuarto. En el pasillo, el tropel de los admiradores envolvía a Juan. El cariño y el halago afectuoso de todos lograron atenuar momentáneamente la preocupación penosa de Juan. Aquí estaba ya Juan Valflor, el gran torero, el único. Y se encontraba dispuesto a torear, bien toreado como no había toreado nunca, a ese toro que había de saltar al redondel en cuarto lugar. Sí, se despedía para siempre, con esta temporada, de los toros. Pero se despedía después de haber toreado bien al menos un solo toro. Los demás no contaban. Y ya en el automóvil, camino de la plaza, bajo el cielo azul, al pasar raudo por la calle, la mirada de Juan se detuvo un instante en una mancha negra. Al mismo tiempo, Juan se estremecía profundamente. Lo había olvidado todo y todo volvía. La mancha negra era un féretro. El entierro se cruzaba un momento con el coche, camino de la plaza. Y de nuevo Pepe y Juan sintieron en el espíritu un peso formidable. La plaza estaba atestada de un público pintoresco y clamoroso. En el momento de despedirse de Pepe, Juan dijo en voz baja, casi imperceptible: 
-Pepe, daría cualquier cosa por no torear esta tarde. 
Estaba ya Juan en el redondel. Había tirado con desgaire su rico capote de paseo a una barrera. Desde los tendidos le saludaban a voces. Había hecho el paseo de un modo desgarbado. Parecía que se le desmadejaban los miembros. Pero en este momento de abrir el capote por primera vez ante el toro, Juan era otro. Se había transformado. De desmañado y caído se había trocado en un hombre rígido, apuesto, señoril en todos sus ademanes. Despacio, con elegancia insuperable, parados los pies, Juan, en la cabeza del toro, iba llevando a éste suavemente de un lado para otro entre los pliegues de la tela. Su primer toro lo toreó bien. Llegó el cuarto. 
El toro salió lentamente del toril y se paró con la cabeza alta en medio de la plaza. Su actitud era soberbia. El magnífico animal entusiasmó a todos. La plaza entera vibraba de pasión. Y allí estaba Juan, reposado, elegante, con un gesto de supremo estoicismo. Con ese mismo gesto lento cogió la muleta y el estoque. El momento supremo habla llegado. En la plaza se produjo un profundo silencio. Arriba, el cielo purísimo esplendía en su azul. Los primeros trasteos arrancaron ovaciones entusiásticas. Juan Valflor no había toreado nunca como toreaba ahora. Dueño de sí mismo y dueño del toro, sin alegrías inoportunas, sobriamente, con elegancia austera, el gran torero jugaba con el noble animal. La muleta pasaba y repasaba y las astas del toro cruzaban bajo los brazos de Juan. Y, de pronto, sobrevino la tragedia.  
Juan estaba con la muleta desplegada a un paso del toro. En la barrera que ocupaba Pepe Inesta se produjo un ligero rumor. Los espectadores cercanos a Pepe se levantaban y le rodeaban. Juan se apartó del toro y fue hacia la barrera. Transcurrieron unos minutos de confusión. Al fin se vio que se llevaban a Pepe entre varios espectadores.  Comprendió Juan lo que había sucedido. Las voces de los circunstantes lo decían. 
-¿Ha muerto Pepe? -preguntó Juan a uno de los peones-. Dime la verdad. No me engañes.  
-Sí -repuso el peón-. Ha muerto. 
Juan Valflor estaba intensamente pálido, Impasible, más erguido que antes, volvió al toro y continuó la faena. El silencio en la plaza era imponente. Juan Valflor, pálido, inmóvil, citó a recibir y consumó la suerte de un modo prodigioso. El toro se desplomó en el acto. En la  plaza, resonó una ovación delirante. Bajó Juan la cabeza y levanto la muleta en señal de saludo. Lentamente se fue al estribo, se sentó, puso los codos en los muslos, escondió la cara entre las manos y rompió a llorar como un niño. 

Azorín

lunes, 13 de noviembre de 2017

25 años de Arte


La carne 

Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne. Todo el mundo se alarmó y se hicieron comentarios más o menos amargos y hasta se esbozaron ciertos propósitos de venganza. Pero, como siempre sucede, las protestas no pasaron de meras amenazas y pronto se vio aquel afligido pueblo engullendo los más variados vegetales. 
Sólo que el señor Ansaldo no siguió la orden general. Con gran tranquilidad se puso a afilar un enorme cuchillo de cocina, y, acto seguido, bajándose los pantalones hasta las rodillas, cortó de su nalga izquierda un hermoso filete. Tras haberlo limpiado lo adobó con sal y vinagre, lo pasó -como se dice- por la parrilla, para finalmente freído en la gran sartén de las tortillas del domingo. Sentóse a la mesa y comenzó a saborear su hermoso filete. Entonces llamaron a la puerta; era su vecino que venía a desahogarse... Pero Ansaldo, con elegante ademán, le hizo ver el hermoso filete. El vecino preguntó y Ansaldo se limitó a mostrar su nalga izquierda. Todo quedaba explicado. A su vez, el vecino deslumbrado y conmovido salió sin decir palabra para volver al poco rato con el Alcalde del pueblo. Éste expresó a Ansaldo su vivo deseo de que su amado pueblo se alimentara, como lo hacía Ansaldo, de sus propias carnes de cada uno. Pronto quedó acordada la cosa y después de las efusiones propias de gente bien educada, Ansaldo se trasladó a la plaza principal del pueblo para ofrecer, según su frase característica, «una demostración práctica a las masas». 
Una vez allí hizo saber que cada persona cortaría de su nalga izquierda dos  filetes, en todo iguales a una muestra en yeso encarnado que colgaba de un reluciente alambre. Y declaraba que dos filetes y no uno pues si él había cortado de su propia nalga izquierda un hermoso filete, justo era que la cosa marchase a compás, esto es, que nadie engullera un filete menos. Una vez fijados estos puntos, diose cada uno a rebanar dos filetes de su respectiva nalga izquierda. Era un glorioso espectáculo, pero se ruega no enviar descripciones. Se hicieron cálculos acerca de cuánto tiempo gozaría el pueblo de los beneficios de la carne. Un distinguido anatómico predijo que sobre un peso de cien libras, y descontando vísceras y demás órganos no ingestibles, un individuo podía comer carne durante ciento cuarenta días a razón de media libra por día. Por lo demás, era un cálculo ilusorio. Y lo que importaba era que cada uno pudiese ingerir su hermoso filete. 
Pronto se vio a señoras que hablaban de las ventajas que reportaba la idea del señor Ansaldo. Por ejemplo, las que ya habían devorado sus senos no se veían obligadas a cubrir de telas su caja torácica y sus vestidos concluían poco más arriba del ombligo. Y algunas, no todas, no hablaban ya, pues habían engullido su lengua, que, dicho sea de paso, es un manjar de monarcas. En la calle tenían lugar las más deliciosas escenas: así, dos señoras que hacía muchísimo tiempo que no se veían, no pudieron besarse; habían usado sus labios en la confección de unas frituras de gran éxito. Y el Alcaide del penal no pudo firmar la sentencia de muerte de un condenado porque se había comido las yemas de los dedos, que, según los buenos gourmets (y el Alcaide lo era) ha dado origen a esa frase tan llevada y traída de «chuparse la yema de los dedos». 
Hubo hasta pequeñas sublevaciones. El sindicato de obreros de ajustadores femeninos elevó su más formal protesta ante la autoridad correspondiente, y ésta contestó que no era posible slogan alguno para animar a las señoras a usados de nuevo. Pero eran sublevaciones inocentes que no interrumpían de ningún modo la consumición, por parte del pueblo, de su propia carne. 
Uno de los sucesos más pintorescos de aquella agradable jornada fue la disección del último pedazo de carne del bailarín del pueblo. Éste, por respeto a su arte, había dejado para lo último los bellos dedos de sus pies. Sus convecinos advirtieron que desde hacía varios días se mostraba vivamente inquieto. Ya sólo le quedaba la parte carnosa del dedo gordo. Entonces invitó a sus amigos a presenciar la operación. En medio de un sanguinolento silencio cortó su porción postrera y sin pasada por el fuego la dejó caer en el hueco de lo que había sido en otro tiempo su hermosa boca. Entonces todos los presentes se pusieron repentinamente serios. 
Pero se iba viviendo, y era lo importante. ¿Y si acaso...? ¿Sería por eso que las zapatillas del bailarín se encontraban ahora en una de las salas del Museo de los Recuerdos Ilustres? Sólo se sabe que uno de los hombres más obesos del pueblo (pesaba doscientos kilos) gastó toda su reserva de carne disponible en el breve espacio de quince días (era extremadamente goloso, y, por otra parte, su organismo exigía grandes cantidades). Después ya nadie pudo vedo jamás. Evidentemente, se ocultaba... Pero no sólo se ocultaba él, sino que otros muchos comenzaban a adoptar idéntico comportamiento. De esta suerte, una mañana, la señora Orfila, al preguntar a su hijo --que se devoraba el lóbulo izquierdo de la oreja- dónde había guardado no sé qué cosa, no obtuvo respuesta alguna. Y no valieron súplicas ni amenazas. Llamado el perito en desaparecidos sólo pudo dar con un breve montón de excrementos en el sitio donde la señora Orfila juraba y perjuraba que su amado hijo se encontraba en el momento de ser interrogado por ella. Pero estas ligeras alteraciones no minaban en absoluto la alegría de aquellos habitantes. ¿De qué podría quejarse un pueblo que tenía asegurada su subsistencia? El grave problema de orden público creado por la falta de carne ¿no había quedado definitivamente zanjado? Que la población fuera ocultándose progresivamente nada tenía que ver con el aspecto central de la cosa, y sólo era un colofón que no alteraba en modo alguno la firme voluntad de aquella gente de procurarse el precioso alimento. ¿Era, por ventura, dicho colofón el precio que exigía la carne de cada uno? Pero sería miserable hacer más preguntas inoportunas y aquel prudente pueblo estaba muy bien alimentado. 

Virgilio Piñera

sábado, 11 de noviembre de 2017

Puzzles





El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.  

A. Monterroso



jueves, 9 de noviembre de 2017

Orbis Literae



Disputa de los griegos y romanos

Así ocurrió que Roma de leyes carecía;
pidióselas a Grecia, que buenas las tenía.
Respondieron los griegos que no las merecía
ni había de entenderlas, ya que nada sabía.

Pero, si las quería para de ellas usar,
con los sabios de Grecia debería tratar,
mostrar si las comprende y merece lograr;
esta respuesta hermosa daban por se excusar.

Los romanos mostraron en seguida su agrado;
la disputa aceptaron en contrato firmado,
mas, como no entendían idioma desusado,
pidieron dialogar por señas de letrado.

Fijaron una fecha para ir a contender;
los romanos se afligen, no sabiendo qué hacer,
pues, al no ser letrados, no podrán entender
a los griegos doctores y su mucho saber.

Estando en esta cuita, sugirió un ciudadano
tomar para el certamen a un bellaco romano
que, como Dios quisiera, señales con la mano
hiciese en la disputa y fue consejo sano.

A un gran bellaco astuto se apresuran a ir
y le dicen: —«Con Grecia hemos de discutir;
por disputar por señas, lo que quieras pedir
te daremos, si sabes de este trance salir».

Vistiéronle muy ricos paños de gran valía
cual si fuese doctor en la filosofía.
Dijo desde un sitial, con bravuconería:
—«Ya pueden venir griegos con su sabiduría».

Entonces llegó un griego, doctor muy esmerado,
famoso entre los griegos, entre todos loado;
subió en otro sitial, todo el pueblo juntado.
Comenzaron sus señas, como era lo tratado.

El griego, reposado, se levantó a mostrar
un dedo, el que tenemos más cerca del pulgar,
y luego se sentó en el mismo lugar.
Levantóse el bigardo, frunce el ceño al mirar.

Mostró luego tres dedos hacia el griego tendidos,
el pulgar y otros dos con aquél recogidos
a manera de arpón, los otros encogidos
Sentóse luego el necio, mirando sus vestidos.

Levantándose el griego, tendió la palma llana
y volvióse a sentar, tranquila su alma sana;
levantóse el bellaco con fantasía vana,
mostró el puño cerrado, de pelea con gana.

Ante todos los suyos opina el sabio griego:
—«Merecen los romanos la ley, no se la niego».
Levantáronse todos con paz y con sosiego,
¡gran honra tuvo Roma por un vil andariego!

Preguntaron al griego qué fue lo discutido
y lo que aquel romano le había respondido:
—«Afirmé que hay un Dios y el romano entendido,
tres en uno, me dijo, con su signo seguido.

«Yo: que en la mano tiene todo a su voluntad;
él: que domina al mundo su poder, y es verdad.
Si saben comprender la Santa Trinidad,
de las leyes merecen tener seguridad».

Preguntan al bellaco por su interpretación:
—«Echarme un ojo fuera, tal era su intención
al enseñar un dedo, y con indignación
le respondí airado, con determinación,

«que yo le quebraría, delante de las gentes,
con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes;
Dijo él que si yo no le paraba mientes,
a palmadas pondría mis orejas calientes.

«Entonces hice seña de darle una puñada
que ni en toda su vida la vería vengada;
cuando vio la pelea tan mal aparejada
no siguió amenazando a quien no teme nada».

Por eso afirma el dicho de aquella vieja ardida
que no hay mala palabra si no es a mal tenida,
toda frase es bien dicha cuando es bien entendida.
Entiende bien mi libro, tendrás buena guarida.

La burla que escuchares no la tengas por vil,
la idea de este libro entiéndela, sutil;
pues del bien y del mal, ni un poeta entre mil
hallarás que hablar sepa con decoro gentil.

Hallarás muchas garzas, sin encontrar un huevo,
remendar bien no es cosa de cualquier sastre nuevo
a trovar locamente no creas que me muevo,
lo que Buen Amor dice, con razones te pruebo.

En general, a todos dedico mi escritura;
los cuerdos, con buen seso, encontrarán cordura;
los mancebos livianos guárdense de locura; 
escoja lo mejor el de buenaventura.

Son, las de Buen Amor razones encubiertas;
medita donde hallares señal y lección ciertas,
si la razón entiendes y la intención aciertas,
donde ahora maldades, quizá consejo adviertas.

Donde creas que miente, dice mayor verdad,
en las coplas pulidas yace gran fealdad;
si el libro es bueno o malo por las notas juzgad,
las coplas y las notas load o denostad.

De músico instrumento yo, libro, soy pariente;
si tocas bien o mal te diré ciertamente;
en lo que te interese, con sosiego detente
y si sabes pulsarme, me tendrás en la mente

Arcipreste de Hita

martes, 7 de noviembre de 2017

Colegio Lourdes




Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos

“Una vez estaba Pepín Ramos el poeta inspirado en la taberna que llaman el Senado, sentado a la mesa tosca, haciendo su papel de poeta inspirado. Todos le respetamos mucho en sus esperas de la voz misteriosa, aunque nunca se le haya visto una página terminada. Vino un parroquiano de la taberna con la alegría lúcida de los primeros vasos, y fisgó el renglón que campeaba en la hoja:
Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos.
El verso hermoso, todavía único, con que iba a arrancar el poema. El parroquiano suspiró:
-Es un buen empiece, Pepín. Pero ahora qué”.

Antonio Pereira


domingo, 5 de noviembre de 2017

La Atalaya


Peor que la muerte

Se lo llevaron esta mañana. Daba un poco de pena las últimas semanas, sentando en su silla frente a la ventana, apenas sin poder moverse, dejando que los rayos del sol de la mañana lo calentasen la piel, esa piel arrugada, tan vieja. Sin embargo su cabeza estaba bien, no podía casi hablar, pero eso era por el pecho, el pulmón que le quedaba casi corroído del todo no le daba aliento suficiente con el que hablar. Mentalmente estaba sano, muy sano.
Mi padre siempre había tenido la cabeza llena de números, de ideas, de esas raras, aquellas que florecían en los viejos tiempos. Sabía incluso leer, fíjate en esos viejos tomos amarillentos, colección nova, antiquísimos. Solo pensar en desgastar la vista en ellos me cansa. Aunque ahora estaba muy separado de los tiempos era divertido. Se pillaba unos rebotes morrocotudos viendo la tele, empezaba a despotricar contra la programación actual. No sé que tiene de malo, a mí me gustan las ejecuciones, son divertidas y educativas, y la niña también le gustan, se ríe mirándolas.
Por una parte da pena, a pesar que estaba ya muy mal, era lo único que me quedaba de mi juventud, aquellos años locos y felices, me gustaba sentarme frente a él y recordarle mucho más joven, los dos paseando por el retiro un Domingo, viendo los títeres, el sol las barcas, mucha gente riendo. Por otra parte, tenía que hacerlo, es lo normal, además de él dijeron que tenía un coeficiente 1,4, muy alto, no se puede desperdiciar un coeficiente 1,4. Yo apenas llego al uno. La niña, jugaban juntos... hoy me ha preguntado por él, ¿Dónde esta el abuelo? Pobre, tendrá que aprender que yo soy lo único que le queda.
Nos hemos quedado sin su pensión, y volver a trabajar, no.. no lo logro, lo he intentando todo menos venderme.... tampoco es que me fueran a dar mucho, pero ahora las cosas cambiarán, tendremos dinero hasta para un medico y un colegio.
Es triste, no debería estar contenta, al fin y al cabo a él le hubiera gustado ayudarnos, me lo decía, que si no fuera por la parálisis, por el asma, se levantaría y le ajustaría no sé qué cuentas a no seé cuántos opresores. No se daba cuenta el pobre de los beneficios de esta sociedad, la competitividad que nos hace mejores. Me acuerdo como se cabreó el día que Juan se marchó. Luego me arrepentí, por el dinero claro, pero entonces me sentí orgullosa de él. Hacía poco que había llegado a casa a vivir con nosotros. Juan se había mantenido al margen, refunfuñando, yo sabía que aquello no duraría, que Juan no tardaría en cabrearse de haber traído a mi padre a casa, a pesar que su pensión era mayor que su sueldo de economista o quizás por eso mismo. Siempre se metía con él, cuando no le oía claro ¡Viejo de mierda! Era lo más suave. El viernes vino tarde, bebido, él y los de la oficina habían estado de cañas. Sabía lo que iba a pasar, lo sabía sin embargo le dejé entrar, no se porque, quizás porque no me sentía tan desamparada con mi padre en casa. Entró y la emprendió a golpes con todo, incluido yo misma. No era la primera vez, solo que la rabia era mayor, los golpes más sañudos. No sabía ni donde estaba, tendida en un charco de mi propia sangre bajo la mesa de la cocina, sin embargo lo vi perfectamente. Erguido, todavía fuerte pese a su vejez, plantándole cara a Juan, a la mala bestia de Juan. Bastó una mirada para acojonarlo, yo sentía la furia de mi padre, una furia que no era solo contra Juan, de alguna manera él era un símbolo de todo la amargura de su vida actual. Fue rápido con el taburete, golpeó a Juan justo en la cabeza, partiendo el plástico, como disfruté de ese momento... a pesar que sabía que Juan se marcharía llevándose su sueldo, el futuro de la niña. Un
momento de felicidad por años de terribles sacrificios. Con la pensión y el sueldo malvivíamos, solo con la pensión fue duro, muy duro.
A veces lo pienso... ¿Descansarán?, ¿Sentirán?, ¿Qué será de sus pensamientos tras la muerte? Dicen que no sienten nada, están muertos, pero dicen tantas mentiras, como que aquellas sustancias con las que trabajó mi padre eran inocuas. Tantos años después le comieron por dentro destruyendo sus nervios, sus pulmones, pero no su cabeza, su mirada altiva y clara aún en la silla de ruedas mientras los limpiaba, le daba de comer, como desafiando a la misma muerte.
Creo que él lo sabía, lo sospechaba, y por supuesto se oponía. Si hubiera tenido fuerzas para matarse quizás lo hubiera hecho cuando la niña y yo estuviéramos fuera, para que al encontrarle estuviese ya demasiado frío. Era a lo único que temía.
Con su sueldo ahora viviremos mejor, casi tendremos suficiente para una casa mejor, debería estar feliz, pero no lo estoy. Debería sentirme a gusto, una muerte eficaz para la sociedad, como dice el anuncio de la tele. Solo que la gente de la tele siempre es feliz y las personas reales, rara vez.
Por lo menos fueron rápidos, vinieron en cuanto les llamé, apenas dos minutos y estaban aquí con aquel tanque helado que desprendía vaho blanco. Me hicieron firmar y después se pusieron a trabajar. No quise mirar, abracé a la niña y fuimos a la otra habitación. No paraba de decirme "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras", "él quería lo mejor para nosotras". Se lo llevaron y un señor trajeado, muy amable nos pidió los datos de la cuenta, y acordamos la cantidad, el sueldo mensual por su trabajo. No sé si hice bien en contratar con esa compañía. Hay varias, no entiendo mucho, quizás en otra me hubieran pagado más, Juan hubiera sabido sacar mejor partido, pero mejor que esté lejos, que no haya vuelto en estos diez años. Le pregunté tímidamente en que consistía aquel trabajo, que iban a hacer con él y el señor trajeado me explicó que era algo completamente legal: el trabajo postmortem. Se toma el cerebro todavía sin daños de un recién fallecido, se le alimenta por métodos artificiales, se le mantiene vivo y se le reprograma hasta que se convierte en un potente ordenador biológico. Luego su uso concreto es difícil de determinar. Su padre, dado su alto coeficiente de computación trabajara en proyectos grandes, junto a enormes baterías de cerebros en paralelo que investigan o diseñan.
También me dijo con una sonrisa deslumbrante que no sufrían, que en realidad su personalidad se perdía con la muerte y la reprogramación, y que él seguiría llamándole persona y pagándole un sueldo era consecuencia de leyes anticuadas, pero que se mantenían porque de alguna manera ayudaban a otras personas, como nosotras. Le creí, al principio sin dudas, luego tuve pesadillas, recordé las mentiras que personas trajeadas nos han contado en múltiples ocasiones y empece a dudar, a imaginar que mi padre despertaba en una oscuridad total, un silencio de piedra, la ausencia de todo estímulo, con pensamientos extraños taladrándole la consciencia, obligado a pensar por caminos cambiantes, sin sueño, sin descanso, en una eternidad muy parecida a un infierno, quizás recordando esos últimos momentos, cuando ya la muerte se le echaba encima con un peso intolerable, y me miraba con pánico, la única vez que vi pánico en sus ojos orgullosos, pánico no de la muerte, sino de lo que habría tras ella.

Eduardo Vaquerizo

viernes, 3 de noviembre de 2017

China











El Paraíso era un autobús

Él trabajó durante toda su vida en una ferretería del centro. A las ocho y media de la mañana llegaba a la parada del autobús y tomaba el primero, que no tardaba más de diez minutos. Ella trabajó también durante toda su vida en una mercería. Solía coger el autobús tres paradas después de la de él y se bajaba una antes. Debían salir a horas diferentes, pues por las tardes nunca coincidían.
Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se sentaban de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús iba lleno, se ponían en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro.
Cogían las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se miraban con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que tenía la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz.
A lo largo de todos aquellos años se fueron lanzando mensajes no verbales sobre los que se podía especular ampliamente. Ella, por ejemplo, cogió la costumbre de llevar en el bolso una novela que a veces leía o fingía leer. A él le pareció eso un síntoma de sensibilidad al que respondió comprándose todos los días el periódico. Lo llevaba abierto por las páginas de internacional, como para sugerir que era un hombre informado y preocupado por los problemas del mundo. Si alguna vez, por la razón que fuera, ella faltaba a esa cita no acordada, él perdía el interés por todo y abandonaba el periódico en un asiento del autobús sin haberlo leído.
Así, durante una temporada en que ella estuvo enferma, él adelgazó varios kilos y descuidó su aseo personal hasta que le llamaron la atención en la ferretería: alguien que trabajaba con el público tenía la obligación de afeitarse a diario.
Cuando al fin regresó, los dos parecían unos resucitados: ella, porque había sido operada a vida o muerte de una perforación intestinal de la que no se había quejado para no faltar a la cita; él, porque había enfermado de amor y melancolía. Pero, a los pocos días de volver a verse, ambos ganaron peso y comenzaron a asearse para el otro con el cuidado de antes.
Por aquellas fechas, él ascendió a encargado de la ferretería y se compró una agenda. Entonces, se sentaba tan cerca como podía de ella, la abría, y con un bolígrafo hacía complicadas anotaciones que sugerían muchos compromisos. Además, comenzó a llevar corbata, lo que obligó a ella, que siempre había ido muy arreglada, a cuidar más los complementos de sus vestidos. En aquella época ya no eran jóvenes, pero ella comenzó a ponerse unos pendientes muy grandes y algo llamativos que a él le volvían loco de deseo. La pasión, en lugar de disminuir con los años, crecía alimentada por el silencio y la falta de datos que cada uno tenía sobre el otro.
Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces llovía y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos vivían en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera. No había navidades, ni veranos, ni semanas santas. Todo el tiempo llovía y ellos viajaban solos, eternamente, sin hablarse, sin saber nada de si mismos. Abrazados.
Así fueron haciéndose mayores, envejeciendo sin dejar de mirarse. Y cuanto más mayores eran, más se amaban; y cuanto más se amaban más dificultades tenían para acercarse el uno al otro.
Y un día a él le dijeron que tenía que jubilarse y no lo entendió, pero de todas formas le hicieron los papeles y le rogaron que no volviera por la ferretería. Durante algún tiempo, siguió tomando el autobús a la hora de siempre, hasta que llegó al punto de no poder justificar frente a su mujer esas raras salidas.
De todos modos, a los pocos meses también ella se jubiló y el autobús dejó de ser su casa.
Ambos fueron languideciéndose por separado. El murió a los tres años de jubilarse y ella murió unos meses después. Casualmente fueron enterrados en dos nichos contiguos, donde seguramente cada uno siente la cercanía del otro y sueñan que el paraíso es un autobús sin paradas.

Juan José Millás