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domingo, 26 de marzo de 2017

Arte entre dos siglos


La quiebra
El hermoso Banco, de escaparates esmerilados y con una puerta de brillantes placas de cobre, en medio del barrio pobre, de casas sucias, habitadas por pobres gentes, parecía un príncipe que, no sabe cómo, se encontró de repente entre una multitud de mendigos. Y la multitud amaba a aquel príncipe. Trabajaba para él. Todas las miradas estaban fijas en él. Parecía traer el consuelo a aquella miseria. Era la esperanza del barrio.
Una larga hilera de gente, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se estacionaban los sábados por la tarde frente al Banco, después de haber recibido el salario de la semana. Uno tras otro, iban dejando sus pequeñas economías en las ventanillas de relu­cientes barrotes de cobre. Fue algo como una cere­monia mística de los tiempos antiguos, durante la cual los creyentes traían sus ofrendas al altar. Era la veneración al bello príncipe del barrio. Y el príncipe, por manos de los empleados, bien vestidos y cuidadosamente afeitados, aceptaba generosamente aquellas ofrendas. Los billetes de Banco, diez veces contados, llevando señales de las manos sucias de las pobres gentes, desaparecían tras las ventanillas.
Mucha gente ha entrado por la sólida puerta de relucientes placas de cobre. Otras muchas han salido por ella, llevando el dinero economizado en largos años de trabajo. Los pobres llevaban allí su dinero como si fueran a orar a un templo. Mas en aquel templo las oraciones estaban inscritas en un grueso libro y daban intereses. Y a las gentes les parecía que aquel templo, con empleados cuidadosamente afeitados en vez de sacerdotes, era más sólido y más importante que los demás.
II
Un buen día, el Banco cerró de pronto su puerta. Cesó de pagar a sus clientes. El príncipe había tra­bajado demasiado oro y su vientre estalló. Estaba muerto. O quizá simulaba la muerte.
La gran puerta reluciente no se abrió más. Se tornó muda e inmóvil. Inspiraba ahora un horror indecible. Los empleados, cuidadosamente afeitados, habían desaparecido. El príncipe se quitó la más­cara, y ahora todos vieron que era una terrible ara­ña, un vampiro gigantesco, que, habiéndose colocado en medio del barrio, como en el centro del corazón, chupó durante largos años su sangre, lentamente, obstinadamente, con una fría tranquilidad. Los es­caparates eran los ojos de aquel monstruo; la puerta amada de placas de cobre, era su boca. Ahora, la boca se había cerrado porque el monstruo estaba satisfecho.
Al principio, las víctimas de aquel monstruo no sintieron más que dolor; creyeron que era una he­rida fácil de curar. No sabían que estas heridas es­tán siempre envenenadas, aunque muy pronto lo comprendieron. Para muchos, la mordedura del vampiro tuvo trágicas consecuencias. David Rimcha, que tenía en el Banco todas sus economías, reuni­das en dieciocho años de penoso trabajo, se ahorcó. Anna Chemi, doncella del servir, que ahorraba su dinero para poder casarse con su novio, se envenenó. Pablo Rabin, propietario de una tiendecilla de ultra­marinos y padre de cinco criaturas, que reciente­mente había depositado todo su dinero en el Ban­co, sufrió un ataque de parálisis.
Los demás quedaron destrozados, desesperados, heridos en lo más hondo. Mujeres jóvenes enveje­cieron, enflaquecieron las mejillas, los corazones lle­nos de dolor. Los que valerosamente habían lucha­do contra las miserias de la vida, estaban ahora abatidos.
Una nube negra envolvía aquel pobre barrio. Parecía una epidemia. Los tentáculos monstruosos del vampiro gigantesco penetraron en todas partes, sembrando la desolación y los sufrimientos.
III
Un domingo por la tarde, los habitantes de aquel barrio se reunieron cerca de la puerta cerrada del Banco. No esperaban nada; sabían muy bien que la puerta no se abriría más. Habían venido simple­mente para echar una ojeada sobre los escaparates vacíos, aquellos ojos crueles del monstruo. ¡Como si la fuerza invisible de que disponía el monstruo continuase atrayendo a las gentes aun después de muerto! Ya hacía tres semanas que el Banco había cerrado, pero el barrio seguía agitado como una colmena de abejas que hubiera sido turbada.
En la acera estaba de pie Tina Berg, una joven de bello y pálido rostro y admirables ojos negros.
Un joven se aproximó a ella y le dijo:
-¡Buenas, Tina! Hace tres semanas que no te veo. ¿Dónde te metes?
-He estado ocupada -contestó ella, y se puso encarnada.
-Estás muy bien vestida. ¡Qué sombrero tan bonito!
-¿Te gusta?
-Sí. Y el traje también. Estás aún más guapa que de costumbre.
La miró con ojos amorosos.
-Te he buscado en todas partes, pero no he podido hallarte -continuó.
-He estado ocupada.
-¡Qué contento me he puesto al volver a encontrarte! ¿Vamos a dar un paseíto?
-¡No! -repuso ella lacónicamente.
-¿No quieres pasearte más conmigo?
-¡No!
Después de un corto silencio, el joven preguntó:
-¿Has perdido mucho dinero en el Banco?
Tina, con una amarga sonrisa, repuso:
-Todo lo que tenía. Todo lo que había ganado en dos años y medio.
Miró los escaparates vacíos del Banco y añadió:
-Pero eso no tiene importancia; yo lo ganaré otra vez.
-Naturalmente, no hay que desesperarse. Veo que ya te has comprado un traje nuevo y un som­brero. Además, eres tan joven...
Se inclinó sobre ella y, en voz baja y entrecortada, llena de felicidad, como hablan los jóvenes enamorados, le murmuró al oído:
-Te he buscado todas las tardes, te esperaba hasta las horas avanzadas de la noche... No podía dormir. Te amo de tal modo, Tina, que no puedo vivir sin ti. Casémonos dentro de un mes... ¿Quieres? Trabajaremos los dos... ¿Quieres?
Tina sonrió ligeramente.
-No me casaré contigo -repuso.
-Pero, ¡tú me lo habías prometido!
-Te lo había prometido antes de aquello... 
Y señaló con la cabeza el Banco cerrado.
-...Ahora, ya no quiero.
-Es igual, antes o después... Ya que me lo has prometido...
La joven bajó la cabeza y no respondió.
La acera estaba llena de líneas irregulares y de números que los niños habían dibujado para ju­gar. Tina levantó la cabeza, y mirando al joven a los ojos, dijo:
-Sí, una vez te prometí y ¡he de cumplir mi palabra!
-Sí, sí -confirmó el joven alegremente-. ¿Hablas en serio?
Ella sacó su pie por debajo de la falda de seda, que hasta ahora nunca había usado, y mirando su elegante bota amarilla, preguntó:
-¿Se dice que el Banco reembolsará el quince por ciento?
-Sí, eso me han dicho.
-Muy bien. Pues si tú quieres, puedes también coger de lo que yo te había prometido... el quince por ciento.
-No te comprendo.
-Es muy sencillo... Podrías tenerme... No te costará más que...
-¿El qué?
-No te costará caro. Mira...
Indicó, con su pie elegante, un sitio en la acera. Él siguió con la vista el pie de la joven y vio la cifra 3, que los niños habían pintado con tiza sobre las sucias piedras de la acera. El joven seguía sin comprender. Entonces, ella, con voz alterada, en la que se adivinaban las lágrimas, le dijo:
-¡No seas tonto! Me puedes tener por tres ru­blos. No vale la pena de que nos casemos...

Osip Dimov

viernes, 24 de marzo de 2017

Del Realismo a la Abstracción


La pata de palo                         

Voy a contar el caso más espantable y prodigioso que buenamente imaginarse puede, caso que hará erizar el cabello, horripilarse las carnes, pasmar el ánimo y acobardar el corazón más intrépido, mientras dure su memoria entre los hombres y pase de generación en generación su fama con la eterna desgracia del infeliz a quien cupo tan mala y tan desventurada suerte. ¡Oh cojos!, escarmentad en pierna ajena y leed con atención esta historia, que tiene tanto de cierta como de lastimosa; con vosotros hablo, y mejor diré con todos, puesto que no hay en el mundo nadie, a no carecer de piernas, que no se halle expuesto a perderlas.
Érase que en Londres vivían, no ha medio siglo, un comerciante y un artífice de piernas de palo, famosos ambos: el primero, por sus riquezas, y el segundo, por su rara habilidad en su oficio. Y basta decir que ésta era tal, que aun los de piernas más ágiles y ligeras envidiaban las que solía hacer de madera hasta el punto de haberse hecho de moda las piernas de palo, con grave perjuicio de las naturales. Acertó en este tiempo nuestro comerciante a romperse una de las suyas, con tal perfección, que los cirujanos no hallaron otro remedio más que cortársela, y aunque el dolor de la operación le tuvo a pique de expirar, luego que se encontró sin pierna, no dejó de alegrarse pensando en el artífice, que con una de palo le habría de librar para siempre de semejantes percances. Mandó llamar a Mr. Wood al momento (que éste era el nombre del estupendo maestro per­nero), y como suele decirse, no se le cocía el pan, imaginándose ya con su bien arre­glada y prodigiosa pierna que, aunque hombre grave, gordo y de más de cuarenta años, el deseo de experimentar en sí mismo la habilidad del artífice, le tenía fuera de sus casillas.
No se hizo esperar mucho tiempo, que era el comerciante rico y gozaba renombre de generoso.
-Mr. Wood -le dijo-, felizmente ne­cesito de su habilidad de usted.
-Mis piernas -repuso Wood-, están a disposición de quien quiera servirse de ellas.
-Mil gracias; pero no son las piernas de usted, sino una de palo lo que necesito.
-Las de ese género ofrezco yo -replicó el artífice- que las mías, aunque son de carne y hueso, no dejan de hacerme falta.
-Por cierto que es raro que un hombre como usted que sabe hacer piernas que no hay más que pedir, use todavía las mismas con que nació.
-En eso hay mucho que hablar; pero al grano: usted necesita una pierna de palo, ¿no es eso?
-Cabalmente -replicó el acaudalado co­merciante-; pero no vaya usted a creer que se trata de una cosa cualquiera, sino que es menester que sea una obra maestra, un milagro del arte.
-Un milagro del arte, ¡eh!-repitió mís­ter Wood.
-Sí, señor, una pierna maravillosa y cueste lo que costare.
-Estoy en ello; una pierna que supla en un todo la que usted ha perdido.
-No, señor; es preciso que sea mejor todavía.
-Muy bien.
-Que encaje bien, que no pese nada, ni tenga yo que llevarla a ella, sino que ella me lleve a mí.
-Será usted servido.
-En una palabra, quiero una pierna..., vamos, ya que estoy en el caso de elegirla, una pierna que ande sola.
-Como usted guste.
-Conque ya está usted enterado.
-De aquí a dos días -respondió el per­nero-, tendrá usted la pierna en casa, y prometo a usted que quedará complacido.
Dicho esto se despidieron, y el comer­ciante quedó entregado a mil sabrosas y lisonjeras esperanzas, pensando que de allí a tres días se vería provisto de la mejor pierna de palo que hubiera en todo el reino unido de la Gran Bretaña. Entre tanto, nuestro ingenioso artífice se ocupaba ya en la construcción de su máquina con tanto empeño y acierto, que de allí a tres días, como había ofrecido, estaba acabada su obra, satisfecho sobremanera de su ade­lantado ingenio.                                          
Era una mañana de mayo y empezaba a rayar el día feliz en que habían de cumplirse las mágicas ilusiones del despernado comerciante, que yacía en su cama muy ajeno de la desventura que le aguardaba. Faltábale tiempo ya para calzarse la prestada pierna, y cada golpe que sonaba a la puerta de la casa retumbaba en su corazón. «Ese será», se decía a sí mismo; pero en vano, porque antes que su pierna llegaron la lechera, el cartero, el carnicero, un amigo suyo y otros mil personajes insignificantes, creciendo por instantes la impaciencia y ansiedad de nuestro héroe, bien así como el que espera un frac nuevo para ir a una cita amorosa y tiene al sastre por embus­tero. Pero nuestro artífice cumplía mejor sus palabras, y ¡ojalá que no la hubiese cumplido entonces! Llamaron, en fin, a la puerta, y a poco rato entró en la alcoba del comerciante un oficial de su tienda con una pierna de palo en la mano, que no parecía sino que se le iba a escapar.
-Gracias a Dios -exclamó el banquero-, veamos esa maravilla del mundo.
-Aquí la tiene usted -replicó el oficial-, y crea usted, que mejor pierna no la ha hecho mi amo en su vida.
-Ahora veremos -y enderezándose en la cama, pidió de vestir, y luego que se mudó la ropa interior, mandó al oficial de piernas que le acercase la suya de palo para probársela. No tardó mucho tiempo en calzársela. Pero aquí entra la parte más lastimosa. No bien se la colocó y se puso en pie, cuando sin que fuerzas humanas fuesen bastantes a detenerla, echó a andar la pierna de por sí sola con tal seguridad y rapidez tan prodigiosa, que, a su des­pecho, hubo de seguirla el obeso cuerpo del comerciante. En vano fueron las voces que éste daba llamando a sus criados para que le detuvieran. Desgraciadamente, la puerta estaba abierta, y cuando ellos lle­garon, ya estaba el pobre hombre en la calle. Luego que se vio en ella, ya fue imposible contener su ímpetu. No andaba, volaba; parecía que iba arrebatado por un torbellino, que iba impelido de un hu­racán. En vano era echar atrás el cuerpo cuanto podía, tratar de asirse a una reja, dar voces que le socorriesen y detuvieran, que ya temía estrellarse contra alguna tapia, el cuerpo seguía a remolque el impulso de la alborotada pierna; si se esforzaba a cogerse de alguna parte, corría peligro de dejarse allí el brazo, y cuando las gentes acudían a sus gritos, ya el malhadado banquero había desaparecido. Tal era la violencia y rebeldía del postizo miembro. Y era lo mejor, que se encontraba algunos amigos que le llamaban y aconsejaban que se parara, lo que era para él lo mismo que tocar con la mano al cielo.
-Un hombre tan formal como usted -le gritaba uno-  en calzoncillos y a escape por esas calles, ¡eh!, ¡eh!
Y el hombre, maldiciendo y jurando y haciendo señas con la mano de que no podía absolutamente pararse.
Cuál le tomaba por loco, otro intentaba detenerle poniéndose delante y caía atropellado por la furiosa pierna, lo que valía al desdichado andarín mil injurias y pi­cardías. El pobre lloraba; en fin, desespe­rado y aburrido se le ocurrió la idea de ir a casa del maldito fabricante de piernas que tal le había puesto.
Llegó, llamó a la puerta al pasar; pero ya había traspuesto la calle cuando el maestro se asomó a ver quién era. Sólo pudo divisar a lo lejos un hombre arrebatado en alas del huracán que con la mano se las juraba. En resolución, al caer la tarde, el apresurado varón notó que la pierna lejos de aflojar, aumentaba en velocidad por instantes. Salió al campo y, casi exánime y jadeando, acertó a tomar un camino que llevaba a una quinta de una tía suya que allí vivía. Estaba aquella respetable se­ñora, con más de setenta años encima, to­mando un té junto a la ventana del par­lour y como vio a su sobrino venir tan chusco y regocijado corriendo hacia ella, empezó a sospechar si habría llegado a per­der el seso, y mucho más al verle tan des­honestamente vestido. Al pasar el desven­turado cerca de sus ventanas, le llamó y muy seria, empezó a echarle una exhorta­ción muy grave acerca de lo ajeno que era en un hombre de su carácter andar de aquella manera.
-¡Tía!, ¡tía! ¡También usted! -respondió con lamentos su sobrino perniligero.
No se le volvió a ver más desde entonces, y muchos creyeron que se había ahogado en el canal de la Mancha al salir de la isla. Hace, no obstante, algunos años que unos viajeros recién llegados de América afir­maron haberle visto atravesar los bosques del Canadá con la rapidez de un relámpago. Y poco hace se vio un esqueleto desarmado o vagando por las cumbres del Pirineo, con  notable espanto de los vecinos de la co­marca, sostenido por una pierna de palo. Y así continúa dando la vuelta al mundo con increíble presteza. la prodigiosa pierna, sin haber perdido aún nada de su primer arranque, furibunda velocidad y movimien­to perpetuo.

José de Espronceda

miércoles, 22 de marzo de 2017

Biblioteca Castro


El ejemplo de la lámpara

Había un anciano de vacilante memoria. Muy deseoso de instruirse, fue a ver a un hombre cuyos conocimientos lo habían hecho famoso y lo interrogó acerca del olvido. El hombre le habló. El anciano, satisfecho, regresó a su celda. Pero, en cuanto hubo cerrado la puerta, se dio cuenta de que ya había olvidado lo que acababan de decirle.
Regresó junto al santo y lo interrogó por segunda vez. El santo le contestó lo mismo. El anciano regresó a su celda. En cuanto hubo cerrado la puerta, lo había vuelto a olvidar.
Un poco más tarde, tras otros intentos parecidos, se encontró con el santo y le contó su problema:
-Olvido todo lo que me dices, y ya no me atrevo a interrogarte.
-Ve a encender una lámpara -le dijo el santo.
El anciano obedeció. Regresó con una lámpara encendida.
-Trae otras lámparas -le dijo el santo-. Enciéndelas todas con la primera.
El anciano así lo hizo. Pronto hubo varias lámparas encendidas.
-¿Acaso la primera lámpara -le dijo el santo- ha sufrido algún daño por el hecho de haber encendido varias lámparas con su llama?
-No -dijo el anciano.
-Entonces, no lo dudes -le dijo el santo-. Cada vez que quieras venir a interrogarme, te responderé.

Jean-Claude Carrière

lunes, 20 de marzo de 2017

Pontevedra









¿Alguien ha llamado?

En esta ciudad hay barrios de calles arboladas y casas bajas, casi todas con zaguán, muchas tienen patios con mace­tas y jaulas de canarios. A uno le parece que estas casas -en donde viven buenas gentes, no ricas ni demasiado pobres- ­huelen siempre a limpio, a jabón en panes, a lejía, y que son frescas y a la vez abrigadas, y que en ellas no pueden vivir si­no personas honestas y pacíficas.
En una de estas casas viven don Juan y su esposa Noemí, protagonistas de la pequeña historia que se va a na­rrar, y con ellos vivía hasta hace un par de años Diego, su único hijo, graduado de visitador social, de poco más de veinte años.
La señora Noemí tiene los cabellos de color castaño claro, como tantas mujeres, pero ya muy entrecanos. Ella usa la misma ropa de hace dos años, casi exactamente la misma: una falda gris, una blusa de color marfil y una chaqueta de punto de color desleído. Lleva los cabellos más bien cortos y peinados sin afectación; no tiene más de cincuenta años -qui­zá tenga menos- pero aparenta algunos más; apenas si se pin­ta los labios cuando sale, en las mañanas, con la cesta de las compras. Éstas son sus únicas salidas, además de atrás dos o tres por semana, a la iglesia de la parroquia. Don Juan, su es­poso, en cambio, sale más, pero tampoco va muy lejos, ape­nas si a la plazoleta cercana, y una que otras veces al café de la esquina. Pero nunca salen juntos: cuando uno sale el otro se queda, atento al teléfono o al llamador de la puerta. Don Juan está jubilado; ha sido durante treinta y dos años un em­pleado impecable, como los de antes, de la Dirección General de Aduanas. Durante todos esos años vivieron en paz y que­riéndose a su manera, o como todo el mundo. Y se mudaron muchas veces de casa; es decir, cada vez que la Dirección de Aduanas lo cambiaba de lugar de trabajo, siempre en provin­cias fronterizas, como es natural. Y aquí, en esta ciudad, ter­minó como jefe de vistas. Nunca se metió en política porque ésa fue una actividad para él muy lejana o ajena, y tal vez porque le pareció que para la política, los discursos, el Parlamento, era necesario ser abogado o algo así, y nunca se creyó capacitado para eso. Él, desde joven, había llegado a conocer instintivamente sus límites y se atuvo a ellos; de allí su bienestar e incluso su dulzura. Ahora su actividad se resumía a estar más tiempo en casa y, en las mañanas, dar un breve paseo por el barrio donde al cabo de muchos años de ahorro había logrado comprar esta casa, de una sola planta, aunque sin jardín delantero, gracias a un préstamo hipotecario a largo plazo del plan nacional de viviendas. En realidad había comprado primero el terreno, pequeño, pero sin embargo lo suficiente como para tener un jardín con un par de limone­ros en el fondo, y en el terreno edificaron la casa conforme a los planos del Banco Hipotecario. La casa era de una planta; él hubiese preferido que fuese de dos, con un pequeño galli­nero en el fondo, pero esto no entraba en los programas de préstamos del banco para empleados menores. De todos mo­dos, allí estaba la casita, con su frente de color rosado, que hacía mucho necesitaba una pintura, en un barrio de vivien­das modestas y armónicas. En esta casa creció el hijo, un ni­ño sano pero sin embargo pálido y nervioso, al que frecuen­temente debía darle a beber unas cucharadas de tónicos recetados por don Cosme, el médico de la mutual. El padre lo recordaba ahora como un chico sensible y enamoradizo, que un día lloró al observar a un mendigo que pedía limos­na con un niño durmiendo en el suelo junto a sí. Otra vez se había obstinado en entablillar la pata de un gato vagabundo herido, apaleado quizá, que había aparecido en los fondos de la casa, al que cuidó con dedicación y dio de comer, hasta que el gato estuvo repuesto y huyó. Su madre, entonces, había observado, perpleja, que a ese gato no le agradaba la comida envasada para gatos sino la de perros; eso lo supo cuan­do compró la comida por error y el gato devoró la que era para perros. Por aquel tiempo el hijo estuvo enamorado de Adela -¿o se llamaba Clara?- Martínez, la hija del herrero vecino. No iban al mismo colegio, pero se encontraban a la salida y caminaban juntos hasta la casa. Otras veces él iba hasta la herrería y allí se pasaba las tardes de visita, incluso cuando ella no estaba o no salía, observando trabajar en la fragua o la bigornia al herrero, un gallego menudo y taciturno. Largas horas sin que ninguno hablase una palabra. La chica tiempo después enfermó de un edema pulmonar y murió.
Don Juan se había jubilado un año antes de que el hijo, aquella noche, no regresara a su casa. De modo que ya iban a ser tres los años que estaba retirado, pero sólo algunas mañanas acudía al banco de la plaza y aprovechaba allí para comentar algunas noticias con los demás.
Doña Noemí, aunque iba con frecuencia a la iglesia, no siempre se confesaba. El padre Raúl era su confesor y la conocía desde muchos años atrás, cuando llegó a esta parro­quia de la ciudad desde un pueblo vecino, perseguido por una extraña alergia que, sobre todo en ciertas mañanas al co­mienzo del verano, le deformaba los párpados, los labios y las orejas y convertía su cara en un odre hinchado y tumefacto, que algunos murmuradores tenían como síntoma de una su­puesta afición a la bebida. Ella en realidad no tenía nada que confesar, o muy poco, y esto de poco no llegaba a ser peca­do. Pero iba porque se sentía muy reconfortada luego de ha­cerlo, e incluso sus dolores reumáticos parecían disminuir o desaparecer cuando ella, de rodillas, se incorporaba del con­fesionario y caminaba unos pasos hasta el banco, donde cumplía con su breve penitencia. La última vez la confesión había sido más breve que de costumbre. El padre Raúl sufría un fuerte ataque de su alergia. Ella había comenzado a hablar pero a poco las ganas de llorar la ahogaban y no pudo conti­nuar y escuchó la voz atormentada del padre Raúl, que dijo: "Si Dios es grande, también su misericordia lo ha de ser".
Aquella tarde, vestidos como para una visita, habían ido otra vez a entrevistarse con el funcionario policial que el gobierno había puesto para atender este tipo de denuncias, y quedaron muy sorprendidos cuando el funcionario conjeturó que tal vez el hijo hubiese huido con alguna mujer. "Piénsenlo y hagan memoria. Después nos avisan", dijo entonces el funcionario. ¿Una mujer? Podía acaso ser verdad, ¿pero con cuál? Él no salía con nadie, al menos que ellos supiesen. Y ahora pensaban en esto con cierto asombro: en  los dos o tres últimos años no habían sabido de ninguna mujer cerca suyo, y atribuyeron esto al trabajo intenso de su hijo, primero en la Obra de Ayuda Parroquial y después en su total entrega  a los pobres infelices de eso que llamaban villas miseria. "El buscaba algo", piensa la madre, "algo que quizá no busca la mayoría, pero tal vez no sabía qué." De regreso a casa ellos pensaron en todas las mujeres posibles con alguna de las cuales pudiera haber huido su hijo, pero ninguna hipótesis prosperaba. No, no era posible. ¿Y por qué huir? En algunos carnavales, cuando era poco más que un adolescente, había regresado al amanecer, tal vez con copas de más y aún a mediodía seguía durmiendo, cuando ella le llevó el desayuno. Parecía entonces más joven así, sólo un chico, con rastros de barra de labios en la cara. Ahora tenía veinticuatro años y no se había casado. Pero alguien en concreto, una mujer perdu­rable, no habían conocido. Ambos recordaron, después de pensarlo mucho, a Nora, una muchacha muy delgada con grandes ojos oscuros, que parecía enferma. Doña Noemí un día se lo dijo y a él no le gustó, y nunca más volvió a aludir­la ni a salir con ella, que después se casó con un médico, se fue al Chaco y fue desgraciada.
El funcionario aquel dijo que se quedaran tranquilos y que en todo caso volviesen cuando supieran algo, y que la policía y las autoridades velan por la seguridad de todos. Y aunque esto lo repitió varias veces, ellos -ahora- comen­zaban a pensar que aquello no eran más que palabras, y las palabras sólo son como la sombra de los hechos.
Ayer fue una mañana de sol, de un sol de otoño tibio y claro. Había poca gente en la plaza y algunas mujeres lava­ban las veredas porque aún era temprano; al cabo de un mo­mento el sol pareció ocultarse. Un señor, al que nunca había visto, sacó a pasear a su perro. Y luego otra vez la luz del sol fue clara, como una tibia tregua en este país envejecido y triste.
Don Juan se puso a pensar en toda la gente que conocía o que había conocido, algunos habían muerto y otros se ha­bían ido y pensó entonces qué intenso es el anhelo de mu­chos argentinos por cambiar de sitio donde vivir, por reali­zar su destino de vagabundos. Sólo unos cuantos quedaban aquí. Don Lucas, por ejemplo, viudo, pensionado y lector de los diarios, que anteayer le había contado sobre la apari­ción de algunos cuerpos mutilados flotando en el río; el diario no decía de quiénes eran los cadáveres, y él se pre­guntó qué harían con ellos. ¿Qué hacen con los cadáveres mutilados? Un cadáver mutilado no tiene nombre ni pa­rientes, ni amigos, no tiene dinero, no tiene importancia. Él no leía los diarios, como don Lucas; en realidad nunca lo había hecho. Y ahora se preguntaba por qué no había ad­quirido esa costumbre. Observó su reloj -el de la torre de la iglesia hacía muchos años que estaba estropeado a causa de un rayo-, todavía tenía tiempo, su mujer salía de com­pras alrededor de las diez. Entre los dos se relevaban para estar en la casa, que nunca -desde que el hijo desapare­ció- volvió a quedar sola. Y aun de noche, desde enton­ces, dejaban una luz, una pequeña luz encendida alum­brando la entrada. "Vendrá, los dos sabemos que volverá una noche, o una tarde, tal vez una mañana bien tempra­no, con una valija, y nos contará dónde estuvo, nos lo dirá todo, apresuradamente, antes de ir a ducharse y mudar de ropa, y luego nos lo volverá a contar con menos prisa, sen­tados, otra vez, los tres, alrededor de la mesa en la cocina." Él, por momentos, se daba cuenta de que esto bien podría ser sólo una fantasía, pero lo complacía volver a imaginar­lo de tiempo en tiempo; y todo eso era casi real, ya que las fantasías tienen poder porque son persuasivas.
Tampoco doña Noemí tenía ahora muchas amigas, en realidad nunca las había tenido; sus más íntimas no vivían en esta ciudad y ya casi no escribían. Pero ella siempre esta­ba ansiosa de hablar con alguien, alguien que dijera la ver­dad, aunque no hablase mucho. Pero no lo encontraba, por­que quizá fuera más difícil hacerse de amigos cuando uno está triste o es desgraciado.
Ahora está nublado, es un atardecer más bien sombrío. Las luces de las calles se acaban de encender y parecen pálidas o empañadas. También hoy don Juan ha ido a sentarse en aquel banco de la plaza pero don Lucas no acudió. Es­taría enfermo, porque es viudo y no se cuida demasiado. Él estuvo todo el tiempo solo, observando a unos chicos, viéndolos jugar. Jugaban con nada, sin alborotar demasiado. Cuando él era chico no iba a las plazas a jugar, iba a nadar al río. Escuchó, cercanas, unas campanadas y otra vez miró su reloj. "Tengo más que estos chicos", pensó, viendo cómo ya se desbandaban. "Puesto que he sido niño y he llegado a vie­jo. ¿Y ellos, llegarán a serlo?" Después se puso un poco triste. "Un hombre viejo tiene de todo, claro; pero a todo le fal­ta algo." Fue cuando las luces se encendieron y comenzó a andar en dirección de la casa. La pequeña luz del zaguán también ya estaba encendida y doña Noemí tejía sentada junto a la mesa de la cocina.
-¿Alguien ha llamado? -pregunta.
-No -dice ella-. Pero a estas horas dicen que las líneas están sobrecargadas. Más de noche, a lo mejor.
-Sí -dice él.
-¿Comerás algo? Queda un pedazo de pastel en el horno.
-No.
-Tampoco yo tengo hambre -dice ella.

Héctor Tizón

sábado, 18 de marzo de 2017

punt-a-punt











La parábola del joven tuerto

... "Y vivió feliz largos años." Tantos, como aquellos en que la gente no puso reparos en su falla. Él mismo no había con­cedido mayor importancia a la oscuridad que le arrebataba media visión. Desde pequeñuelo se advirtió el defecto, pero con filosófica resignación habíase dicho: "Teniendo uno bueno, el otro resultaba un lujo." Y fue así como se impuso el deber de no moles­tarse a sí mismo, al grado de que llegó a suponer que todos veían con la propia misericordia su tacha; porque "teniendo uno bueno..."
Mas llegó un día infausto; fue aquel cuando se le ocurrió pasar frente a la escuela, en el preciso momento en que los muchachos salían. Llevaba él su cara alta y el paso garboso, en una mano la ces­ta desbordante de frutas, verduras y legumbres destinadas a la vieja clientela.
"Ahí va el Tuerto", dijo a sus espaldas una vocecita tipluda.
La frase rodó en medio del silencio. No hubo comentarios, ni risas, ni algarada... Era que acababa de hacerse un descubri­miento.
Sí, un descubrimiento que a él mismo le había sorprendido.
"Ahí va el Tuerto"... "el Tuerto"... "Tuerto", masculló durante todo el tiempo que tardó su recorrido de puerta en puerta dejando sus "entregos".
Tuerto, sí señor, él acabó por aceptarlo: en el fondo del espejo, trémulo entre sus manos, la impar pupila se clavaba sobre un cúmu­lo que se interponía entre él y el sol...
Sin embargo, bien podría ser que nadie diera valor al hallazgo del indiscreto escolar... ¡Andaban tantos tuertos por el mundo! Ocurriósele entonces -imprudente- poner a prueba tan optimis­ta suposición.
Así lo hizo.
Pero cuando pasó frente a la escuela, un peso terrible lo hizo bajar la cara y abatir el garbo del paso. Evitó un encuentro entre su ojo huérfano y los múltiples y burlones que lo siguieron tras de la cuchufleta: "Adiós, media luz".
Detuvo la marcha y por primera vez miró como ven los tuertos: era la multitud infantil una mácula brillante en medio de la calle, algo sin perfiles, ni relieves, ni volumen. Entonces las risas y las burlas llegaron a sus oídos con acentos nuevos: empezaba a oír, como oyen los tuertos.
Desde entonces la vida se le hizo ingrata.
Los escolares dejaron el aula porque habían llegado las vacaciones: la muchachada se dispersó por el pueblo.
Para él la zona peligrosa se había diluido: ahora era como un manchón de aceite que se extendía por todas las calles, por todas las plazas... Ya el expediente de rehuir su paso por el portón del colegio no tenía valimiento: la desazón le salía al paso, desenfrena­da, agresiva. Era la parvada de rapaces que a coro le gritaban:

Uno, dos, tres,
tuerto es...

O era el mocoso que tras del parapeto de una esquina lo increpaba:
"Eh, tú, prende el otro farol..."
Sus reacciones fueron evolucionando: el estupor se hizo pesar, el pesar, vergüenza y la vergüenza rabia, porque la broma la sentía como injuria y la gresca como provocación.
Con su estado de ánimo mudaron también sus actitudes, pero sin perder aquel aspecto ridículo, aquel aire cómico que tanto gus­taba a los muchachos:

Uno, dos, tres,
tuerto es...

Y él ya no lloraba; se mordía los labios, berreaba, maldecía y amenazaba con los puños apretados.
Mas la cantaleta era tozuda y la voluntad caía en resultados funestos.
Un día echó mano de piedras y las lanzó una a una con ende­moniada puntería contra la valla de muchachos que le cerraban el paso; la pandilla se dispersó entre carcajadas. Un nuevo mote salió en esta ocasión: Ojo de tirador.
Desde entonces no hubo distracción mejor para la caterva que provocar al Tuerto.
Claro que había que buscar remedio a los males. La madre amante recurrió a la terapéutica de todas las comadres: cocimien­tos de renuevos de mezquite, lavatorios con agua de malva, cata­plasmas de vinagre aromático.
Pero la porfía no encontraba dique:

Uno, dos, tres,
tuerto es...

Pescó por una oreja al mentecato y, trémulo de sañas, le apretó el cogote, hasta hacerlo escupir la lengua. Estaban en las orillas del pueblo, sin testigos; ahí pudo erigirse la venganza, que ya surgía en espumarajos y quejidos... Pero la inopinada presencia de dos hom­bres vino a evitar aquello que ya palpitaba en el pecho del Tuerto como un goce sublime. Fue a parar a la cárcel.
Se olvidaron los remedios de la comadrería para ir en busca de las recetas del médico. Vinieron entonces pomadas, colirios y emplas­tos, a cambio de transformar el cúmulo en espeso nimbo.
El manchón de la inquina había invadido sitios imprevistos: un día, al pasar por el billar de los portales, un vago probó la eficacia de la chirigota:
"Adiós, Ojo de tirador..."
Y el resultado no se hizo esperar; una bofetada del ofendido determinó que el grandullón le hiciera pagar muy caros los arres­tos... Y el Tuerto volvió aquel día a casa sangrante y maltrecho.
Buscó en el calor materno un poquito de paz y en el árnica ali­vio a los incontables chichones... La vieja acarició entre sus dedos la cabellera revuelta del hijo que sollozaba sobre sus piernas.
Entonces se pensó en buscar por otro camino ya no remedio a los males, sino tan sólo disimulo de la gente para aquella tara que les resultaba tan fastidiosa.
En falla los medios humanos, ocurrieron al concurso de la divi­nidad: la madre prometió a la Virgen de San Juan de los Lagos lle­var a su santuario al muchacho, quien sería portador de un ojo de plata, exvoto que dedicaban a cambio de templar la inclemencia del muchacherío.
Se acordó que él no volviese a salir a la calle; la madre lo susti­tuiría en el deber diario de surtir las frutas, las verduras y las legum­bres a los vecinos, actividad de la que dependía el sustento de ambos.
Cuando todo estuvo listo para el viaje, confiaron las llaves de la puerta de su chiribitil a una vecina y, con el corazón lleno y el bol­so vano, emprendieron la caminata, con el designio de llegar fren­te a los altares de la milagrería, precisamente por los días de la feria.
Ya en el santuario, fueron una molécula de la muchedumbre. Él se sorprendió de que nadie señalara su tacha; gozaba de ver a la gen­te cara a cara, de transitar entre ella con desparpajo, confianzudo, amparado en su insignificancia. La madre lo animaba: "Es que el milagro ya empieza a obrar... ¡Alabada sea la Virgen de San Juan...!"
Sin embargo, él no llegó a estar muy seguro del prodigio y se conformaba tan sólo con disfrutar aquellos momentos de ventura, empañados de cuando en cuando, por lo que, como un eco remo­tísimo, solía llegar a sus oídos:

Uno, dos, tres,
tuerto es...

Entonces había en su rostro pliegues de pesar, sombras de ira y resabios de suplicio.
Fue la víspera del regreso; caía la tarde cuando las cofradías y las peregrinaciones asistían a las ceremonias de "despedida". Los dan­zantes desempedraban el atrio con su zapateo contundente; la musiquilla y los sonajeros hermanaban ruido y melodía para elevarlos como el espíritu de una plegaria. El cielo era un incendio; millares de cohetes reventaban en escándalo de luz, al estallido de su vientre ahíto de salitre y de pólvora.
En aquel instante, él seguía, embobado, la trayectoria de un cohetón que arrastraba como cauda una gruesa varilla... Simultá­neamente al trueno, un florón de luces brotó en otro lugar del firmamento; la única pupila buscó recreo en las policromías efíme­ras... De pronto él sintió un golpe tremendo en su ojo sano... Siguieron la oscuridad, el dolor, los lamentos.
La multitud lo rodeó.
-La varilla de un cohetón ha dejado ciego a mi muchachito -gritó la madre, quien imploró después-: busquen un doctor, en caridad de Dios.
Retornaban. La madre hacía de lazarillo. Iban los dos trepando tra­bajosamente la pina falda de un cerro. Hubo de hacerse un descanso. Él gimió y maldijo su suerte... Mas ella, acariciándole la cara con sus dos manos le dijo:
-Ya sabía yo, hijito, que la Virgen de San Juan no nos iba a negar un milagro... ¡Porque lo que ha hecho contigo es un milagro patente!
Él puso una cara de estupefacción al escuchar aquellas palabras.
-¿Milagro, madre? Pues no se lo agradezco, he perdido mi ojo bueno en las puertas de su templo.
-Ése es el prodigio por el que debemos bendecirla: cuando te vean en el pueblo, todos quedarán chasqueados y no van a tener más remedio que buscarse otro tuerto de quien burlarse... Porque tú, hijo mío, ya no eres tuerto.
Él permaneció silencioso algunos instantes; el gesto de amargu­ra fue mudando lentamente hasta transformarse en una sonrisa dulce, de ciego, que le iluminó toda la cara.
-¡Es verdad, madre, yo ya no soy tuerto...! Volveremos el año que entra; sí, volveremos al Santuario para agradecer las mercedes a Nuestra Señora.
-Volveremos, hijo, con un par de ojos de plata.
Y, lentamente, prosiguieron su camino.

Francisco Rojas González