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sábado, 19 de agosto de 2017

Segar i Batre




La hormiga argentina      (19)

-¡Usted -lo agredió mi mujer, recobrándose tras un instante de vacilación-, debería avergonzarse! ¡Porque viene a casa y ensucia por todas partes y al niño la hormiga en la oreja se la hizo entrar usted, con su melaza!
Le acercaba las manos a la cara, y el señor Baudino, sin abandonar su deteriorada sonrisa, hacía movimientos de animal salvaje para reservarse una salida, y entretanto se encogía de hombros y echaba miradas y guiños a su alrededor -destinados a mí, porque no había nadie más a la vista- como diciendo: «Es tonta», pero su voz sólo enunciaba desmentidos blandos y generales, como:
-No..., no... Qué dice.
-¡Porque todos dicen que es usted el que, en vez de envenenar a las hormigas, les da un reconstituyente! -gritaba mi mujer, y él se deslizó por la pequeña puerta a la calle-patio, y mi mujer lo seguía, insultándolo.
Ahora, los encogimientos de hombros y las ojeadas del señor Baudino iban destinadas a las mujeres de las chabolas de alrededor, y me pareció que ellas hacían una especie de doble juego imperceptible, aceptando que él las tomara como testigos de que mi mujer decía tonterías, y cuando, en cambio, a quien miraban era a mi mujer, la incitaban con cabeceos enérgicos y con los movimientos de las escobas a seguir encarnizándose con el hombre de la hormiga. Yo no me metía, ¿y qué hubiera podido hacer? Desde luego, no iba a cargar yo también contra aquel hombrecito furtivo y ponerle las manos encima, ya bastante grande era la cólera de mi mujer contra él, y tampoco me parecía el caso de moderarla, porque no quería asumir la defensa de Baudino. Hasta que mi mujer, en un nuevo acceso de cólera, gritando:
-¡Usted le ha hecho daño a mi hijo! -le aferró por el cuello y le sacudió. Yo estaba por lanzarme a separarlos, pero él no la tocó, giró sobre sí mismo con movimientos cada vez más parecidos a los de las hormigas, hasta que consiguió escapar con torpes pasos rápidos y después se recompuso y se alejó, siempre encogiéndose de hombros y murmurando frases como:
-Pero qué cosa... Pero quién es... -y haciendo un gesto como para dar a entender: «Es tonta», siempre en dirección al público de las chabolas.
Público del cual, en el momento en que mi mujer se había abalanzado contra Baudino, se había alzado un rumor fuerte, aunque confuso, que se había acallado apenas el hombre se había liberado y que ahora se recomponía en las frases que le espetaban, frases no tanto de protesta y amenaza, sino más bien quejosas, casi pidiendo compasión, pero gritadas como si fueran orgullosas proclamaciones:
-A nosotros las hormigas nos comen vivos... Hormigas en la cama, hormigas en el plato, todos los días, todas las nocheees... Ya teníamos poco que comer y hemos de darles de comer a ellaaas...
Yo había tomado del brazo a mi mujer, que seguía sacudiéndose de vez en cuando y gritando:
-¡Pero esto no va a quedar así! ¡Sabemos quién nos hace el cuento! ¡Sabemos a quién tenemos que dar las gracias! -y otras frases amenazadoras que no tenían eco porque, a nuestro paso, las ventanas y las puertas de las chabolas se cerraban y los habitantes reanudaban sus míseras vidas junto a las hormigas.
Fue pues un triste regreso, y era previsible. Pero lo que sobre todo me disgustaba era haber visto cómo se habían comportado aquellas mujeres. Y me dieron tanto fastidio los que andaban lloriqueando por las hormigas que nunca más volvería a hacerlo, y me venían ganas de encerrarme en un orgullo doloroso como el de la señora Mauro, pero ella era rica y nosotros pobres y no encontraba la vuelta, la manera de seguir viviendo en aquel lugar, y me parecía que ninguna de las personas que conocía y que hasta poco antes me habían parecido tan superiores la hubiera encontrado o estuviera por encontrarla.

Italo Calvino

viernes, 18 de agosto de 2017

Ediciones La Central



La hormiga argentina      (18)

El llanto del niño y los gritos de mi mujer atrajeron a las vecinas: la señora Reginaudo, que nos fue realmente útil y bastante amable, la señora Brauni que, hay que reconocerlo, hizo también todo lo que pudo por ayudarnos, y otras pobres mujeres que hasta entonces no habíamos visto. Todas se afanaban en dar consejos: verterle aceite en la oreja, mantenerle la boca abierta, sonarle la nariz y no sé cuántas cosas más. Gritaban y terminaban por ser más un estorbo que una ayuda, aunque al principio nos hubieran dado ánimo, y su manera de agitarse alrededor del niño servía sobre todo para acentuar el rencor general contra el hombre de la hormiga. Mi mujer había gritado a los cuatro vientos que él, Baudino, era el culpable; y las vecinas estaban de acuerdo en que aquel hombre merecía que le cantaran las cuarenta de una vez por todas, y que era él quien hacía todo lo posible para que la hormiga se desarrollara bien, a fin de no perder su empleo, y que era muy capaz de haberlo hecho a propósito, porque ya se sabe que estaba siempre del lado de la hormiga, y no del de los cristianos. Exageraciones, claro está, pero en aquella agitación, con el niño llorando, me uní a ellas yo también y, si hubiera tenido en ese mismo momento entre mis manos al señor Baudino, no sé qué le hubiera hecho.
La hormiguita salió con el aceite tibio; el niño, medio aturdido de tanto llorar, tomó un juguete de celuloide y lo agitó y chupó, decidido a olvidarnos. Yo sentía la misma necesidad que él: quedarme solo y aflojar los nervios, pero entre las mujeres continuaba la diatriba contra Baudino, y decían a Elide que probablemente estaba allí cerca en un lugar donde tenía sus enseres, y Elide:
-Ah, yo voy allá, claro que sí, voy a darle su merecido.
Entonces se formó un pequeño cortejo, con Elide a la cabeza, yo naturalmente a su lado, aunque sin pronunciarme sobre la utilidad de la empresa, otras mujeres que incitaban a la mía, siguiéndola y por momentos adelantándosele para mostrarle el camino. La señora Claudia se ofreció a quedarse con el niño, y nos despidió desde la puerta; advertí después que la señora Aglaura tampoco venía con nosotros, y sin embargo se había manifestado como una de las enemigas más encarnizadas de Baudino, pero nos acompañaba un pequeño grupo de mujercitas desconocidas. Avanzábamos ahora por una especie de calle-patio, flanqueada de chabolas de madera, gallineros y huertos medio llenos de desperdicios. Algunas de aquellas mujeres, después de haber hablado tanto, al pasar por sus casas se detenían en el umbral, nos indicaban con gran vehemencia dónde teníamos que ir y  entraban llamando a los niños sucios que jugaban echados en el suelo, o iban a dar de comer a las gallinas. Sólo un par de mujeres nos siguieron hasta el local de Baudino, pero cuando, a los golpes de Elide, se abrió la puerta, resultó que entramos solos ella y yo, aunque sentíamos que nos seguían las miradas de las mujeres desde las ventanas o los gallineros, o que pasaban por allí delante barriendo, y era como si siguieran incitándonos, pero en voz muy baja y sin correr ningún riesgo.
El hombre de la hormiga estaba en el centro del cuchitril, una barraca semidestruida y, en uno de los tabiques que quedaban en pie, había pegado un cartel amarillento que decía con grandes caracteres: ENTE PARA LA LUCHA CONTRA LA HORMIGA ARGENTINA, y alrededor había pilas de platitos para la melaza, y cajas de tarritos de todo tipo, el conjunto en una especie de basural lleno de envoltorios de espinazos de pescado y otros desechos, tanto que en seguida se le antojaba a uno la idea de que aquella era la gran fuente de todas las hormigas de la zona. El señor Baudino estaba frente a nosotros, con una irritante semisonrisa interrogativa que mostraba los huecos de su dentadura.

Italo Calvino

jueves, 17 de agosto de 2017

Mussols






La hormiga argentina        (17)

La señora Mauro apretó los labios:
-No -dijo, tajante. Y después, como comprendiendo que no podíamos creerle,-explicó-: Aquí lo tenemos todo como un espejo. Apenas entra una hormiga del jardín y la vemos, tomamos las medidas del caso.
-¿Cuáles? -preguntamos en seguida a un tiempo mi mujer y yo, y ahora lo único que sentíamos era esperanza y curiosidad. 
-Así -dijo la señora, encogiéndose de hombros-, las barremos fuera con la escoba.
En ese momento notamos en su expresión de estudiada impasibilidad, algo como la tensión de un dolor físico que, allí sentada, desplazaba vivamente su peso hacia un lado, arqueando la cintura. Si no fuera por el contraste con las afirmaciones que salían de su boca, hubiera jurado que una hormiga argentina, metida debajo de su ropa, la había picado; una o varias, que se paseaban por su cuerpo y la picaban, porque aunque se esforzara por no moverse de la silla, se veía claramente que no conseguía estar quieta y compuesta como antes, sino muy tensa, mientras se le dibujaba en la cara el gesto de un sufrimiento cada vez más agudo.
-Pero nosotros tenemos ese terreno negro de hormigas -dije rápidamente- y por limpia que mantengamos la casa, entrarán siempre a miles...
-Es lógico -dijo la señora, y su mano delgada apretaba el brazo del sillón-, es lógico, el terreno está sin cultivar, y en los lugares sin cultivo se crían millones de hormigas. Mi proyecto era limpiar el terreno hace cuatro meses. Usted me hizo esperar y ahora sufre las consecuencias, y no sólo usted, sino todos, porque las hormigas se propagan...
-¿Se propagan también aquí, en su casa? -preguntó mi mujer casi sonriendo.
-¡Aquí no! -exclamó pálida la señora Mauro, y siempre con la diestra aferrada al brazo del sillón, con un pequeño movimiento rotatorio del hombro se frotaba el codo contra el costado.
A mí se me ocurría que la oscuridad, la decoración, la amplitud de las habitaciones y el carácter orgulloso eran las defensas que tenía aquella mujer contra las hormigas, las razones por las cuales era frente a ellas más fuerte que nosotros, pero que todo lo que veíamos alrededor, empezando por ella misma allí sentada, estaba roído por hormigas aún más implacables que las nuestras, casi una especie de termitas africanas que destruían todas las cosas dejando su envoltura, y que de aquella casa sólo quedaba la tapicería desteñida, el paño casi pulverizado de los cortinajes, todo a punto de hacerse pedazos delante de nuestros ojos.
-Justamente, nosotros veníamos a preguntarle si podía darnos algún consejo para librarnos de esta plaga... -dijo mi mujer, que había recobrado una actitud totalmente desenvuelta.
-Mantener la casa limpia y trabajar la tierra. No hay otro remedio. El trabajo: sólo el trabajo -y se puso de pie, y la decisión de despedirnos se añadió a una sacudida instintiva de su cuerpo, que ya no podía estar quieta. Se recompuso, y por su cara pálida pasó como una sombra de alivio.
Bajábamos por el jardín y mi mujer dijo:
-Esperemos que no se haya despertado. Yo también estaba pensando en el niño. Lo oímos llorar aún antes de llegar a casa. Corrimos, lo alzamos en brazos, tratamos de calmarlo, pero seguía llorando fuerte, chillando. Le había entrado una hormiga en un oído: tardamos un poco antes de darnos cuenta, porque lloraba desesperadamente y no nos daba a entender qué le pasaba. Mi mujer lo dijo en seguida:
-¡Tienen que haber sido las hormigas! -pero yo no entendía por qué seguía llorando así, cuando no le encontrábamos ninguna hormiga ni señas de picaduras o de irritación, y lo habíamos desnudado y mirado bien por todas partes.
Sin embargo, encontré algunas en la cesta; y pensar que creía haberla aislado bien, pero no habíamos reparado en las pinceladas de melaza del hombre-hormiga: el caso es que una de las torpes rayas trazadas por el señor Baudino parecía hecha a propósito para atraer a aquellos bichos y hacerlos subir hasta la cuna del niño.

Italo Calvino

miércoles, 16 de agosto de 2017

Poble Espanyol - Barcelona


La hormiga argentina      (16)

Como nuestro hijo dormía, pensamos que era el momento apropiado para subir a la casa de la señora Mauro. Teníamos que verla para pedirle las llaves de un cuartucho y también en cierto modo para hacerle una visita de cortesía. Pero nuestros verdaderos motivos para apresurar la visita eran la intención de transmitirle nuestra protesta por habernos alquilado una casa invadida por las hormigas sin habernos prevenido y, sobre todo, la curiosidad de ver cómo se defendía nuestra patrona de aquel flagelo.
La casa de la señora Mauro tenía un jardín más bien grande, en pendiente, con altas palmeras de amarillentas hojas en abanico. Un vial sinuoso conducía a un edificio rodeado de galerías vidriadas y tragaluces, y en lo alto del tejado un gallo oxidado giraba dificultosamente sobre su eje rechinando, en retraso con respecto a las hojas de las palmeras que se quejaban y murmuraban cada vez que se levantaba viento.
Mi mujer y yo subíamos por el vial y desde la balaustrada veíamos abajo la casita donde vivíamos, que todavía nos era tan poco familiar, y la maleza del terreno sin cultivar, y el jardincito de los Reginaudo que parecía el patio de un depósito, y el de los Brauni con su compostura como de cementerio, y en ese momento podíamos olvidar que eran lugares negros de hormigas, podíamos verlos como hubieran sido sin aquel tormento que no era posible evitar ni siquiera un instante, a esa distancia podían parecer un paraíso, pero cuanto más los mirábamos desde arriba, mayor era la compasión que sentíamos por nuestra vida allí abajo, como si viviendo en aquel mezquino, ínfimo horizonte, no pudiéramos sino seguir luchando contra problemas ínfimos y mezquinos.
La señora Mauro era vieja, flaca y alta; nos recibió en una habitación en sombras, sentada en una silla de alto respaldo, junto a una mesita que se abría y contenía lo necesario para coser y escribir. Llevaba un vestido negro, con sólo un cuello blanco de hombre; tenía la cara flaca ligeramente empolvada y un peinado severo. Nos tendió en seguida la llave que el día antes nos había prometido, pero no nos preguntó si nos sentíamos a gusto en la casa, y esto -nos pareció- era señal de que esperaba nuestras quejas.
-Pero las hormigas que hay abajo, señora... -dijo mi mujer, con un tono que esta vez hubiera preferido menos humilde y resignado. Aunque fuese dura y a menudo agresiva, a veces se dejaba dominar por la timidez y en esos momentos me contagiaba su malestar.
Para apoyarla y reforzando el tono resentido, dije:
-Usted nos ha alquilado una casa, señora, que, si hubiéramos sabido de antemano toda esta historia de las hormigas, se lo digo francamente... -y ahí corté, pensando que había sido bastante claro.
La señora ni siquiera alzó la mirada.
-La casa estuvo deshabitada durante mucho tiempo -dijo-. Es lógico que haya alguna hormiga argentina, las hay en todas partes... allí donde no se limpia bien. Usted -me dijo- me ha tenido colgada cuatro meses antes de darme respuesta. Si hubiera venido en seguida, ahora no habría hormigas.
Nosotros mirábamos la habitación casi a oscuras, con los cortinajes corridos y las persianas entornadas, las altas paredes revestidas de tapices antiguos, los oscuros muebles tallados, sobre los cuales, jarras y teteras de plata lanzaban breves centelleos, y nos parecía que aquella oscuridad, aquella pesada decoración, servían a esconder la presencia de ríos de hormigas que seguramente recorrían la vieja casa desde los cimientos hasta el tejado.
-¿Por qué usted, aquí -dijo mi mujer en tono insinuante, casi irónico-, no tiene hormigas?

Italo Calvino




martes, 15 de agosto de 2017

Zamora en fiestas



La hormiga argentina      (15)

Si describo al señor Baudino con tantos detalles, es para tratar de definir la extraña impresión que nos causó, en realidad, nada extraña, porque nos pareció que entre mil personas habríamos adivinado que el hombre de la hormiga era justamente él. Tenía manos gruesas y velludas: con una sostenía una especie de cafetera y con la otra una pila de platitos de terracota. Nos dijo que aplicaría la melaza y su voz traicionaba una indolente indiferencia burocrática: el modo mismo, blando y arrastrado, de pronunciar la palabra «melaza» bastaba para indicarnos con cuánta empedernida desconfianza y con cuánto desprecio por nuestras angustias cumplía este hombre su deber. Frente a él me di cuenta de que mi mujer era la que daba ejemplo de calma mostrándole los puntos por donde pasaban más hormigas. En realidad, sólo con verlo moverse tan vacilante para repetir los pocos gestos necesarios y llenar uno por uno los platitos vertiendo la melaza de la cafetera y posarlos sin volcarlos, yo perdía la paciencia. Observándolo comprendí por qué me había hecho a primera vista aquella impresión: se parecía a una hormiga. No sé decir por qué, pero era seguro que se parecía: tal vez fuese el color negro opaco de su silueta, tal vez las proporciones de su cuerpo pequeño y mal hecho, o el temblor de las comisuras de la boca que correspondía a la vibración continua de las antenas y las patitas de los insectos. Había sin embargo una característica de las hormigas que decididamente no tenía, y era la diligente prontitud que las mantiene siempre en movimiento; el señor Baudino se movía con lentitud y torpeza, y ahora con un pincelito impregnado de melaza nos embadurnaba la casa sin ton ni son.
Mientras yo seguía con creciente fastidio los movimientos del hombre, advertí que mi mujer no estaba conmigo; la busqué con la mirada y la vi en un ángulo del terreno donde el cerco de la casa de los Reginaudo se juntaba con el de los Brauni; asomadas a los respectivos cercos, la señora Claudia y la señora Aglaura conspiraban, y mi mujer, en medio, las escuchaba. Me acerqué a ellas, pues el señor Baudino se ocupaba en ese momento del recoveco que había detrás de la casa, donde podía embadurnar lo que quisiera sin necesidad de vigilancia, y escuche el sermón de la señora Brauni que se acompañaba con secos gestos angulosos:
-¡Ese, a lo que viene es a dar el reconstituyente a las hormigas! ¡Qué va a ser veneno, es un reconstituyente! -Y la señora Reginaudo, apoyándola, en tono un poco melifluo:
-El día en que no hubiera más hormigas, ¿adonde irían los funcionarios del Ente? Entonces ¿qué quiere que hagan, estimada señora?
-¡Las engordan, eso es lo que hacen! -concluyó con ira la señora Aglaura.
Mi mujer -ya que los discursos de las dos vecinas le estaban dirigidos- escuchaba silenciosa, pero la manera en que dilataba las aletas de la nariz y apretaba los labios me indicaba que la rabia, el sufrimiento por el engaño que debía soportar la estaban devorando. Y también yo, debo decirlo, me inclinaba a creer que no eran puras habladurías de mujeres.
-¿Y los cajones de estiércol para los huevos? -continuaba  la señora Reginaudo-. Se los llevan, pero ¿usted cree que los queman? ¡Vamos!
Se oyó:
-¡Claudia! ¡Claudia! -la voz del marido, a quien seguramente las exageraciones de su mujer lo tenían sobre ascuas. La señora Reginaudo nos dejó con un "Disculpen" en el que vibraba una nota de desprecio por el conformismo del marido, y del lado opuesto me pareció oír, como un eco, una especie de risotada sardónica, y vi por los senderos bien cubiertos de pedregullo al capitán Brauni que iba corrigiendo la inclinación de las trampas. A sus pies uno de los platitos de terracota que el señor Baudino acababa de llenar estaba volcado y roto, seguramente de un puntapié, váyase a saber si distraído o deliberado.
No sé que clase de ataque preparaba mi mujer contra el hombre de la hormiga mientras regresábamos a casa, pero es probable que yo no hubiera hecho nada para contenerla, más bien, llegado el caso, la habría apoyado. Un vistazo alrededor y dentro de la casa nos bastó para comprobar que el señor Baudino había desaparecido; ya al llegar creímos oír chirriar y cerrarse el portoncito. Habría salido justo en ese momento, sin saludar, dejando a su zaga aquellas huellas de melaza pegajosa y rojiza que despedían un desagradable olorcito dulzón, completamente distinto al de las hormigas pero que, no sabría decir cómo, tenía que ver con él.  

Italo Calvino

lunes, 14 de agosto de 2017

Festa Nacional de la Llana - Ripoll


La hormiga argentina      (14)

Y la mujer:
-Melaza envenenada... -y soltó una risita como si se las supiera todas.
-¿Y las mata?
Mis preguntas eran un juego agotador; ya lo sabía: cada tanto parecía que todo estuviera a punto de resolverse y después volvían a empezar las complicaciones.
El señor Reginaudo meneó la cabeza como si yo hubiera dicho algo inconveniente.
-Pero no... Veneno en dosis mínimas, naturalmente... Melaza azucarada, las hormigas se vuelven locas por la melaza. Las obreras vuelven al hormiguero, alimentan con esas pequeñísimas dosis de veneno a las reinas que tarde o temprano morirán envenenadas.
No quise preguntar si, tarde o temprano, se morían de veras. Comprendí que el señor Reginaudo informaba sobre ese procedimiento con el tono de quien, personalmente, sostiene una teoría distinta, pero siente el deber de referir objetivamente y con respeto la opinión oficial de la autoridad. Su esposa, en cambio, con la intolerancia propia de las mujeres, no tenía empacho en manifestar su aversión por el sistema de la melaza, y subrayaba el discurso del marido con risitas malignas, con réplicas irónicas, actitud que a él en cierto modo debía de parecerle fuera de lugar o demasiado atrevido, porque trataba de hacerla callar y en  todo  caso  de  atenuar  esa  impresión de derrotismo, sin contradecirla del todo -tal vez porque en privado él también se expresaba así, y peor todavía-, sino tratando de darle pequeños ejemplos de ecuanimidad, como:
-Bueno, ahora estás exagerando, Claudia... Es cierto que muy eficaz no es, pero puede servir... Y además lo hacen gratuitamente... Hay que esperar unos años antes de juzgar...
-¿Unos años? Hará veinte que ponen esa cosa, y cada año hay más hormigas. El señor Reginaudo, en vez de desmentirla, prefirió desviar la conversación hacia otros méritos del Ente, y me explicó el sistema de los cajones de estiércol que los hombres de la hormiga dejaban en los jardines para que las reinas pusieran los huevos, y después pasaban a retirarlos y los quemaban. Comprendí que el tono del señor Reginaudo era el que convenía para explicar la cosa inclusive a mi mujer, suspicaz y pesimista por naturaleza, y una vez en casa le repetí las palabras del vecino, guardándome de elogiar el sistema par milagroso o en todo caso rápido, pero absteniéndome también de los irónicos comentarios de la señora Claudia. Elide es una de esas mujeres que, par ejemplo en el tren, creen que los horarios, la distribución de los vagones, los requerimientos de los revisores, son todas cosas insensatas y mal hechas, sin ninguna justificación posible, pero que las aceptan con fatigado rencor; de modo que consideró absurda e irrisoria esta historia de la melaza -yo no pude contradecirla-, pero se dispuso a recibir la visita del hombre de la hormiga -que se llamaba, según supe, señor Baudino-, sin incomodarlo con protestas o inútiles peticiones de ayuda.
El hombre entró en nuestro terreno sin pedir permiso y ya lo teníamos delante mientras hablábamos de él, lo que provocó una situación embarazosa. Era un hombrecito de unos cincuenta años, vestido con un traje negro raído y desteñido, una cara un poco de borrachín, el pelo todavía oscuro peinado con una raya infantil. Los párpados entrecerrados, la sonrisa levemente untuosa, una pigmentación rojiza alrededor de los ojos y en las aletas de la nariz preanunciaban la entonación estridente de la voz, como de cura, con una fuerte cadencia dialectal. Un movimiento nervioso le hacía latir las arrugas en las comisuras de la boca y de la nariz. 

Italo Calvino

domingo, 13 de agosto de 2017

Calendario





La hormiga argentina     (13)

Llegaron también los otros y quisieron que bebiese con ellos ya que no habían podido darme indicaciones sobre algún trabajo. Se habló otra vez del tío Augusto y uno preguntó:
-¿Y que hace allá ese gran vagabundo? -Empleó la palabra lingera que además de vagabundo quiere decir malandrín, y todos demostraron que aprobaban mucho la definición y que justamente lo apreciaban mucho por lingera. A mí me molestaba un poco esta fama atribuida a un hombre que en el fondo era respetuoso y modesto, aun en su manera desordenada de vivir. Pero quizás eso formaba parte de la actitud de jactancia, de exageración propia de esa gente, y confusamente se me ocurrió que se relacionaba con las hormigas, que fingir que los rodeaba un mundo movido, de aventuras, era una manera de aislarse de los inconvenientes menudos. En mi caso el obstáculo para adoptar esa actitud -pensaba mientras volvía a casa- era mi mujer, siempre enemiga de fantaseos. Y pensaba también cuánto había influido ella en mi vida, cómo era ya incapaz de emborracharme con palabras e ideas, porque en seguida se me presentaban su cara, su mirada, su presencia, que sin embargo me eran entrañables y necesarias.
Mi mujer salió a mi encuentro, con un aire un poco alarmado, y dijo:
-Oye, ha venido un aparejador.
Yo, que aún tenía en el oído el tono de superioridad de los fanfarrones de la fonda, dije casi sin escuchar:
-Eh, un aparejador, ahora, por un aparejador...
Y ella:
-Ha venido un aparejador a casa, a tomar medidas...
Yo no entendía y entré.
-Oh, ¿pero qué estás diciendo? ¡Si es el capitán!
Era el capitán que desenrollando un metro amarillo tomaba medidas para instalar sus trampas en nuestra casa. Le presenté a mi mujer y le agradecí su prontitud.
-Quería echar un vistazo a las posibilidades del ambiente -dijo-. Hay que hacerlo todo con criterios matemáticos -y midió inclusive la cesta donde dormía el niño, y lo despertó. Al pequeño le asustó el metro amarillo tendido encima de su cuerpo y se echó a llorar. Mi mujer quiso dormirlo de nuevo. El llanto del niño ponía nervioso al capitán, aunque yo tratase de distraerlo. Por suerte su mujer lo llamó y salió. La señora Aglaura, asomada por encima del seto, le hacía gestos con los brazos flacos y blancos, y gritaba:
-¡Ven! ¡Sí, ven! ¡Hay alguien! ¡Sí, el hombre de la hormiga!
Con una mirada y una sonrisa de labios apretados llena de intención, se disculpó por tener que volver en seguida a su casa.
-Ya vendrá aquí también -dijo, señalando el punto donde debía de estar el misterioso «hombre de la hormiga»-, ya verá... -y se fue.
Yo no quería encontrarme frente a frente con el hombre de la hormiga sin saber bien quién era y qué venía a hacer. Fui hasta la escalerilla que daba al terreno de los Reginaudo; el vecino regresaba justo en ese momento; llevaba un traje blanco y el sombrero de paja y venía cargado de bolsitas y cajas. Le pregunté:
-Escúcheme: ¿el hombre de la hormiga ya pasó por la casa de ustedes?
-No sé -dijo Reginaudo-, vengo del pueblo, pero creo que sí porque veo melaza por todas partes. ¡Claudia!
La mujer se asomó y dijo:
-¡Sí, sí, pasará también por la casa de los Laureri, pero no crea que le servirá de algo!
Como si yo esperara algo. Pregunté:
-Pero a ese hombre, ¿quién lo manda?
-¿Y quién quiere que lo mande? -dijo Reginaudo-. Es el hombre enviado por el Ente por la Lucha contra la Hormiga Argentina, el empleado que viene a poner melaza en todos los jardines de las casas. Esos platitos, ¿los ve?

Italo Calvino