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sábado, 23 de septiembre de 2017

Editrice




En el país llamado Más o Menos

Vivo en el país llamado Más o Menos,
donde,
muy extrañamente,
no hay ningún partido oficial llamado “Masomenosista”…
donde ellos
leen a nuestros escritores clásicos… más o menos.

Donde a veces,
hasta los distinguidos ciudadanos
se enamoran (más o menos),
pero a veces,
después de algunos meses
ya no hay besos,
los unen solo los pesos.
Entonces no son ajenos,
más o menos.

“¿Es verdad, señor, que todos beben en su país Más o Menos?”
Hay algunas personas que no beben nada…
Más o menos…”
“Difícil de creer, señor,”
Ni siquiera algo así como…
una gota. Más o menos.”

“¿Qué tipo de gente es aquella, la de su amado pueblo
del país llamado Más o Menos?”
Son más o menos agradables…
Más o menos honestos…
Unas veces menos, otras veces más…

“¿Está Usted, señor, orgulloso de su gran país,
llamado Más o Menos?”
Hmmm…
Más o menos…
Por lo general, somos generosos más o menos...
suficientemente amistosos… menos o más…

Por supuesto, todos estamos por la paz…
un tanto más, un tanto menos...
Por supuesto, tenemos algunas pequeñitas,
pero más o menos
desagradables guerras.

En cada esquina,
en cada cocina de cada casa
cuando las esposas y los esposos están algo
así como peleando discretamente,
tenemos nuestra propia Chechenia doméstica,
y un Irak privado,
ondeando un trapo húmedo de cocina
como una bandera nacional,
cuando las sandalias y las planchas
a veces vuelan por encima de las cabezas
como ovnis…
sin embargo, apreciamos nuestros valores de familia…
Más o menos…

En nuestras cortes de justicia  tenemos
más o menos incorruptibles jueces,
en nuestros centros de investigación
hay pensadores, más o menos insobornables.

Una más o menos bella mujer me susurró:
“Estoy más o menos enamorada de Ud.
Más o menos para siempre…”

Me gustaría pararme frente a Dios,
así como soy,
no algo así como más o menos.

No estar  más o menos feliz
En esta más o menos vida…
En esta más o menos libertad.

Evgeni Evtuchenko

jueves, 21 de septiembre de 2017

Japón



Los justos

Una vez, amables escuchas, un comerciante llamado Basat fue a la ciudad de Tashne. Un viejo amigo suyo, magistrado de aquel lugar, lo recibió en su casa, con muchas ceremonias y muestras de afecto, y la más grande fue un obsequio: un pájaro qush tallado en madera, pintado de rojo y púrpura, que era el símbolo de su ministerio: de honor y justicia.
Basat, por un momento, no supo qué decir, pues era una pieza, así lo pensó, muy rica y muy costosa. Pese a ser del tamaño de un qush verdadero, estaba llena de detalles sutiles: las plumas de las alas podían contarse, y tocarlas semejaba tocar plumas verdaderas; el pico tenía los agujeros diminutos por los que un pájaro respira, las garras parecían de hueso, los ojos eran negros y relucían... Por fin, Basat murmuró algunas palabras de agradecimiento, aseguró al juez su estima y su lealtad, y los dos se abrazaron, con mucha gravedad y respeto.
Más tarde, en su dormitorio, Basat envolvió la estatuilla en una tela suave, para evitar que se dañara en el largo viaje de regreso, y la puso cerca de las bolsas de su equipaje, para guardarla con prontitud cuando llegara el momento. Luego pasaron varios días, y Basat tal vez cumplió el propósito de su viaje a Tashne, tal vez no, pero lo que importa es que una noche, la víspera de su partida, volvió a su alcoba e hizo su equipaje: guardó su ropa sucia, sus útiles de limpieza, algunos recuerdos, y primero se sintió confundido, después irritado, por último furioso.
Porque no halló, por ninguna parte, a su pájaro qush.
No alzó la voz de inmediato: antes miró bajo la cama, buscó en todos los cajones y armarios, salió al balcón y volvió a entrar... Pero luego denunció el robo, y el juez enfureció también, y ordenó que la estatuilla fuera buscada por toda la casa.
—Pero en cuanto hallemos al culpable —aseguró a Basat—, le daremos un castigo ejemplar. Nuestras leyes son justas.
Al cabo de varias horas fueron llevadas ante el magistrado, que aguardaba con Basat, una de sus sirvientas y una estatuilla.
—Pero ella niega haberla robado —explicó el mayordomo—, y debo decir, señor, con perdón, con el debido respeto, que me cuesta no creerle porque es una muchacha honesta, muy hacendosa. Su..., su nombre es Hasi, señor; es hija de Raouda, la cocinera, a quien usted recordará. Y la figura estaba en su cuarto, a plena vista...
El juez lo despidió con un ademán. Basat vio que, en efecto, Hasi era muy joven y no parecía una persona maliciosa: sus ojos eran límpidos y su barbilla firme. Pero estaba atemorizada. Sus piernas temblaban, y sólo la ayuda de un par de mozos, que la sostenían de los brazos, le impedía caer al suelo.
Basat frunció el ceño, sí, porque se dijo que no debía fiarse de apariencias, y preguntó:
—¿Esta es?
Y la muchacha: «Señor, señor, yo no, yo le juro», pero el juez la hizo callar y le tendió la estatuilla a Basat. —¿Quiere ver si es la que le di?
Basat obedeció, y la pieza era tan exquisita como la que recordaba. El pájaro estaba en la misma posición, con las alas desplegadas como a punto de echar a volar, el pico abierto...
—Si no es la mía, es igual —dijo.
—¿Pero es la que desapareció de su habitación? ¿Está seguro? Hasi dijo: «Por favor, señor...»
—Mi amigo —dijo el juez—, considere que, debo decirlo, el pájaro qush es popular aquí, y su forma la repiten muchos artesanos.
La muchacha abrió la boca pero volvió a cerrarla. Estaba muy angustiada, y a Basat se le ocurrió que, tal vez, su amigo era muy severo. Pero no dijo nada. Examinó una vez más el pájaro de madera, y en verdad se demoró tanto como pudo: le daba vueltas entre sus manos, lo acercaba a sus ojos...
Y siempre que lo hacía, miraba de reojo a Hasi y la veía cada vez más temblorosa, con la boca torcida en una mueca. Entonces recordó que la estatuilla debía ser muy valiosa. Demasiado, acaso, para una sirvienta, por acaudalado que fuese su patrón.
—Me parece —comenzó, y la cara de la muchacha pasó a ser una de puro terror. Entonces ya no dudó.
Pensó, es verdad, en ser compasivo. Tal vez ella ni siquiera había pensado en la necesidad de esconderla. Seguramente desconocía su verdadero valor.
Pero pensó también: siempre me he tenido por un hombre honesto. Y un delito es siempre un delito. Así que dijo:
—Es la mía.
—No se hable más —dijo el juez, y se volvió a ver a Hasi—. Niña —comenzó—, no debiste...
Pero ella dio un solo grito, agudo y discordante, y se desmayó. Los dos mozos la levantaron y se la llevaron.
Cuando estuvieron solos, Basat y el juez permanecieron en silencio por un momento. Entonces el juez dijo:
—Mi amigo, escuche. Como le dije, las leyes de Tashne son justas. Sin embargo, creo que en este caso deberíamos castigar la mentira, más que el robo, porque alguien puede robar en caso de extrema necesidad, pero la mentira siempre corrompe a quien la dice y a quien la cree. Si usted no tiene inconveniente, por supuesto.
—¿Cuál sería el castigo? —preguntó Basat, que sabía poco de tales asuntos y hasta entonces no había pensado que en Tashne, muchos de ustedes lo saben sin duda, la ley tiene fama de imparcial, pero también de inflexible y rigurosa.
—Para los ladrones —dijo el juez—el castigo es la amputación de las dos manos, y para los mentirosos la de la lengua. Sinceramente, estoy pensando que esa niña sufrirá menos siendo muda que manca.
Basat, como el día de su llegada, no supo qué decir.
Luego pensó que su amigo tenía razón, y que a veces hay que pronunciarse por el mal menor, y esa misma tarde presenció cómo Hasi recibía su castigo en el patio central de la casa. Lo vio desde un balcón elevado, en compañía de su anfitrión, y no pudo dejar de conmoverse ante los gritos de la muchacha, que no dejó de protestar su inocencia. Decía que la estatuilla era suya, que había ahorrado durante años para comprarla. Calló hasta que la forzaron a mantener la boca abierta, para que el verdugo pudiera usar su cuchillo y más tarde su cauterio.
Poco después, de vuelta en la estancia de la casa, el magistrado pidió con gesto grave que los sirvientes trajeran el equipaje de Basat, quien deseaba marcharse de inmediato de Tashne.
—Se ha hecho justicia —le dijo su amigo, y Basat entendió que buscaba consolarlo.
Y cuando tuvo sus bolsas de viaje, Basat abrió una de ellas para guardar su qush, envuelto de nuevo en una tela suave, y en la bolsa descubrió un envoltorio igual que el que tenía en la mano. Y en el envoltorio había otro pájaro qush.
El suyo, el que en verdad era suyo, de la misma fina artesanía, de la misma belleza. Había confundido el envoltorio con una camisa sucia.
Basat se quedó mirando las dos figuras; hasta las levantó, una en cada mano, porque no podía creer lo que veía. Y todos los demás las vieron también.
Lo prendieron porque el juez, su amigo, debía preservar incluso las formas y los rituales de la ley. Lo llevaron a una cárcel. Y otro juez, para que no hubiera sospecha de ruindad o contubernio, lo juzgó y le hizo dos preguntas:
—¿Se le dijo que la pieza no era única? —fue la primera.
Basat respondió: «Sí».
—¿Entiende que, como usted se encuentra aquí, debe sujetarse a las leyes de Tashne? —fue la segunda.
Basat, que seguía aturdido por la sorpresa, respondió: «Sí».
Pero su ánimo flaqueó ante el verdugo y pidió clemencia a gritos. Luego lo forzaron a arrodillarse, a abrir la boca, y sintió el frío del acero entre los dientes. Pasó un día solo, acostado en una celda, con una tela ensangrentada en la boca. Por la noche, incapaz de dormir, incapaz de sosegarse, a la vez furioso y lleno de vergüenza, quiso confortarse, como se confortan o se engañan los héroes de los cuentos cuando sufren una gran pena, y se entregó a imaginar: se dijo que todo aquello era un sueño, y que pronto estaría despierto. Quiso verse feliz y a salvo, entero, en su propia ciudad. Pero su ensueño resistía, se escapaba de su voluntad y lo llevaba al patio cuadrado de la prisión, al recuerdo del dolor, al espanto indecible de sus propios gritos, a las caras de quienes habían presenciado la ejecución de su sentencia y que no lo miraban con odio ni siquiera con burla sino con indiferencia, aburridos de verlo mutilado así y no muerto con heridas espantosas.
Su sueño difería de sus recuerdos sólo en un rostro nuevo, que lo miraba entre los otros. Era el de la muchacha, Hasi. Una punta de tela salía por entre sus labios apretados. Y estaba llorando, vio el hombre, y nunca podría decirle por qué lloraba.

Alberto Chimal

martes, 19 de septiembre de 2017

Amics del Col·leccionisme del Garraf


Eslabones   

Si aquella tarde mi tía Julia no me hubiese pedido quedarme con los niños, yo no habría salido al parque. De no haber ido, no me hubiese cruzado con Laia, quien casualmente y entre el alboroto de los niños sumergidos en el mundo del juego, me informó sobre la charla que daban en la okupa aquella noche -del mismo modo que hubiese podido hablar del mal tiempo o del atentado sucedido recientemente en Barcelona-. No obstante, me habló del evento, al que no se me hubiese ocurrido asistir de no haberme interesado el tema o de no haber estado disponible. Asimismo, caso de no haber ido, tampoco me habría reencontrado con ese viejo conocido, con quien tiempo atrás ya habíamos soñado despiertos, conversando ajenos al paso del tiempo sobre lo emocionante de lanzarse a lo desconocido, para aprender a ver con otros ojos lo que en “nuestro mundo” nos rodea y tomamos automáticamente como definitivo.
Como no podría ser de otra manera, él no tenía mejores planes para luego. Conseguimos unas cervezas y fuimos a charlar a la playa, aprovechando la claridad con que la luna casi llena interrumpía la oscuridad absoluta.
Llegado el momento, confesé en voz alta por primera vez la decisión que había tomado meses atrás.
-Yo me largo.
-¿Te vas? ¿A dónde?
-A descubrir el mundo.
Puede que Los Titiriteros jugasen con Quim su primer movimiento en la que se presagiaba como una larga partida: me acababan de proporcionar compañero de camino, pues no vaciló un instante en sumarse a la iniciativa.
***
Probablemente, si mis padres no fuesen un par de viajeros empedernidos, a mi nunca me hubiese dado tan fuerte por ahí… O puede que sí.
***
Cuando, un tiempo después, hubimos reunido todo lo necesario partimos dejando “nuestro mundo” a un lado, para adentrarnos en aquél que todavía no habíamos tenido oportunidad de conocer… sin la menor noción sobre cuando nos volveríamos a reunir con los nuestros. Ese era el precio por saciar nuestra sed de curiosidad hacia lo que habría y cómo serían las cosas “más allá”.
Es en este punto donde se pone divertida la partida, jugando el factor sorpresa el papel principal…, junto con -por supuesto- el de Los Titiriteros, quienes parecen divertirse de lo más dirigiendo no sólo nuestros hilos, sino los de todos aquellos que se cruzan en nuestro camino. El resultado de esta conjunción: la aventura garantizada.
Algunas veces Los Titiriteros, que parecen estar siempre pendientes, se limitarán a pasar turno; otras optarán por mover, colocando la “ficha” ideal en nuestro camino, con el fin de responder a algunos de nuestros más recientes deseos o necesidades, y dotando así al juego de un giro del todo imprevisible.
Fue remarcable, por ejemplo, el movimiento de hilos ejecutado para permitirnos reencontrarnos con unos buenos amigos conocidos semanas atrás, de quienes nos despedimos olvidando por completo intercambiar contactos. En aquél caso, se tuvieron que dar a un tiempo nuestro paso por una población en la que ignorábamos ellos se hallaban, a la vez que estacionásemos para acercarnos a contemplar el lago; junto con el hecho, por su parte, que tuviesen que realizar una llamada urgente, para la que necesitasen recargar crédito, puesto que se les había acabado en aquél preciso instante. La sorpresa de la imprevista confluencia condujo al gozo de abrazos que detienen la calzada, seguido por varios kilómetros de recorrido compartido, adobados por el placer de la buena conversación y reflexión.
O, por señalar otro caso, si entre tomar la ruta A o la B, llegamos a tomar la A, se nos rompe el motor en mitad del desierto. Sólo porqué nos obsequiaron con la voz pertinente para advertirnos de los obstáculos que dificultaban el acceso por la primera, nos decantamos por la segunda. Casualidades de la vida, ésta nos conducía por el lugar de residencia de la mamá de un poco tratado por nosotros, pero bien estimado amigo de papá. Aun siendo ella consciente de nuestro paso ligero por allá, y sin conocernos en absoluto, nos abrió la puerta de su casa y las de su corazón. Habiéndonos despedido después de un más que agradable aunque fugaz lapso de tiempo con ella y su familia, rearrancamos decididos a devorar kilómetros, cuando llegados al medio de la nada, un sospechoso TAC-TAC-TAC-TAC desinfla nuestro globo de ilusión. La urgencia de un mecánico de imperativa confianza nos devuelve al hogar de nuestra amorosa anfitriona y sus chicas, quienes salpicarían de alegría la tediosa espera, estrechando lazos que ya no se van a desatar.
No menos llamativa fue la que nos jugaron hoy mismo, a punto de desistir de encontrar la información adecuada sobre unas reservas nacionales a las que nos habían recomendado efusivamente ir -en el país donde los “puntos de información turística” confunden con datos incompletos y contradictorios-. Nos disponíamos a seguir camino con intención de acampar lo más cerca posible de ellas. Fue el momento óptimo para que la batería del auto dictaminase fallar. Esta situación, atrajo a nosotros a un curioso personaje que no dudó en brindarnos su tiempo, energía y ánimos hasta que el rugido de nuestro furgón logró deleitarnos de nuevo. Habiendo simpatizado, la charla se prolongó hasta el punto en que nos fuese imposible pensar en avanzar camino antes del anochecer. ¿De qué modo, si no de éste, hubiésemos ido a acampar al único espacio tranquilo del lugar? Allí estaban ellos, como esperándonos. Nuestros proveedores de toda la información precisada y futuros amigos viajeros.
Éstas -entre una infinidad de otras- imprimen una huella en el alma de quien las vive, enriqueciéndola desde la espontaneidad y un conjunto de factores en serie, cuyo jugoso fruto resulta en un cambio de rumbo del todo inesperado en el camino a seguir, complementado por entrañables amistades que, sin lugar a dudas, quedarán entre los más valiosos souvenirs de todo viaje.

Silvia Ripoll Gadea


Marcapaginasporuntubo dedica esta entrada a las autoras de la misma, Rosa Belda  y Silvia.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Mollet



Cierta noche cerrada, cuando ya la Osa había girado de la mano del Boyero y los pueblos mortales todos reposaban agobiados de fatiga, presentándose entonces el Amor sacudió los cerrojos de mi puerta.           
-«¿Quién -dije yo- a mis puertas así llama? ¿Mis sueños así me desbaratas?».    
Y Amor: «Abre -me dice-. Una criatura soy: no te amedrentes. Estoy calado y en noche sin luna voy errante».                                                                        
Tuve compasión de sus palabras, luz encendí al punto y fui a abrirle. Y un niño portador de arco allí contemplo, con alas y una aljaba. Junto al fuego hice se sentase, con mis manos a las suyas di calor, en tanto que su pelo de la humedad libraba.  
Y Amor, curado ya del frío, «probemos, ea, este arco -me propone-, por si el nervio con la lluvia está dañado».
Lo tensa y, como un tábano, me hiere del hígado en el centro. Y brinca y entre risas: «Huésped, alégrate conmigo, que sana tenemos nuestra arma, por más que tú penarás del corazón».

Anacreónticas

viernes, 15 de septiembre de 2017

China









Historia sobre los Libros Sibilinos y el rey Tarquinio el Soberbio

En los antiguos anales se nos da la siguiente noticia relativa a los Libros Sibilinos: una anciana extranjera y desconocida acudió a Tarquinio el Soberbio llevando consigo nueve libros que, según ella, eran oráculos divinos. Tenía intención de venderlos. Tarquinio preguntó cuál era su precio y la mujer pidió una suma desmesurada. El rey, creyendo que la anciana desvariaba, se burló de ella. En­tonces aquella colocó en presencia del rey un brasero en­cendido y quemó completamente tres de los nueve li­bros, y preguntó al rey si quería comprarle los seis que quedaban por el mismo precio. Sin embargo, Tarquinio rió todavía más y dijo que era evidente que la anciana deliraba. Allí mismo y al punto la mujer volvió a quemar otros tres libros, y de nuevo le pregunta tranquilamente si está dispuesto a comprar los tres libros que quedan por el mismo precio. Tarquinio se pone ya serio y presta más atención, pues entiende que no debe subestimar la firmeza y tesón de esta mujer, y compra los tres libros que quedaban no por menor precio que el que le había pedido por todos. Sin embargo, jamás se supo más de esta mujer una vez la perdió de vista Tarquinio. Estos tres libros guardados en el sagrario del templo se llaman Si­bilinos, a ellos acuden los Quindecenviros como si fue­ran un oráculo cuando es preciso hacer una consulta pú­blica a los dioses inmortales. 

Aulo Gelio