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jueves, 25 de mayo de 2017

Lemus





El gato y la carne

Un hombre tenía una mujer de carácter desabrido, sucia y mentirosa, que derrochaba todo lo que su marido traía a la casa. Un día, este hombre, que era muy pobre, compró carne para obsequiar a sus invitados. Pero la mujer se la comió a escondidas, rociándola con un poco de vino. En el momento de la comida, el hombre le dijo:
"¡Los invitados están aquí! ¿Dónde está la carne y el pan? ¡Sirve a mis invitados!
-El gato se ha comido toda la carne, respondió la mujer. ¡Vuelve a comprar, si quieres!»
El hombre tomó entonces al gato y lo pesó en una balanza. Encontró que el animal pesaba cinco kilos. Exclamó:
"¡Oh, mujer mentirosa! ¡La carne que he comprado pesaba también cinco kilos! Si acabo de pesar el gato, ¿dónde está la carne? Pero si es la carne lo que acabo de pesar, entonces ¿dónde ha ido a parar el gato?» 

Rumi

martes, 23 de mayo de 2017

Oficios Artesanos





Oigo cantar a América

Oigo cantar a América; tonadas variadas oigo.

Las de los mecánicos alegres y fuertes;
la del carpintero, que entona la suya mientras mide la tablas y las vigas;
la del albañil que canta la suya aprestándose a trabajar o a dejar ya el trabajo;
la del botero que canta a cuanto le pertenece en el bote y la del estibador que canta en la cubierta del vapor;
la del zapatero, que canta al sentarse ante su banco y la del sombrerero, que entona de pie la suya;
la canción del leñador, y la del labrador que se encamina al trabajo por la mañana, para dejarlo al mediodía o a la puesta del sol;
la deliciosa nana de la madre, de la joven trabajadora y de la obrerita que cose o lava.

Cada uno de ellos canta lo que a él o ella le pertenece. Nada más.
El día lo que al día pertenece; por la noche, la reunión de jóvenes compañeros, robustos, amistosos,
canta a plena voz sus fuertes y melodiosos cantos.

Walt Whitman

domingo, 21 de mayo de 2017

Palace of the Grand Dukes of Lithuania


Flor trasplantada

En un pueblo de pastos, la luz estaba llena de flores. Unas flores de la familia de las rosáceas, de hojas ovales, acumi­nadas, dentadas y atormentadas por debajo. Cambiaban de color. Todo el pueblo estaba enamorado de ellas y las cuida­ba; las cuidaban tanto que olvidaban, los hombres, llevar los animales a pastar, y, las mujeres, encender el fuego y poner las cosas a cocer dentro de las ollas. Cuando la noche huía todos salían de sus casas, a regar, a mirar, a rezar por las flores. Hasta que un día el rey dijo que ya había tenido bas­tante paciencia y que tal desenfreno tendría que acabar. Hizo preparar mil carros de mula e hizo llevar las flores muy lejos. Sin las flores todo el mundo trabajaba. Y llegó la peste. Los sabios estudiaban, el rey se arruinaba. Los bueyes y las ter­neras se iban muriendo. Un mosquito de color de vinagre picaba a las bestias con picadura mortal. Hasta que se des­cubrió que el perfume de aquellas flores que habían echado de casa alejaba al mosquito, porque le molestaba. El rey en persona las fue a buscar. Y las flores volvieron a su país. Delan­te de cada mata, un centinela. Cada noche, la visita del obis­po y del rey. Las flores encontraban la tierra magra y las cere­monias desagradables. Su país no era su país y pronto se murieron desmedradas. Entonces el rey hizo poner en fila a todas las muchachas y las fue oliendo una por una. Las que olían a flor las separaba y las hacía plantar hasta el cuello para ver si los cabellos les florecían con flores de aquéllas. Pero no. Y el rey gritaba arrancándose los bordados del pecho: «¡Volverán los mosquitos!»... Y el obispo decía: «Volverán los mosquitos...». Y ya venían.

Mercé Rodoreda

viernes, 19 de mayo de 2017

Víctor Oliva


Historia de un niño malo 

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim, a pesar de que si atienden ustedes a los libros de la escuela dominical encontrarán que los niños malos que allí figuran se llaman casi siem­pre James. Era extraño y, no obstante, cierto que éste se llamaba Jim.
Tampoco tenía la madre enferma, una madre pia­dosa y doliente, atacada de tisis, que deseara yacer en su tumba y descansar, de no haber sido por el mucho amor que prodigaba a su hijo y la angustia de que el mundo fuera duro y cruel hacia él cuando ella faltase. La mayoría de los niños malos de los libros de las escuelas dominicales se llaman James y tienen madres enfermas que les enseñan a decir «Voy a acostarme...», etc., y les arrullan con voz dulce y plañidera, besándoles luego para desearles las bue­nas noches, arrodilladas junto a la cama y llorando en silencio. Con éste ocurría todo lo contrario. Se llamaba Jim y su madre no tenía absolutamente nada: ni tisis ni nada de todo esto. Era bastante robusta, más robusta que otra cosa, y no era piadosa; y, lo que es aún más, no tenía la menor inquietud respec­to a su hijo Jim.
Solía decir que si se rompía la cabeza no iba a per­derse gran cosa. Le mandaba a acostarse dándole un sopapo y no le besaba jamás deseándole las buenas noches; por el contrario, cuando estaba ella dispuesta a ir a acostarse le daba pescozones en las orejas.
En cierta ocasión, este niño malo robó la llave de la despensa, se metió en ella y se comió la confitura que le vino en gana, acabando de llenar el bote con alquitrán para que así su madre no se diera cuenta de la diferencia; pero no le asaltó de pronto un cruel remordimiento ni tampoco voz alguna que le susu­rrara: «¿Está bien desobedecer así a mi madre? ¿No es pecaminoso hacer una cosa tal? ¿Adónde van a parar los niños malos que engullen glotonamente la confitura de su excelente madre?» Ni se arrodilló a solas, ni prometió no ser nunca jamás malo como hasta entonces, ni se levantó con el corazón feliz y contento, ni se lo contó todo a su madre solicitando su perdón y su bendición con los ojos arrasados en lágrimas de orgullo y arrepentimiento. No. Así es como se comportan todos los otros niños malos de los libros; pero, por extraño que parezca, con este Jim sucedía todo de manera distinta. Se comió aque­lla confitura y dijo, con su forma de hablar vulgar y pecaminosa, que estaba estupenda. Volvió a colocar el bote diciendo que también aquello era estupendo y riéndose pensó que cuando la vieja lo descubriera iba a poner el grito en el cielo. Cuando la madre lo descubrió negó que supiera absolutamente nada del asunto y ella le dio una paliza severísima, encargán­dose él de los lloros. Todo lo que pasaba con aquel chico era curioso; todo se desenvolvía de manera distinta a como les sucede a los James malos de los libros.
En otra ocasión se subió al manzano de Acorn, el granjero, para robarle manzanas, y no se rompió ninguna rama, ni él se cayó y se rompió un brazo, ni fue arrollado por el perrazo del granjero teniendo que languidecer en cama durante semanas enteras, teniendo tiempo de arrepentirse y prometer enmendarse en lo sucesivo. No; robó tantas manzanas corno le dio la gana y bajó perfectamente; también se encargó del perro y en cuanto le vio venir para echár­sele encima le arrojó un ladrillo que lo dejó malpa­rado. Era muy extraño. Jamás ocurría nada parecido en aquellos libritos de cubiertas veteadas como mármol, con dibujos de hombres con chaquetas de faldo­nes, sombreros acampanados y pantalones hasta la rodilla y mujeres con el talle justo debajo del brazo y sin miriñaque. Nada había parecido en ninguno de los libros de la escuela dominical.
En otra ocasión, robó el cortaplumas del maestro, y cuando tuvo miedo de que se descubriera y le azo­taran, lo deslizó bajo el gorro de George W. Wilson, el hijo de la pobre viuda de Wilson, el chico intacha­ble, el niño bueno del pueblo, que siempre obedecía a su madre, no decía jamás una mentira y estaba or­gullosísimo de sus lecciones e infatuado con la es­cuela dominical. Cuando el cortaplumas cayó del gorro y el pobre George bajó la cabeza, sonrojándose, como consciente de su culpa, y el ultrajado profesor le atribuyó el hurto, estando a punto de dejar caer el puntero sobre sus hombros temblorosos, no acudió de pronto a interponerse ningún improbable juez de paz con el pelo blanco que, adoptando una actitud adecuada, dijera: «No castiguéis a este noble muchacho. Ahí está el infame culpable. Pasaba por casuali­dad por la puerta de la escuela y, sin ser visto, observé cómo se cometía el hurto.»  Ni entonces Jim fue expuesto a la vergüenza general ni hubo venerable juez que dirigiera ningún sermón a toda la escuela bañada en lágrimas y tomara a George de la mano, diciendo que un niño así merecía ser glorificado, ofreciendo luego el ir a vivir con él y barrer la oficina, encender el fuego, hacer los recados, cortar leña, estudiar leyes y ayudar a su mujer a hacer las labores caseras, concediéndole todo el tiempo restante para jugar, proporcionándole la dicha de ganar cuarenta centavos al mes. No, así habría ocurrido en los libros, pero no sucedía de tal forma con Jim. No hubo ningún viejo trasto de juez que se entremetiera para armar jaleo, y así, George, el niño modelo, recibió una paliza y Jim se alegró de ello, porque detestaba a los niños modelos. Jim solía decir que era partidario de gritar: «¡Abajo con estos mequetrefes!» Tal era el lenguaje grosero de este niño malo y mal educado.
Pero lo más extraño que jamás le ocurriera a Jim sucedió aquella vez que salió a pasear en barca, en domingo, sin que se ahogara, y aquella otra vez que se vio sorprendido por la tormenta cuando estaba pescando en domingo y no fue herido por el rayo. Ya pueden ustedes consultar y volver a consultar los libros de la escuela dominical de arriba abajo, desde el momento presente hasta las próximas Na­vidades, y no se tropezarán jamás con una cosa pa­recida. ¡Oh, no! Encontrarán que todos los niños malos que salen a pasear en barca el domingo se aho­gan, invariablemente, y que todos los niños malos que son sorprendidos por la tormenta cuando están pescando acaban infaliblemente por ser aniquilados por el rayo. Los botes en que van niños malos en domingo naufragan siempre y hay siempre tormenta cuando los niños malos van a pescar ese día. Cómo logró escapar siempre este Jim, resulta para mí un misterio.
Aquel Jim debió de recibir algún encanto al nacer. Esta ha de ser la explicación. Nada podía dañarle. Incluso llegó a darle al elefante de la casa de fieras un paquete de tabaco, sin que éste le golpeara la cabeza con la trompa. Fue a registrar la alacena en busca de pippermint y no se equivocó y bebió aguarrás. Robó la escopeta de su padre y se fue a cazar en día feriado sin arrancarse dos o tres dedos. Cuando estaba furioso golpeó a su hermanita con el puño en las sienes y ésta no estuvo todo el verano pos­trada en cama, sufriendo, ni murió con dulces palabras de perdón en sus labios que redoblaran la angustia de su corazón destrozado. No; lo resistió perfectamente. Por fin escapó para irse en un barco y al regresar no se encontró triste y solo en el mundo, con aquellos a quienes amaba durmiendo en el tranquilo cementerio, ni encontró el hogar de su infancia desmoronado y en ruinas. No. Regresó borracho como una cuba y lo primero que vio fue el puesto de policía donde lo detuvieron.
Y creció, y se casó, y fundó una familia numerosa a la que una noche partió la cabeza con una hacha, enriqueciéndose con toda clase de canalladas y fraudes. Y ahora es el truhán más perverso e infernal de su pueblo natal y es universalmente respetado y forma parte del Parlamento.
Así es que, como ustedes ven, jamás hubo ningún James, de esos malos de los libros de escuela dominical, que tuviera una suerte tan portentosa como este pecaminoso Jim con su vida encantada.

Mark Twain

miércoles, 17 de mayo de 2017

Padilla Libros






El viejo diccionario

Tengo un viejo diccionario, de hace unos ciento veinte años, que necesito para cierto trabajo de este curso. Las páginas, inmensas y quebradizas, amarillean por los bordes. Cuando las paso, corren peligro de romperse. Al abrir el diccionario, también asumo el riesgo de romper el lomo, que ya está medio abierto. Debo decidir cada vez que voy a consultarlo si merece la pena seguir estropeando el libro para buscar determinada palabra. Dado que necesito usarlo, sé que lo estropearé, si no hoy, mañana, y que cuando acabe el trabajo estará en peores condiciones que cuando lo empecé, si es que no está absolutamente destrozado. Cuando hoy lo cogí de la estantería, sin embargo, me di cuenta de que lo trato con mucho más cuidado que a mi hijo. Cada vez que lo manejo, me cuido mucho de no hacerle daño: mi principal preocupación es no hacerle daño. Hoy he descubierto que, aunque mi hijo debería ser para mí más importante que mi viejo diccionario, no puedo decir que siempre que estoy con él mi principal preocupación sea no hacerle daño. Mi principal preocupación es casi siempre otra cosa: por ejemplo, enterarme de qué deberes lleva, o ponerle la cena, o terminar de hablar por teléfono. Que pueda hacerse daño en el proceso no parece importarme tanto como acabar lo que tengo pendiente, sea lo que sea. ¿Por qué no trato a mi hijo tan bien, por lo menos, como al viejo diccionario? Quizá sea porque el diccionario es evidentemente frágil. Cuan­do la esquina de una página se rompe, es incuestionable. Mi hijo no parece frágil, absorto en alguno de sus juegos o mal­tratando al perro. Sí, su cuerpo es fuerte y flexible, y no es fácil que yo le haga daño. Le he hecho un cardenal y luego se le ha quitado. A veces me resulta evidente que he herido sus sentimientos, pero es difícil apreciar el alcance de las heridas, y los sentimientos parecen curarse. Es difícil decir si se han curado del todo o si han quedado leve e irremedia­blemente dañados. Los daños del diccionario no tienen re­medio. Quizá trate mejor al diccionario porque no me exi­ge nada ni ofrece resistencia. Quizá yo sea más amable con las cosas que no parecen reaccionar contra mí. Pero mis plantas de interior no parecen reaccionar contra mí y, sin embargo, no las trato demasiado bien. Las plantas exigen un par de cosas. Exigen luz, y ya he satisfecho su petición poniéndolas en el sitio adecuado. También exigen agua. Las riego, pero no con regularidad. Y, en consecuencia, algunas no acaban de crecer y otras se mueren. No son ninguna pre­ciosidad: más bien tienen un aspecto raro. Algunas eran preciosas cuando las compré, pero ahora son raras porque no las he cuidado bien. La mayoría está en las mismas ma­cetas, feas, de plástico, en las que me las vendieron. La ver­dad es que me gustan poco. Si la planta no es bonita, ¿existe alguna otra razón para que te guste? ¿Soy más amable con las cosas si son bonitas? Pero trataría bien a una planta aun­que no me gustara. Debería saber tratar bien a mi hijo cuan­do no es precisamente una preciosidad e incluso cuando no se porta bien. Trato al perro mejor que a las plantas, a pesar de que es más activo y más exigente. Es fácil darle agua y comida. Lo saco a pasear, pero no mucho. A veces le pego en el hocico, aunque el veterinario me dijo que no le pegara cerca de la cabeza, o puede que me dijera que no le pegara en ningún sitio. Sólo estoy segura de que no tengo abandona­do al perro cuando se duerme. Quizá yo sea más amable con las cosas sin vida. O, más exactamente, si no están vivas, no hay amabilidad que valga. No sufren si no les presto atención, y eso supone un gran alivio. Es un alivio tan gran­de que incluso es un placer. El único cambio visible que sufren es que se cubren de polvo. El polvo no les hace daño. Incluso puedo buscar a alguien que les quite el polvo. Mi hijo se ensucia, y no puedo ni lavarlo ni pagarle a alguien para que lo lave. Es casi imposible conseguir que no se en­sucie, e incluso es complicado hacer que coma. No duerme lo suficiente, en parte porque me empeño en que se duer­ma. Las plantas necesitan dos cosas, o quizá tres. El perro necesita cinco o seis cosas. Está muy claro cuántas le doy y cuántas no, y, por tanto, hasta qué punto lo cuido. Mi hijo necesita muchas cosas más, además del cuidado físico, y esas cosas cambian y se multiplican constantemente. Pue­den cambiar en mitad de una frase. No siempre sé exacta­mente lo que necesita, aunque suelo saberlo. E, incluso cuando lo sé, no siempre puedo dárselo. Muchas veces al día no le doy lo que necesita. Algo de lo que hago por el viejo diccionario, aunque no todo, podría hacerlo por mi hijo. Por ejemplo, al diccionario lo manejo despacio, sin prisa, con cuidado. Tengo en cuenta su edad. Lo trato con respeto. Antes de usarlo, pienso. Conozco sus limitaciones. No lo animo a que haga más de lo que puede (por ejemplo, estar sobre la mesa completamente abierto). Lo dejo tran­quilo muchas horas.

Lydia Davis

lunes, 15 de mayo de 2017

5ª Fira - Conte Va! Va de Contes


El hombre doble

Yo lo había conocido al piano, una tarde grata, de cerca, en la penumbra gris y dulce del crepúsculo de primavera, en su salón. Me había parecido dulce, bueno, sencillo, vibrante el co­razón de la música de su piano, entre sus hijos, su mujer y sus flores.
Luego, al otro día, en su despacho, de lejos, entrando yo por la puerta distante del banco grande, me pareció que lo había equivoca­do con otro. Estaba más enjuto, más oscuro, recostado entre legajo y hule, y con unos ojillos de pimienta que en nada se parecían a los azules del día antes, unos ojillos que me miraban, acercándose, como con desagrado.
Llegando a un punto de la estancia, como en esos cambios de los árboles cuando nos acercamos a ellos, como si hubiera un esca­moteo teatral, el hombre de hoy, el del escritorio, se transformaba otra vez, en el hombre de ayer, el del piano, y la sonrisa grande y blanda sucedía al mirar pequeño, duro y desagradable.
Debió de notar mi confusión, y le dije lo que era:
-Al pronto no lo había conocido a usted. Me parecía usted otro.
Se rió con una risa fuerte, como si estuviera en el secreto de mi duda, una risa no sé si mala o buena, que no sé de cuál de los dos es, si del hombre dulce del piano, que se reía de mi sospecha, o del hom­bre molesto del banco, que se reía de mi infelicidad.
... La mujer leyó esta pájina, y, de pronto, sintió un escalofrío y dio un grito.
No era sospecha suya sólo. El poeta también lo había visto. En su casa había dos hombres.

Juan Ramón Jiménez

sábado, 13 de mayo de 2017

Empúries






Julián y Estacio

El rey de Tracia, yendo un día a caza de monte, fue ausentado de los suyos por seguir acosadamente a un ciervo;  hallándose sólo en un áspero bosque, y la noche que venía con abundantísima agua, sonó por dos o tres veces su bocina, y viendo que no era oído de ninguno determinó de seguir por donde al caballo mejor le pareciese caminar. Con esta determinación, habiendo caminado un grandísimo rato, cerró la noche y perdió el tino.  Parándose en el desierto y mirando a todas partes, vio una lumbre muy lejos, a la cuál encaminó su caballo; y llegando donde la lumbre estaba, vio que era una majada, en la cual habitaban marido y mujer y un hijo llamado Julián, de edad de quince años. Y pidiendo si había posada, les suplicó que le acogiesen por amor de Dios aquella noche. Dijéronle que eran muy contentos. Descabalgado que hubo, el hijo Julián le descalzó las espuelas, y tomó a cargo de dar pienso al caballo, el buen hombre de hacer fuego y enjugarle la ropa, y la mujer de guisarle de cenar.
Pues como estuviesen cenando, y el rey viese a Julián cuán bien criado y servicial era, díjole al padre:
-Decidme señor, ¿por qué tenéis este mozo aquí perdido? Dejadlo que vaya a ver el mundo algún poco de tiempo, que no puede perder nada por ello.
En esto respondió la madre, diciendo:
-No nos miente tal, por amor de Dios, señor, que ya una vez se nos quiso ir con una escopeta a la guerra, y de puras lágrimas mías le hice que se quedase.
Dijo entonces el rey: -Certifícoos, pues, padres honrados, que es mozo para servir delante de un rey; y si el rey de Tracia, vuestro señor, lo sabe, pasa peligro que no os lo pida para su servicio.
Respondió el padre: -Calle, señor, que se quiere burlar de nosotros; dejemos eso aparte, y vámonos a dormir, que es gran noche y vuesa merced pienso yo que vendrá cansado.
Dijo el rey: -Tenéis razón, padre. Y así, se fueron todos a dormir.
Venida la mañana, ya que esclarecer quería el alba, viérades venir de pie y de a caballo en busca del rey mucha gente; y como preguntasen a Julián, que estaba a la puerta de la majada, si había visto un caballero de esta y de esta suerte, y él respondiese que estaba durmiendo, entrados en su cámara, en verle, todos se arrodillaron delante de él, y besaron las manos de alegría y placer que se concibieron por haberle hallado. Como Julián lo viese, fuelo a decir deprisa a su padre y madre, que el huésped que había hospedado, era el rey de Tracia, por lo cual fueron corriendo a besarle las manos, y que les perdonase si no le habían hecho aquel acogimiento y honra que merecía. En esto, el rey los alzó de tierra y los abrazó, suplicándoles que a su hijo Julián se lo diesen para su servicio. Contentos y dichosos por ello, le aderezaron de las mejores ropas que pudieron; y el rey de Tracia, despidiéndose de ellos, se fue para su ciudad, acompañado de todos sus caballeros.
Al cabo de tiempo, por ser ya de muchos días Estacio, gentilhombre copero suyo, instituyó a Julián en su lugar. Pues como viese Estacio que el rey no se acordaba de él en darle otra dignidad, como pretendía, y que Julián privaba  tanto en tan poco tiempo, de envidia que le tuvo ordenó una malicia, y fue que, tomando a Julián en puridad le dijo:
-Mira, hermano, de esto que te quiero avisar no me lo debes de tomar a mal, sino agradecérmelo en grandísima manera, porque como eres novicio en el cargo que te ha dado el rey, y mozo no experimentado, caes en un grandísimo yerro en hablar rostro a rostro con el rey, y le tienes, según yo he oído, amohinado, por hederte un poco la boca; por eso, cuando hablares con él, desvía cuanto pudieres el aliento, y créeme.
Julián, con sanísimas entrañas y sin caer en malicia ninguna ni en algún engaño, cuando hablaba con el rey desviaba cuanto era posible su rostro. Estacio, viendo que Julián hacía lo que él le tenía aconsejado, tomó al rey en secreto, y díjole:
-Porque conozca Vuestra Alteza cuán poco hay que fiar en hijos de villanos, y que siempre tiran a su natural, esto muy claramente se ha mostrado en vuestro querido Julián.
El rey, admirado de lo que podía ser aquello, le dijo: -¿Cómo?  ¿Qué es lo que ha hecho?
Respondió:
-Sabrá Vuestra Alteza que va publicando que le hiede la boca que no hay quien lo sufra; pero, si no me cree, tenga mientes en ello y verá, cuando le sirve, como desvía su rostro del de Vuestra Alteza.
Teniendo sentimiento el rey de lo que Julián hacía y que Estacio le había enseñado, lo que él no se daba cuenta, vista la presente, determinó de hacerle matar. Y porque no le viese morir, por el amor que le tenía, fuese un día a holgar fuera de la ciudad, adonde unos leñadores solían hacer carbón, y apartándolos en secreto, les dijo:
-Mirad, buenos hombres, si mañana enviare aquí un criado mío, que os diga: «¿Habéis hecho lo que el rey os ha mandado?», echádmelo vivo y calzado adonde soléis hacer el carbón, y muera allí, porque es cosa que me cumple.
Volviendo el rey a su palacio, por la mañana dijo a Julián que fuese adonde hacían aquellos leñadores el carbón, y les dijese si habían hecho lo que el rey les había mandado. Yendo Julián, como tenía de costumbre por la mañana de rezar ciertas devociones, y se le hubiesen olvidado, pasando por la iglesia, entróse en ella para haberlas de rezar. Estacio, como supiese lo que el rey tenía ordenado, codicioso de ver efectuado su deseo, fuese derecho a los leñadores, y sin darse cuenta del daño que le podría sobrevenir, dijo:
-Buenos hombres, ¿habéis hecho lo que el rey os ha mandado?
No lo hubo acabado de decir cuando ya, le hubieron dado un porrazo en la cabeza y metido en el hoyo del carbón. Salido Julián de la iglesia de rezar sus devociones, como fuese a los leñadores a decirles que si habían hecho lo que el rey les había mandado, diciendo que sí, volvióse a decir  al rey que ya habían hecho su mandamiento, Espantado el rey de pensar qué podía ser aquello, aguardando que anocheciese, y viendo que Estacio no aparecía, llamó a Julián, pensando no fuese aquello un juicio de Dios, diciéndole:
-Ven acá,  ¿Estacio díjote por alguna vía  o manera que yo estaba quejoso de ti?
Respondió: -Sepa Vuestra Alteza que lo que él me dijo fue que cuando le servía a la mesa desviase mi rostro, porque le había dicho Vuestra Alteza que a mí me hedía la boca.
Entonces el rey, dándose con la mano en la frente, conoció el engaño y malicia de Estacio, y que los leñadores le habían quemado, y que Dios le había dado el pago que merecía, por lo que desde entonces amó mucho más a Julián. 

Juan Timoneda