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martes, 25 de julio de 2017

Descubriendo la capilla de San Telmo



Huarapo

Afectuosamente para Miguel Martínez Rendón

-¿Ves? Primero es huarapo... después, cachaza, luego melado, después melcocha, por último piloncillo.
La voz de mi padre se oía entre el bufar de los émbolos.
Me llevaba de la mano recorriendo los departamentos del enor­me trapiche. Su voz era insinuante. Se notaba a leguas su afán de enseñarme.
-Aquellos son los moldes. Allí están los peroles... esos hom­bres desnudos son los batidores... tienen la piel curtida, la cachaza hirviente no les levanta ampollas.
Y pasaban corriendo cerca de nosotros muchos hombres encue­rados hasta medio cuerpo. Los calzoncillos de manta delgada se enrollaban hasta muy cerca de las ingles. Sus plantas desnudas, sudorosas, se estampaban sobre el piso negruzco.
-Allá está el molino.
Fuimos hasta allá.
-Ésta es la caldera. Sigamos la banda para que conozcas la muela. Te va a interesar.
Y seguimos la banda.
Mi padre hablaba; pero el ruido del molino opacó su voz. En adelante no pude escuchar lo que dijo.
Llegamos a la muela.
Medrosamente me apreté a sus piernas. Dos enormes cilindros giraban uno sobre el otro. Diez peones, con sus vientres protegidos por recios mandiles de cuero, alimentaban la gran máquina. Gruesos tercios de caña morada desaparecían entre los dos cilindros, produ­ciendo ruidos que daban calosfrío. Parecían quejidos humanos.
Mi padre gesticulaba como queriendo comunicarme algo inte­resante. Yo entendí: quería que fijara mi atención en aquella enor­me muela, en aquella máquina gigante a la que no sé qué de trági­co le encontré desde el momento en que la vi. Hice con la cabeza un signo de asentimiento. Mi padre se tranquilizó.
Dimos una vuelta alrededor del estridente aparato.
Por un costado salía el bagazo completamente prensado. Muchos hombres cargaban con él y lo llevaban a secar hasta los enormes patios soleados. Por el otro lado una cascada de líquido zarco, delga­do, corría haciendo burbujas.
-¡Ése es el huarapo! -gritó mi padre a mi oído.
-¡Ah, el huarapo! -murmuré. Un peón escogió para mí la caña más tierna. Me obsequió con ella y sonrió tristemente cuando pasó la manaza torpe sobre mi cabeza. Después me tomó por el hombro y me condujo a un lejano rincón de la fábrica. Allí apenas llegaban los ruidos; pero la muela gigantesca y sus operarios se veían perfectamente.
Mi padre, recargado contra el muro descascarado, me dijo la cruel historia:
-Una mañana, cuando el trapiche empezaba a trabajar, Esta­nislao, el viejo mayordomo, paseaba vigilante muy cerca de la mue­la. El viento jugueteaba con las largas puntas de su jorongo pintado a colorines. En una de tantas vueltas el aire sopló más fuerte y las puntas del jorongo de Estanislao fueron cogidas por los cilindros. La polea giraba a toda tensión; el mayordomo trató en vano de qui­tarse el gabán; gritó pidiendo auxilio; algunos corrieron en su ayuda; pero la gran máquina se lo tragó con la facilidad con que se traga los tercios de caña morada.
"Cuando los peones rodearon la muela, el huarapo se había con­vertido en sangre, y los bagazos salían revueltos con carne molida. Algunos piadosos recibían en botes de petróleo las entrañas machacadas. Pararon la máquina; pero el huarapo enrojecido ya había lle­gado al gran tanque de depósito.
"El mecánico llevó la noticia al patrón. Llegó jadeante a su presencia.
"-¡Señor, algo grave aconteció en la fábrica!
"-¿Qué, otra flecha rota?
"-No, patrón, algo peor, una cosa horrible...
"-¿Se reventó la banda?
"-No, señor, Estanislao el mayordomo fue remolido por la muela.
"-¡Ah! -respiró. Agachó de nuevo su cabeza para terminar el asiento que había empezado en el libro de deudores.
"-¡Bueno, qué le vamos a hacer; Dios lo tenga en su gloria! Pero tú te has quedado como bruto... ¡Qué esperas, vete... recojan los restos que salgan por la boca del bagazo... y que lo entierren!
"-Pero, patrón, la sangre ha llegado hasta el tanque de depósito, no ha sido posible detenerla, yo...
"-¡Cómo! ¿Pero qué dices, animal? Que la sangre ha... ¿Sa­bes que ese descuido me significa la pérdida de toda la molienda del día?
"-¡Señor...!
"-¡Nada, ordena que sigan trabajando! ¡Yo no puedo perder...! ¡Vamos!
"Y vinieron ambos al trapiche.
"Los peones permanecían aún alrededor de la muela. Algunos sacaban con palas los despojos de Estanislao.
"-¡Probe Tanilo! -decían-, ¡y deja familia!
"-¡Bueno, muchachos, a trabajar... y sea por Dios! -dijo el amo al llegar.
"Los peones, aún con la terrible impresión pintada en el semblante, fueron cada uno a sus puestos.
"-¡Vamos, echa la fuerza! -gritó el propietario. Y la polea giró arrancando a los cilindros su chirriar escalofriante. Por el conducto del bagazo salieron los últimos pedazos de carne machacada.
"Del canal del huarapo sólo salió sangre, que caía haciendo burbujas en el gran tanque de depósito.
"-¡Metan caña, plebe...! ¡Yo no puedo perder! ¡Vamos!
"Diez hombres, como ahora, alimentaron de nuevo la enorme muela, la caña morada salía convertida en bagazo y huarapo. El líquido zarco, espumoso, empujaba hasta el tanque el último cuajarón de sangre.
"-¡Vamos, que no es posible perder veinte arrobas de pilonci­llo por una torpeza! ¡Que lleven luego esos botes a la casa de la viu­da para que ella dé sepultura a su difunto...! ¡Pero pronto, pronto, no hay que gastar el tiempo como quiera...! ¡Vamos!
"La gran muela siguió tragando tercio tras tercio de caña; de vez en vez salía entre el bagazo algún guiñapo del gabán de colori­nes de Estanislao.
"Al otro día fueron diez peones en comisión a ver al amo. Lo encontraron como siempre echado sobre el libro de caja. Vio por encima de los lentes a los comisionados; pero no les habló sino has­ta que terminó su apunte.
"-¿Qué hay? -gritó secamente.
"-¡Tío Tanasio, hable usté! -dijo uno de los peones dirigiéndose al más viejo.
"-No, mejor Florentino, es el más letrao -contestó el viejo.
"Florentino, que había estado en el Norte y cuyo prestigio de 'letrado' se fincaba sólidamente en el uso de pantalones de mezcli­lla y zapatos anchos, se adelantó, y tomando su sombrero por el ala lo hizo girar entre las manos para decir:
"-Bueno...  yo y la compañía hemos sido mandados por los demás para ver si usté le da algo a la viuda y a los chiquillos de Esta­nislao, la probe ha quedado muy atrasada y...
"-¡Oh, no sigas! -dijo el patrón haciendo un gran gesto de entendimiento-, ya sé lo que quieren... una compensación. Eso lo aprendiste tú en el Norte, ¿no? Muy bien... ¡una compensación! La hacienda sabrá recompensar ampliamente a la familia de su peón que muere en el trabajo. ¡La viuda tiene derecho! ¡Tiene derecho!
"Tosió, y mientras se rascaba la nuca dijo al empleado del escritorio:
"-A ver, Casillas, déme la nota de las moliendas.
"El empleado le entregó un libro pringoso y de gran volumen.
El patrón se sumió en un mar de sumas y restas.
"Después dijo, enseñando sus dientes negros por el tabaco:
"-¡Ah, ja! Conque una compensación... Muy bien. Mire, Casillas, ordene que le entreguen a la viuda el importe de media arroba de piloncillo, precisamente del que salió ayer... En eso aumentó la molienda; fue por la sangre de Estanislao que pasó hasta el tanque del depósito... ¡Tiene derecho la viuda...! ¡Media arroba!, ¿eh? -y dirigiéndose a los peones-, muchachos: hoy les complazco por­que quiero que esto les sirva de estímulo... ¡Tú, Florentino, desde mañana te quitas esos pantalones y esos zapatos; huarache y calzón blanco es lo que aquí debe usarse; no quiero que hombres vestidos como tú andas me vengan a inquietar la gente...! ¡Si no te parece puedes largarte otra vez al Norte, y allá, si se te antoja, estira la pata para que te den compensación! ¡Ahora a trabajar todo el mundo que la muela siempre está hambrienta! ¡Vamos, vamos, no hay que perder el tiempo en cualquier cosa!
"Y los peones salieron con la cabeza inclinada sobre el pecho, arrastrando penosamente sus huaraches sobre las baldosas del piso.

"Los arrieros de tierra fría, al pasar por el jacal de Estanislao, obse­quiaron a la viuda con un puñado de piloncillo. Ella lo recogió en un paliacate y lo colgó en un rincón de su casucha. Debajo ardió mucho tiempo una lámpara de aceite.
"El cura vino a bendecir el trapiche. Roció la muela con agua bendita, con mucha agua bendita... pero no la suficiente para borrar las manchas que aún se ven cerca del canal del huarapo."
-¿Conque no se te ha olvidado la lección?... ¡Vamos a ver!
-No, no se me ha olvidado, papá... primero es huarapo, des­pués cachaza, después... después...

Francisco Rojas González

domingo, 23 de julio de 2017

Giorgio de Chirico


Hombre blanco

Siempre traté de evitarlo. Su personalidad ácida suscitaba en mi piel una repelencia incontrolable. Para colmo, no sabía si él era licenciado en letras o en veterinaria. Pero yo estaba saliendo de un periodo de inactividad, de una sórdida decrepitud. Nos topamos en la niebla, como dos locomotoras ciegas. Además de proporcionar a las ciudades un acojinamiento comodísimo, la niebla impulsa a las creaturas humanas a entablar amistades muy íntimas. Nos abrazábamos por las razones más banales.
Una luz hospitalaria brillaba en nuestro encuentro inesperado. Nos lanzamos a la trattoria, como amantes ansiosos de estar juntos. No pude refrenar al dulce secreto que albergaba en el corazón. Entre las evaporaciones de un plato de fideos, le anuncié al "licenciado" mi próximo matrimonio. El cogió el mantel y, de un violento tirón, echó al suelo el frágil jardín de vasos y botellas.
-¡Yo también tengo una familia! -gritó-. Tengo todavía una familia.
Los lagrimones bajaban por sus mejillas y caían sobre la minestra. Mitigado el tumulto de los afectos, el "licenciado" prosiguió:
-Éramos veinticuatro hermanos. Vivíamos en el campo. Mi padre era un hombre muy virtuoso. Un día se le metió en la cabeza que debíamos vivir en la ciudad. ¡Resolución fatal! Cuando llegamos a la aduana, mi padre lanzó un grito de horror: había olvidado en el campo al más pequeño de nosotros. ¿Distracción? Si a usted se le ocurre pensar en algo así, le rompo el hocico. Mi padre nos había numerado uno tras otro. Pero una mudanza así, usted lo sabe, es causa de confusión y desorden. El instinto de propiedad era muy fuerte en mi padre. La pérdida de cualquier objeto lo afligía profundamente, con mayor razón la de una creatura nacida de su sangre. Una madre, lo que se dice una madre, nunca la tuvimos. Papá era egocéntrico, todo lo hacía él mismo. Puso un anuncio en los periódicos, ofreció una buena recompensa. ¡En vano! En cuanto a ir él mismo a buscar al niño, ni siquiera lo pensó. Mi padre era un padre modelo, un padre maternal, si me permite decirlo así, y no estoy dispuesto a cambiar las connotaciones, si alguien quisiera sostener lo contrario; pero, sobre todas las cosas, era un "hombre", un verdadero "carácter". Su lema era: "Ni un paso atrás", y sus actos lo justificaban. Al fallar aquella búsqueda, mi padre pensó en curar su pena. En esa ocasión, pude darme cuenta de su fuerza de ánimo. Estuvo sublime. Con estoicismo digno de un espartano, dos días después ya no pensaba para nada en el niño olvidado en el campo. Fue un cinco de mayo. ¡Ay de mí! En esa misma fecha, expiró napoleónicamente quien había sido el modelo de los padres y, a la vez, de las madres.
Desde ese día, el cinco de mayo es para nuestra familia una fecha fatal. Hace veintidós años -mientras los últimos bonapartistas iban a los Inválidos a honrar la tumba del emperador-, a nosotros, pobres huérfanos, nos tocó en suerte seguir los despojos mortales de quien murió en ese año. Nuestra tumba familiar se pobló de inquilinos horizontales. ¿No la conoce? ¡Qué lástima! Parece el monumento conmemorativo de una victoria. ¡Cuántos ataúdes he seguido! El del arquitecto, el del abogado, el del ingeniero...
-¿Todos ejercían profesiones liberales?
-¡Claro! Nuestro padre era sabio. Su sistema educativo le demostrará cuánto cuidado ponía en que cada uno de nosotros tuviera un porvenir brillante. Sistema muy original el de nuestro padre, que era un alma de Dios; un sistema del que se sentía orgulloso aquel buen hombre. Nuestro padre, aun habiendo evitado escrupulosamente que aprendiéramos a leer y a escribir, nos había provisto a todos, desde nuestra más tierna infancia, de títulos profesionales que son el distintivo de una situación decorosa. ¿Conoce usted un sistema mejor para "colocar" a un hombre? Por tal motivo antepongo siempre a mi nombre el título de "licenciado", que dignamente he llevado y llevaré hasta el último de mis días.
Se levantó.
-Hasta el último -repitió-. Hoy es cinco de mayo. Ha sonado mi hora. Hace un año acompañé al camposanto a mi hermano el arzobispo.
-¿Su padre era clerical?
-Usted no me ha entendido todavía. Mi hermano, el arzobispo, jamás entró en una iglesia; pero no puede haber una familia "completa" si no cuenta entre sus miembros a un representante del clero. En ella también estaba representado el ejército. Antes del ataúd del arzobispo, seguí el de mi hermano el general. Un funeral magnífico. La banda tocaba la marcha fúnebre de Chopin, los soldados portaban el fusil inclinado, y la yegua del general seguía la carroza bailando una polka. Me sentí el último sobreviviente de tanta lozanía humana, de tantos ciudadanos ejemplares, de tantos hombres ilustres... Pero usted me ha anunciado hace poco su próximo matrimonio y, por asociación de ideas, recuerdo ahora que en la casa de campo todavía me queda un hermano. ¡Pobrecito! Él se quedó sin título, sin profesión. ¿Qué habrá sido de él? Vamos. Antes de morir, quiero abrazar otra vez a quien un destino cruel alejó de mi afecto.
El licenciado analfabeto me empujó fuera de la trattoria, me hizo subir a un automóvil estacionado junto a la acera. El coche partió entre explosiones espantosas.
Corríamos a una velocidad récord. El torpedo del licenciado era pedomóvil. Los pies de mi compañero asomaban bajo las muelles y corrían velozmente en el camino. Tan ansioso estaba de reencontrar al último de sus veintitrés hermanos, que la aguja del taquímetro se había detenido en las 140. En cuanto a las espantosas explosiones que habían saludado nuestra partida, las había producido el licenciado con su trasero.
El camino era accidentado. Nuestros faros alumbraban ora un trecho llano, ora un coche estrellado, con cadáveres de turistas por todos lados. Parecía que nuestro viaje tendría que aplazarse, pero nada desanimaba al licenciado. Hacía saltar el coche con soberbios caderazos, y mientras sus ágiles plantas batían el aire como propelas de una hélice, el carro pedomóvil superaba todo obstáculo e iba a posarse blandamente más adelante.
Al término de una de estas trayectorias, que me pareció más larga que las precedentes, el coche se detuvo a orillas de un bosque. Los troncos de los árboles, deshabituados a ver hombres, nos miraban con asombro. Uno de ellos se armó de valor y, caminando con sus propias raíces, salió a nuestro encuentro, con una de sus ramas nos señaló una casa que contemplaba a la luna con sus ventanas vacías, y nos preguntó:
-¿Los señores desean visitar el Museo del Hombre Blanco?
En efecto, en la planta baja y tras el reflejo de una vidriera, un hombre blanco y completamente desnudo, esperaba los acontecimientos. Sin hacer caso de las palabras del custodio vegetal, el licenciado corrió hacia la casa lanzando un grito de madre carnívora. Yo también entré al museo de aquella obra maestra solitaria y, al quitarme el bombín delante de aquel modelo único de la estatuaria humana, tracé la curva del arcoiris.
La vida del hombre blanco estaba escrita en numerosos rollitos negros tirados en el pavimento. Dispersos en medio de éstos, encontré esos melancólicos detritus que, incluso el más racional de los desechos, deja tras de sí. Y si aquel hombre blanco seguía en pie a pesar de estar muerto, es porque nadie le había enseñado que, al morir, es preciso acostarse.
¿Qué consistencia podía tener aquel cuerpo que no había conocido, hecho ni dicho nada? Cuando el licenciado lo apretó contra su pecho para darle el abrazo fraternal, el hombre blanco se le deshizo entre los brazos y cayó a sus pies como un montoncito de talco.
Con el fin de honrar dignamente esta apoteosis, encendí un cigarrillo y arrojé el fósforo al suelo. La casa ardió como una antorcha. Nuevas vegetaciones brotaron en el llano adusto. Un rectángulo dorado se delineó entre el verdor de la hierba. Jovencitas y jovencitos vestidos de blanco jugaban graciosamente al tenis bajo un sol fulgurante.

Alberto Savinio

viernes, 21 de julio de 2017

The Beatles



 
La melodía ideal

¿Han observado alguna vez cómo, en una habitación en la que se encuentran reunidas veinte o treinta personas charlando animadamente, llega un momento en que todo el mundo guarda silencio súbitamente? Se crea una especie de vacío vibrante que parece engullir todos los sonidos. No sé como afectará a otras personas, pero a mí me produce una sensación de frialdad que me domina por completo. Ni que decir tiene que el fenómeno está sujeto a las leyes de probabilidad, pero, por alguna razón, parece algo más que una simple coincidencia en las pausas de las conversaciones. Es como si todos estuvieran pendientes de escuchar algo, aunque no sepan el qué. En esos momentos recuerdo aquellos versos:

Pero siempre a mi espalda presiento
el carro alado y cercano del tiempo...

Así es como a me afecta, por muy animada que sea la compañía entre la que me encuentre: Sí, incluso en «El Ciervo Blanco».
Me ocurrió esto mismo un miércoles por la noche en el que había menos aglomeración de la habitual. Se hizo el silencio, tan inesperadamente como siempre. Entonces, posiblemente en un deliberado intento de romper ese desagradable suspense, Charlie Willis empezó a silbar la última canción de moda; ni siquiera recuerdo el título. Sólo recuerdo que desencadenó uno de los relatos más inquietantes de Harry Purvis.
-Charlie -dijo con calma-, esa maldita cancioncilla me está volviendo loco. Durante la última semana he tenido que escucharla cada vez que enchufaba la radio.
John Christopher emitió un sonoro sorbetón.
-Deberías conectar siempre con el Tercer Programa. Estarías a salvo.
-A algunos de nosotros -contestó secamente Harry- no nos satisface una dieta exclusiva a base de madrigales isabelinos. Pero no vamos a pelear por eso, por Dios. ¿Nunca se te ha ocurrido que hay algo extraño en esas canciones de éxito?
-¿Qué quieres decir?
-Pues que aparecen misteriosamente, y durante semanas todo el mundo las tararea, como Charlie hace un momento. Las que poseen cierta calidad se te graban de tal forma que no puedes alejarlas de la cabeza, dan vueltas y más vueltas durante días. Y, de repente, desaparecen sin mayor explicación.
-Ahora te comprendo -dijo Art Vincent-. Algunas melodías pueden elegirse, pero otras se pegan como melaza, tanto  si lo deseas como si no.
-Exactamente. Durante una semana entera me obsesionó el tema principal del final de la segunda sinfonía de Sibelius; incluso me dormía con él rondándome la cabeza. Después le tocó el turno a El tercer hombre: da di da di daaa, dida, didaa... Recuerda lo que fue aquello.
Harry tuvo que callarse un momento hasta que la gente dejó de tararear. Cuando se desvanecieron los murmullos continuó:
-¡Exactamente! A todos os sucedió lo mismo. Entonces, ¿qué tienen esas tonadas para provocar tal efecto? Algunas son realmente buena música, otras, banalidades, pero evidentemente tienen algo en común.
-Continúa -dijo Charlie-. Estamos impacientes.
-Desconozco la respuesta -contestó Harry-. Y lo que es más, no quiero conocerla. Sé de un hombre que la encontró.
Automáticamente, alguien le acercó una cerveza, para que el tono de su relato no decayera. A mucha gente le fastidiaba que en medio de lo más interesante se parase para pedir otra bebida.
-No sé por que a la mayoría de los científicos les interesa la música -prosiguió Harry Purvis-, pero es un hecho innegable. Conozco muchos laboratorios importantes que poseen orquestas sinfónicas de aficionados, algunas incluso muy buenas. Entre los matemáticos se podrían encontrar razones obvias para justificar esta afición: la música, especialmente la música clásica, es, formalmente, casi matemática. Ademes, se apoya en la teoría: relaciones armónicas, análisis de las ondas, distribución de la frecuencia, y cosas por el estilo. Constituye en sí misma un estudio apasionante que atrae fuertemente a las mentes científicas, y que no excluye -aunque muchas  personas crean lo contrario- una apreciación puramente estética.
»Pero he de confesar que el interés musical de Gilbert Lister era completamente cerebral. Era, en primer lugar, un fisiólogo, especializado en el estudio del cerebro. Por eso la palabra cerebral debe ser tomada literalmente.
»No distinguía entre una canción vaquera y la Sinfonía Coral. No le interesaban los sonidos por sí mismos sino por los efectos que causaban en el cerebro.
»Entre personas tan cultas como las presentes -dijo Harry, con tal énfasis que sonó como un insulto-, no habrá nadie que ignore el hecho de que gran parte de la actividad cerebral  se realiza por medio de electricidad. Constantemente se producen pulsaciones de ritmo regular, que pueden detectarse y analizarse con la ayuda de modernos instrumentos. Éste era el campo de Gilbert Lister. Adosaba electrodos en el cuero cabelludo de una persona, y un sistema de amplificadores registraba las ondas cerebrales en cinta magnética. Tras examinarlas, podía dar todo tipo de información sobre la persona en cuestión. En última instancia, afirmaba, es posible identificar a cualquiera a partir de un encefalograma -para utilizar el término correcto- con mayor precisión que a través de las huellas dactilares.
»Mediante una intervención quirúrgica, puede cambiarse la piel de una persona, pero si llegáramos a un avance tecnológico tal que pudiera cambiarse el cerebro -bueno, esa persona ya no sería la misma, de modo que no podría acusarse al sistema de haber fallado.
»Mientras estudiaba los ritmos alfa, beta y demás del cerebro, Gilbert empezó a interesarse por la música. Estaba seguro de que existía alguna conexión entre los ritmos musicales y los mentales. Se propuso tocar música ante sus pacientes, para analizar los efectos producidos en sus frecuencias cerebrales normales. Como era de esperar, los efectos fueron múltiples, y los descubrimientos de Gilbert le llevaron a adentrarse en campos más filosóficos.
»Sólo en una ocasión hablé con él extensamente sobre sus teorías. No porque fuera reservado -nunca he conocido a un científico que lo fuera, pensándolo bien-, sino porque no le gustaba discutir sobre su trabajo hasta saber a dónde le iba a llevar. Pero lo que dijo fue suficiente para demostrar que había abierto un campo muy interesante, y en consecuencia, me propuse ayudarle. Mi empresa suministró parte del equipo y yo no me mostré reacio a obtener un pequeño beneficio marginal. Se me ocurrió que si las teorías de Gilbert funcionaban, iba a necesitar un representante en menos que canta un gallo...
»Porque lo que Gilbert intentaba hacer era encontrar el fundamento científico para llegar a una teoría sobre las canciones de éxito. Por supuesto, no pensaba sobre el asunto en estos términos: él lo consideraba como un simple proyecto de investigación y su única ambición consistía en publicar su trabajo en las Actas de la Asociación de Física. Pero yo reconocí las implicaciones financieras en seguida. Eran asombrosas.
»Gilbert estaba seguro de que una melodía o una canción de moda impresiona la mente porque de algún modo se adapta a los ritmos eléctricos fundamentales del cerebro. Utilizaba una analogía para explicarlo: "Es como meter una llave en una cerradura. Las guardas de una tienen que acoplarse a las de la otra para que funcione".
»Enfocó el problema desde dos ángulos. En primer lugar, recogió cientos de melodías populares y clásicas y analizó su estructura -o, como él decía, su morfología.
»Un analizador de armonías realizaba esta operación automáticamente, clasificando las frecuencias. Por supuesto, era mucho más complicado, pero estoy seguro de que habréis entendido la idea básica.
»Al mismo tiempo, trataba de ver la adecuación entre las ondas resultantes y las vibraciones eléctricas naturales del cerebro. La teoría de Gilbert consistía -y aquí nos adentramos en aguas filosóficas más profundas- en que todas las melodías existentes son aproximaciones burdas a una melodía ideal. Los músicos de todos los tiempos la han buscado a ciegas, porque ignoraban la relación entre música y mente. Una vez revelada esta relación, sería posible descubrir la Melodía Ideal.
-¡Eh! -exclamó John Christopher-. Eso es una refundición de la teoría platónica de los Arquetipos. Ya se sabe: todos los objetos del mundo material son burdas copias de la silla o la mesa, o lo que sea, ideales. Así que tu amigo buscaba la Melodía Ideal. ¿La encontró?
-Lo sabrás a su debido tiempo -prosiguió Harry sin inmutarse-. Gilbert tardó un año en completar el análisis, ya continuación comenzó con la síntesis. Para entendernos: fabricó una máquina capaz de construir modelos de sonidos, automáticamente, acordes con las leyes que había descubierto. Tenía montones de osciladores y mezcladores; en realidad, lo que hizo fue modificar un órgano electrónico ordinario para esta parte del aparato, controlado por la máquina compositora. De esa forma tan infantil con que los científicos bautizan a sus vástagos, llamó al invento «Ludwig».
»Se entendería mejor el funcionamiento de Ludwig si se le concibe como una especie de caleidoscopio sonoro, en lugar de visual. Pero el caleidoscopio obedecía a unas ciertas leyes, y esas leyes -al menos Gilbert así lo creía- estaban basadas en la estructura fundamental de la mente humana. Con los arreglos necesarios Ludwig llegaría, tarde o temprano, a encontrar la Melodía Ideal a través de todos los modelos musicales posibles.
»Tuve la oportunidad de escuchar a Ludwig, y fue una experiencia extraña. El equipo consistía en el lío electrónico indescriptible común a todos los laboratorios. Lo mismo podía haber sido la máquina de una nueva computadora que la mira de una pistola a radar, un sistema de control de tráfico o un aparato de radio construido por un aficionado. Era difícil aceptar que, si llegaba a funcionar, dejaría sin trabajo a todos los compositores del mundo. ¿O no? Quizá no: Ludwig podría proveer la materia prima, pero necesitaría orquestación.
»El sonido comenzó a salir del altavoz. Al principio me pareció como si escuchara ejercicios para cinco dedos ejecutados por un alumno eficiente, pero poco inspirado. La mayoría de los temas eran banales; la máquina tocaba uno ya continuación lo sometía a una serie de cambios, un compás tras otros, hasta agotar todas las posibilidades, y pasaba al siguiente tema. De vez en cuando producía un pasaje notable, pero en general, no me impresionó lo más mínimo.
»Pero Gilbert me explicó que sólo era una prueba, porque los circuitos aún no estaban listos. Cuando lo estuvieran, Ludwig tendría mayor capacidad de selección: de momento tocaba cualquier cosa -no poseía el mínimo sentido discriminatorio. Cuando lo adquiriese, las posibilidades serían ilimitadas.
»Fue la última vez que vi a Gilbert Lister. Había quedado en ir a su laboratorio una semana después, tiempo en el que esperaba haber conseguido grandes progresos. Llegué una hora más tarde a la cita, por suerte para mí...
»A mi llegada acababan de llevarse a Gilbert. Encontré a su ayudante, un hombre de edad que había trabajado con él desde hacía años, muy nervioso y desconsolado, sentado entre la maraña de cables de Ludwig. Tardé mucho en descubrir lo que había ocurrido, y aún más en entender los motivos.
»No cabía duda de que Ludwig, por fin, había funcionado. El ayudante había salido a almorzar mientras Gilbert terminaba los últimos preparativos, y cuando volvió al cabo de una hora, el laboratorio vibraba con una frase melódica larga y compleja. O la máquina se había parado automáticamente en ese punto, o Gilbert había pulsado el botón de REPETICIÓN. Sea como fuere, estuvo escuchando, durante varios cientos de veces, al menos, la misma melodía. Cuando su ayudante le encontró parecía hallarse en trance. Los ojos abiertos sin ver, los miembros rígidos. Incluso cuando desconectaron a Ludwig, continuó igual. Gilbert no tenía remedio.
»¿Qué había ocurrido? Supongo que deberíamos haberlo tenido en cuenta, pero, ¡es tan fácil decirlo cuando ya todo ha pasado! Recordemos lo que dije al principio. Si un compositor que sabe música de oído puede inventar una melodía capaz de dominar la mente de una persona durante días, ¿qué efecto tendría la Melodía Ideal que Gilbert buscaba? En el supuesto de que existiera -y no lo doy como un hecho seguro-, formaría un anillo infinito en los circuitos de la memoria. Daría vueltas y más vueltas, eliminando los demás pensamientos. Todas las melodías empalagosas del pasado se convertirían en simples bagatelas comparadas con ella. Una vez introducida en el cerebro, transformaría las formas de las ondas circulares que constituyen la manifestación física de la conciencia -y ese sería el final. Ni más ni menos le sucedió a Gilbert.
»Le sometieron a terapia de choque; lo intentaron todo. Pero no sirvió para nada; el patrón se había establecido y no podía romperse. Gilbert ha perdido toda conciencia del mundo exterior, y tienen que alimentarlo por vía intravenosa. No se mueve jamás ni reacciona ante estímulos externos, pero, según me han dicho de vez en cuando se contrae de una forma extraña, como marcando un ritmo.
»Me temo que no tiene curación. Y, sin embargo, no estoy seguro de si su destino es horrible o, por el contrario, digno de envidia. Quizá haya encontrado la realidad esencial que siempre ha preocupado a filósofos como Platón. No lo sé, realmente. A veces me sorprendo preguntándome a mí mismo cómo sería esa maldita melodía, casi deseando haber tenido la oportunidad de escucharla, al menos una vez. Debe de existir alguna forma de hacerlo sin peligro: ¿recordáis que Ulises escuchó el canto de las sirenas y no murió por ello...? Pero ya no habrá otra oportunidad, por supuesto.
-Me lo temía -dijo Charles Willis maliciosamente-. Supongo que el aparato explotó, o algo así, y como de costumbre no podremos comprobar la veracidad de tu relato.
Harry le dirigió una mirada más de tristeza que de enfado.
-El aparato apenas sufrió desperfectos -contestó con serenidad-. Lo que ocurrió a continuación fue una de esas cosas enloquecedoras por las que nunca dejaré de culparme. Me tomé tal interés en el experimento de Gilbert que no presté la debida atención a los intereses de mi empresa.
»Mucho me temo que Gilbert había amontonado deudas y cuando el Departamento de Contabilidad se enteró de lo que le había ocurrido, actuó inmediatamente. Tuve que salir de la ciudad durante un par de días en viaje de negocios y cuando volví ¿sabéis lo que había pasado? Mediante una acción judicial, habían confiscado todos sus bienes, lo que significaba el desmantelamiento de Ludwig; cuando lo vi al día siguiente, se había convertido en un montón de chatarra. ¡Y todo por unas cuantas libras! Me hizo llorar.
-Estoy seguro -dijo Eric Maine-. Pero has olvidado atar el Cabo Suelto Número Dos: El ayudante de Gilbert. Entró en el laboratorio mientras el artilugio funcionaba a pleno rendimiento. ¿Por qué no le afectó a él también? Has metido la pata en esto, Harry.
El señor don Harry Purvis hizo una pausa para apurar las últimas gotas de su vaso y lo acercó a Drew.
-¡Vaya! -exclamó-. ¿Es un interrogatorio? No he mencionado ese punto porque no tiene mucha importancia. Pero explica por qué nunca tuve el menor indicio de la naturaleza de aquella melodía. Mira, el ayudante de Gilbert era un técnico de laboratorio muy cualificado, pero no pudo prestarle mucha ayuda en la fabricación de Ludwig. Era una de esas personas que carecen completamente de oído. Para él, la Melodía Ideal no significaba más que el maullido de un gato.
Nadie hizo más preguntas: creo que todos sentimos el deseo de enfrascarnos en nuestros propios pensamientos. Hubo un silencio largo y profundo antes de que «El Ciervo Blanco» reanudara su actividad habitual. Pero a los pocos minutos, Charlie comenzó a silbar de nuevo La Ronde.

Arthur C. Clarke

miércoles, 19 de julio de 2017

Samurai Bookmarks








Cuerpo de mujer

Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había una pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. “Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

Ryunosuke Akutagawa

lunes, 17 de julio de 2017

Museo Casa de Estación


Otra puerta cerrada

Mi padre era un déspota. Mi madre, mi hermana, mi abue­la y yo vivíamos bajo su tiranía pero nos habíamos acostumbra­do a las marcas que su cinturón dejaba en nuestra piel. Sólo mi hermano mayor se había podido escapar de él alistándose en el frente para luchar en la última gran guerra. Cada día mi madre miraba el buzón para ver si recibíamos noticias suyas hasta que una mañana llegó una carta de mucho más lejos. Mi madre la leyó y, sin decir nada, se sentó en el sofá, donde estuvo tres horas llorando, cogiendo la carta tan fuerte que sus dedos se volvieron blancos como los de un muerto. Cuando se tranquilizó nos ex­plicó que su hermano pequeño había muerto y que su esposa y sus hijos se habían quedado sin casa donde vivir. Mi padre, en un ataque de rabia, arrancó el buzón de la pared y lo tiró. En aquella casa nunca más llegarían las malas noticias por correo.
Al cabo de unos días mi tía y mis primos se instalaron en nuestra casa. Mi primo ocupó la cama vacía de mi hermano, en mi habitación. Mi prima compartió cama con mi hermana y mi tía dormía en el sofá. Nuestra casa era pequeña pero suficiente para mi familia, pero con la llegada de los forzados inquilinos se convirtió en una insoportable lata de sardinas. A quien más im­pactó la invasión fue a mi abuela, que una mañana no se levantó para desayunar, ni para comer, ni para cenar. Por la noche mi padre, temiendo lo que se encontraría, entró en su habitación para hacer el simple trámite de certificarlo. Con su muerte todos pensábamos que ganaríamos un poco de espacio pero mi padre, en un ataque de ira, cerró la puerta de la habitación con llave y la tiró al inodoro. En aquella casa la muerte no se llevaría a nadie más mientras durmiese.
Unas semanas más tarde sonó el teléfono por primera vez en muchos meses. Mi madre respondió y me parece que colgó a su interlocutor antes de que terminase de hablar. Cogió una foto­grafía enmarcada de mi hermano y la abrazó con fuerza contra el pecho. Se sentó en una silla del comedor y estuvo llorando sin parar durante tres días y tres noches. Lo sé porque mi padre, en un ataque de rabia, instaló los colchones de mi primo y mío en el comedor, con mi tía en el sofá y mi madre llorando en la silla. Entonces, con maderas y clavos, cerró la habitación que había compartido con mi hermano para que, si él no iba a volver, no entrase nadie nunca más. También arrancó el teléfono de la pa­red y lo tiró a un contenedor. En aquella casa las malas noticias no volverían a llegar por teléfono.
Cuando mi madre se durmió de agotamiento, conseguimos arrancarle el marco con la foto de los brazos. Con la presión el cristal se había roto y se le había clavado en los brazos, en las manos y en los pechos, creando profundas heridas, casi tanto como la que tenía en su corazón, pero con la diferencia de que éstas, al no limpiarse, empezaron a infectarse lentamente.
Una tarde de tormenta, cuando estábamos todos almorzan­do en el comedor, cayó un rayo en la casa. Después del descon­cierto inicial, descubrimos que había caído en la habitación de mis padres y había calcinado su cama. Señal de mal agüero, pen­só mi padre. Y convencido de que en la habitación había algún elemento que atraía los rayos, tapió la puerta con más maderas y más clavos. Mi madre fue a dormir con mi hermana y mi prima, y mi padre con nosotros y la tía en el comedor. Todos estábamos muy pendientes de lo que hacíamos, porque si alguien sufría otro accidente, nuestras condiciones de vida empezarían a ser muy deplorables. Fue entonces, de forma no premeditada, cuan­do la revuelta empezó a crear sus cimientos, por debajo, en silen­cio, como todas las grandes revoluciones.
Como las desgracias nunca vienen solas, no tardó en llegar otra. Mi tía se estaba duchando. Alguien más necesitaba el baño y empezó a golpear la puerta con insistencia. Ella se puso nervio­sa y sacó la mano por un lado de la cortina buscando la toalla. Tanteó con la mano y lo que encontró fue el secador de pelo, que cayó dentro del agua. Esa misma tarde mi padre cerró el baño con llave, la tiró al río y destrozó el contador de la luz con un hacha. En aquella casa nadie moriría nunca más electrocutado.
Las condiciones infrahumanas que nos rodeaban, a oscuras, iluminados sólo por velas, obligados a improvisar un baño en la cocina y sin espacio para movernos, nos convirtieron a todos en seres hoscos y amargados. Las heridas que mi madre se había hecho con los cristales todavía estaban abiertas. Ya no sangraban pero estaban inflamadas y su color verdoso daba a entender que se habían infectado y muy pronto la fiebre le impidió levantarse de la cama. Tres noches después, mi madre dejó de sufrir.
Con la habitación de mi hermana tapiada con ladrillos y cemento porque la madera se había terminado, nuestro hogar era sólo un comedor y una cocina donde vivíamos mi padre, mi hermana, mis primos y yo. La revuelta que había empezado ha­cía semanas, en silencio, intercambiando miradas, por fin había conseguido un estado consistente. Conscientes de que si ocurría otro accidente tendríamos que vivir recluidos en una habitación y sabiendo que las desgracias nunca vienen solas, decidimos que sólo había una solución para nuestro problema: teníamos que matar a mi padre.
Una noche, cuando regresó a casa de trabajar, nos encontró sentados en el comedor en silencio. Empezó a ordenarnos lo que teníamos que hacer pero ninguno de nosotros le obedeció. Él gritaba y nos insultaba e insultaba a nuestras madres muertas, pero nos quedamos en silencio sin hacer nada. Desconcertado porque sus órdenes no tenían ningún efecto sobre nosotros, se sentó a nuestro lado mirándonos en silencio. Entonces nosotros cuatro nos levantamos, con tranquilidad y sin miedo aparente, y forzamos las cerraduras, y sacamos las maderas clavadas, y tira­mos las paredes construidas. Mi padre nos miraba atónito, sin comprender lo que hacíamos, y su mirada reflejaba pánico. Sen­tí pena cuando me di cuenta de que él no era más fuerte que mis primos, mi hermana o yo mismo. Y él no hizo nada. Se quedó sentado allí, con la mirada perdida, mientras gimoteaba algo ininteligible en voz muy baja. Su poder había sido derribado y eso, para él, fue mucho peor que la muerte.

Gerard Guix

sábado, 15 de julio de 2017

Llévame a la Luna





La luna es más útil

Preguntó una vez a un hombre un sabio:
-Oye, fulano, ¿cuál es más útil, el sol o la luna?
Y le respondió:
-El sol.
-¿Por qué? -le volvió a interrogar.
-Porque alumbra más que la luna y tiene luz propia.
Y el sabio hizo la misma pregunta a otro hombre, quien le contestó:
-La luna.
-¿Por qué? -le volvió a preguntar.
-Porque, en tanto que el sol no alumbra más que de día, que hay luz, la luna alumbra de noche con la misma claridad que si fuera de día. 

Rodolfo Gil Grimau






Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a la abuela del hermano de la madre de Ismael.